La vida es insomnio

La vida es insomnio, que no sueño. Se equivocaba Calderón.

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Algunos

Cuando ella las pronunció, en ese tipo de secuencia de plano contra plano que a veces parece simular que el espectador es un privilegiado contertulio de los protagonistas, sus palabras se me quedaron dentro de los oídos.

Sabía que, tarde o temprano, escribiría sobre ellas, que me iluminarían un trocito de pensamiento en los días siguientes y, aunque resultaran difíciles de asimilar sin poner algunas importantes objeciones, algo de ellas me llamaba.

«Algunos de los mejores momentos de la vida, fueron errores», decía Uma, clavándome su mirada azul sobre el sofá. Una contradicción, una paradoja, una frase comercial, un pensamiento inútil… quizás, sencillamente, una mentira.

Más tarde, cuando te hacen saber del ridículo que vino dos días después de haber sentido un alivio que tú hubieras vuelto a balbucear con alegría, piensas en los errores, en cuál es el motivo, la causa, que convierte el efecto positivo en negativo. En dónde está la línea que divide los errores de los aciertos y, sobre todo, en cuándo unos se transforman en otros.

Se me ocurre que los mejores momentos, esos que guardo dentro de una cajita del pecho, no son errores ni aciertos, y que nadie debería tener poder suficiente, ni siquiera uno mismo, para convertirlos en naufragios.

Porque no sabemos lo que sentiremos en el futuro, porque no sé lo que escribiré mañana, quiero mantener en la tinta de hoy y en el papel que atraviesa el tiempo las palabras que digo, para que me recuerden lo sentido antes de que la memoria y la luz de otros tiempos las conviertan en mentira.

Y, al respecto de la película, se me ha ocurrido modificar la frase para hacerla verdadera y escribir aquí, como contradicción, como paradoja, como frase comercial, como pensamiento inútil, quizás, como mentira, que algunos de mis mejores errores, primero fueron aciertos.

Aunque la verdad que nunca podrá ser mentira, el acierto que nadie trocará en equivocación, es que algunos de los mejores momentos de mi vida, los he vivido en ti, por ti, contigo.

Collage

Ligeras cruzan las edades, hay quien las cuenta en días,
y a través de su lluvia y su ceniza
cada vez más difícil resulta el resistirse
al perezoso vivir animal de la costumbre.
No sé por qué los versos que ahora escribo
parecen versos clásicos, y total para decir
que si después de tanto tiempo aún hoy
aprieto tu recuerdo entiendo que
estoy condenado
a naufragar todos los días
con la vejez que da el saber
que aunque me he equivocado en todo
esto es algo que especialmente he hecho
en lo que más quería.

(Santiago Montobbio, Ética confirmada, 1990)

Autobiografía

Como el náufrago metódico que contase las olas
que faltan para morir,
y las contase, y las volviese a contar, para evitar
errores, hasta la última,
hasta aquella que tiene la estatura de un niño
y le besa y le cubre la frente,
así he vivido yo con una vaga prudencia de
caballo de cartón en el baño,
sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
sino en las cosas que yo más quería.

(Luís Rosales, Rimas, 1951)

El dolor del pájaro

Piaba a saltos. En este calor de caerse los pájaros, le iba poniendo música a su miedo. Demasiado pequeño para volar, salió a la calle por debajo de la verja de la entrada.

Allí le vi irse escondiendo de todo entre los coches aparcados al sol de media tarde. De repente, su mundo se había venido abajo como quien despierta de un sueño y él huía por instinto de todo lo que se movía a su alrededor. Huía con un trino que, a pesar del desgarro, sonaba dulce, casi como una canción.

Quizás hubiera podido recogerlo, lanzarlo a la copa de algún árbol, protegerlo de los gatos burgueses del barrio, de los niños aristócratas que juegan con los rabos de las lagartijas. Quizás hubiera podido ponerlo a salvo del rodillo de los vehículos o de la sed que nace de la canícula.

Pero no lo hice. Huyó también de mí porque, cuando uno corre despavorido, no se reconocen más que enemigos en el trayecto, porque el continente no suele ajustarse al contenido de los seres, porque dejar de saltar cuando no se sabe volar aún, es como quedarse desafiando a la muerte.

Algunas noches escucho lo que ya había escuchado antes muchas veces; por detrás de los capialzados de las ventanas, gorgoritos solitarios a medianoche, de los pájaros que anidan, tal vez, en mi cabeza.

Los escucho y pienso en las llamadas que aquí escribo a saltos, mientras huyo despavorido hacia delante. Mis trinos saben dulces sin que nadie sepa del desgarro, sin que nadie sepa cual es el mundo que se me ha venido abajo, sin que nadie sepa de todo lo que me escondo.

Tal vez haya quienes me leen como si me rescataran, quienes me escuchan investigando, quienes me miran tratando de averiguar cual es el sueño del que he despertado. Y quieren protegerme de los niños aristócratas, de los gatos burgueses, del rodillo de los días solitarios o de la sed que llevo en la boca.

Habrá quien al leerme sienta el dolor del pájaro, quien crea que escribo para ponerle música a mi miedo. Habrá quien me lea lo pequeño que soy para volar y quien me vea escapar con metáforas titubeantes por debajo de la verja de la entrada.

En este calor de caerse los pájaros, la literatura, la geografía y mi biografía siempre van piando a saltos en estos renglones. Es cierto, aunque no todo es cierto, aunque no puedo negar que no todo es falso, aunque no todo sucede ese mismo día.

Pero si aquí dijera toda la verdad, seguramente, me mentiría.

Aforismos

Hay vidas que consisten en que por las mañanas tienes mucho que hacer y por las noches no tienes nada que recordar.

La nostalgia, ese moho de la memoria, esa oscura envidia de uno mismo. La nostalgia es el opio de los tristes, es una droga alucinógena que te hunde a la vez que te alivia, te hace sonreír mientras te clava en la espalda sus pretéritos perfectos e imperfectos.

Hablamos de los planes como si fueran un manual de instrucciones, pero sólo son un libro en blanco.

Sólo existen dos maneras de ser feliz: hacerse el idiota o serlo.

Perderse es inventar otro camino.

Cuando el deseo se cumple, el sueño se rompe.

(Benjamín Prado, Mala gente que camina, 2006)

Playa

Al borde de estar mojado, en el límite de la tierra adentro, donde el horizonte raya el agua como un sueño lejano que se interpone entre el mar y el cielo, pisábamos el contorno de la sombra que distingue la luz con otro brillo.

En la linde que separa la vigilia del sueño, jugando sobre el borde que delimita un cuerpo tendido y abierto a la blandura del espacio, una piel divisoria que se dilata hasta el margen de otro cuerpo vertical y rígido de normas, hablábamos sobre la orilla de una memoria que distingue el presente con otra luz.

Estábamos en ese confín en donde se encuentran el principio de una desnudez agradecida con el final de las vestiduras rotas, en esa misma duda que separa tu mano diurna de la nocturna constelación de mis lunares, donde la sal se acumula en contra de todo sol que nos vuelve desierta la sed de la vista y el hambre del deseo.

Estuvimos allí, sin saberlo, donde un puñado de arena que se escapa de las manos se enfrenta con la metáfora de un reloj que se detiene, en donde un aceite hierve de frontera y, poco a poco, desaparece en las mismas pieles que separa, entre la toalla y el suelo.

Allí estuvimos, sin sospecharlo, en ese punto en el que confluyen todos los límites, al borde de todo y nada, en el contorno de una vida que nos rehuye y se nos escapa, en el punto difuso donde el mundo concurre al mismo tiempo que escurrimos, cuando se pueden tomar todas las direcciones que no van a conducirnos a ninguna parte.

Y aunque no regresamos intactos porque es un tiempo que se nos tatúa, te miro el cuerpo, me miro los sueños y no nos descubro quemaduras. Tal vez sobrevivamos a todas las playas que aún nos quedan que pisar.

Esta imagen de ti

Estabas a mi lado
y más próxima a mí que mis sentidos.

Hablabas desde dentro del amor,
armada de su luz.
Nunca palabras
de amor más puras respirara.

Estaba tu cabeza suavemente
inclinada hacia mí.
Tu largo pelo
y tu alegre cintura.
Hablabas desde el centro del amor,
armada de su luz,
en una tarde gris de cualquier día.

Memoria de tu voz y de tu cuerpo
mi juventud y mis palabras sean
y esta imagen de ti me sobreviva.

(José Ángel Valente)

(des)Concierto

El segundo trompeta estaba rojo, el sudor caía tras la carrera, la silla gemía bajo mi peso como amante entregada. No se puede estar en todo.

El vals y un contrabajo se levantaban para pasar página cada cierto tiempo, como hacemos todos. Castañuelas como tacones, marcando el paso de la farruca que llegaba tarde.

El catalán hablaba por teléfono de una oferta inmobiliaria, la madre que se tira por el mismo balcón que su hija.

Nos miraban desde el otro lado de las luces y nos veían como manchas de colores. Se me hinchan los pies con estos zapatos y con estos años. Han metido cuatro goles, vaya partidazo.

Una brisa recién cortada en lonchas se deslizaba por las columnas. Respighi asomado a las fuentes de Roma hacía sonar el arpa de agua. ¿Se puede hacer música con un martillo?

No se puede estar en todo, la chica solitaria del vestido vaporoso iba con chanclas, el corazón no siempre se empapa de lo hermoso. ¿Por qué nunca tienes ganas de tocarme?, sonaba como un chelo en mi oído, mientras se tensaba el director en la danza de los vecinos.

Qué hermosa noche, cuánta gente bien vestida, el frac de los otros nunca queda ridículo. Si hubieras ido a Florencia, sabrías del almohadillado. Tengo las gafas viejas, mejor no me las pongo. Todos los violines levantaban su arco al unísono. No se puede estar en todo.

El retorno siempre se hace más despacio, los jardines y el bosque parecen estar dormidos. Los metales resucitaron el círculo de las lechuzas, la flauta hizo revivir viejos pájaros lejanos. Un murmullo de cuerdas iba dando paso al final de una orquesta a voz en grito. Aplausos.

En la última luz del trayecto hay que buscar el papelito del aparcamiento. Qué manchas de colores al otro lado de una ciudad que siempre está quieta. ¿Seremos nosotros mismos los que nos miramos desde enfrente? Tan grande como es el palacio y no te hace sentirte pequeño.

La ambulancia vacía me da paso, la calle desierta rezuma tristeza, la noche cerrada al domingo. La llave que suena cansada, la cancela que gruñe por las horas intempestivas, el patio que continua su duermevela.

El segundo trompeta estaba rojo, qué columnas las del panteón romano, la cama rellena de ausencia, la ventana entreabierta, palabras que regresan por la fiebre y el ventilador arrullando un insomnio.

No se puede estar en todo sin saber disfrutar del desconcierto.

Meditación abstrusa

Es extraño. Si trato
de recordar el fuego de las noches sagradas,
un verano violento —como cualquier verano—,
con su luna de sangre y crepitar de brasas,
recuerdo esa violencia y la felicidad,
recuerdo el fuego, pero aquí no está el fuego,
aunque yo sé que ardía en esas noches.

Resulta sorprendente. Si vuelvo atrás la vista,
hacia nuestras reuniones, sé lo que confesamos,
rememoro el ingenio de los viejos amigos,
puedo escuchar la risa,
y esa desesperanza
de la que se alimenta cualquier joven,
porque se sabe fuerte, invulnerable.
Y, sin embargo, aquí, en la presente noche,
nadie se ríe ya, y la desesperanza
no es siempre un alimento adolescente.

Es curioso. Si miro
las páginas de un libro, o esos rostros
que hablan en la pantalla y nos conmueven,
yo sé que nunca fueron, como sí sé que fueron
mi fuego y mis amigos,
son palabras que nadie ha pronunciado
al margen de esos libros, son los rostros
de quien prestó su rostro a quien no existe,
y sin embargo están en esta misma noche,
y son y me acompañan y me ayudan.

Lo que parece eterno en la memoria
ha dejado de serlo, y lo que nunca
vivió en nosotros mismos es nuestra eternidad.
Es extraño, es curioso, es sorprendente:
no estoy del todo en mí, y cuando acudo
a lo que debí ser, todo ha cambiado.
Estoy donde no estoy, y en lo que no soy yo,
y hasta en no importa dónde,
y hasta en no importa cuándo.

(Carlos Marzal, Los países nocturnos, 1996)

Contrariado

Acabo de llegar al sitio en el que los días laborables se convierten en un extraño y los días de fiesta atacan con su lucha perenne de soledad contra multitud.

Yo estaba desterrado de las mañanas abiertas. Madrugar hacía más trascendente mi insomnio y más digna de compasión mi temprana y abrupta manera de abrir los ojos y la boca, atiborrando al mundo de malhumor y despertadores.

Mi descuido en el atuendo tenía el salvoconducto de la urgencia, la barba sin cuchilla crecía con la excusa de las sábanas que se enredan tras una noche de duermevela. El desayuno era una droga, que tomaba a sorbos para espantar el inquietante correr de las manecillas por mis venas.

La vida, entonces, empezaba por la tarde, los días tenían menos horas para el despilfarro y la memoria, el mundo se apagaba pronto y los bares cerraban justo a la hora necesaria.

Llegar a la noche era empezar el refugio, sentir la pulsión de lo que está a punto de acabarse y querer apurarlo entre letras contra toda norma higiénica y de buenas costumbres. Buscar bajo la luna el minuto de cielo que traen todos los días y envejecer en la espera de una carta que no siempre llegaba, que no siempre era de amor.

Y no quiero hacer todo eso que dejé abandonado con la excusa de ponerme a hacerlo en estos días vagos —vagos por imprecisos—, porque ando mal de bolsillos y no quiero pagar deudas del pasado que no hayan sido de juego. Ordenar la montaña de los tristes papeles que resumen la existencia en un consumo me parece tan estúpido como contar estrellas bajo techo. Y sin embargo, prefiero lo último, por supuesto.

Pero es verdad que todos deseamos a veces que la vida pare, que deje de gruñir un momento, que no nos arañe más los pensamientos, que nos deje libre la garganta para llorar a gusto y deshacer los nudos que se nos han ido haciendo poco a poco. O para reírse de las cosas tan tontas que nos tienen el corazón atornillado al suelo y las ganas puestas de rodillas.

Por eso, procuro que estos días completos no tengan nada que ver con el tiempo de trabajo. Mis vacaciones consisten en hacer las cosas muy despacio y de una en una. Elegir el orden de actuación y dejar abandonadas para cuando vuelva el trabajo todas esas cosas para las que ahora no tengo tiempo.

Quizá, últimamente, voy haciendo las cosas tan de una en una y tan despacio, que te agobia mi mirada de relojero. Quizás tan despacio y tan de una en una, que te agoto, que te oprimo, que te sacudo. Quizás estoy tan de vacaciones y puedo soñar tan despierto, que no te dejo respirar.

Estoy contrariado por el efecto, por la falta de cálculo, por la lentitud con que pasan los días en el desierto. Estoy contrariado porque he hecho las cosas tan despacio y tan de una en una, que no he tenido tiempo de hacerte soñar escribiendo.

Y eso es algo que no quiero dejar de hacer.

Las tardes

Ya casi no recuerdo las mañanas,
su tiempo azul y claro,
lejos quedan, perdidas en colegios
o en piscinas extrañas e indolentes.

Porque sentimos duro el despertar
retrasamos ahora
la luz que nos fatiga los despegados ojos.
Y es un destino oscuro el de las tardes,
en ellas aprendí que llegará la noche,
y que es inútil
cualquier esfuerzo por burlar la historia
equivocada y triste de los años.
He vivido en la espera absurda de la vida,
cuando he gozado
ha sido con reservas; amé creyendo en el amor
que habría luego de venir, y que faltó a la cita,
y renuncié al placer por la promesa
de una dicha más alta en el futuro incierto.

Pero los días, al pasar, no son
el generoso rey que cumple su palabra,
sino el ladrón taimado que nos miente.
Con su certeza
nos convierte la edad en más mezquinos,
nos enseña a amar lo que nos duele,
las cosas más pequeñas, aquello que ahora somos
y tenemos: la música suave, nuestros cuerpos,
el calor de la estancia y el cansancio.
Buscamos la derrota de las tardes, su tregua
en la exigencia vana de una gloria
que ya no nos seduce. Nos convierte
la edad en más obscenos, y aceptamos
cualquier regalo aunque parezca pobre:
esa boca gastada por el uso, tan dulce aún,
el fuego antiguo y leve de la carne,
los viejos libros, los amigos justos,
un poema mediocre, pero nuestro,
y la costumbre extraña
de ser al fin felices en la sombra.

Es un destino oscuro el de las tardes,
pero también hermoso
y breve como el paso de los hombres.

(Vicente Gallego, Los ojos del extraño, 1990)

Semejantes

Cuando abrimos los brazos para sentir el volumen de otro cuerpo que se acerca, cuando notamos su calor y el mundo se convierte en aroma, cuando tal vez, sentimos su respiración como un suspiro propio, siempre miramos a lo lejos.

Miramos a lo lejos, unas veces con los ojos cerrados y otras abiertos. Abandonamos la vista hacia lo que no está tan cercano, sonreímos a los otros que nos observan, preparamos el cuerpo para la separación antes siquiera de haber sentido el abrazo.

El afecto es un arma de doble filo, porque nos convierte en adictos y siempre miramos a lo lejos. Cuando un amigo te cuenta ilusionado el placer que ha sido conocer a otro que no está presente, uno se siente y se sienta en el banquillo de los reservas para no perder el equilibrio.

Es un arma de doble filo porque se funde con la costumbre y a la tercera vez que no te dicen que te quieren, hay algo que se estremece por dentro como un fracaso. Y, sin embargo, cuando no te lo dicen nunca, uno inventa que lo ha visto en un gesto, en un ademán medio escondido o en una abreviatura escrita en la esquina de un papel.

Porque arrastra el pasado consigo, el afecto es un arma de generoso doble filo. Porque ponemos en él la esperanza cuando habría que ponerla en nosotros mismos. Porque estamos más atentos al que recibimos que al que somos capaces de dar.

Llega entonces el huraño, el ridículo, ese que apartarías de tus hijos y de tu buen nombre, y pone la voz abrupta y retuerce las palabras hasta encontrar un hilo que se había quedado suelto. No dan crédito tus ojos cuando te das cuenta de que eres tú mismo, que la metralla que lanzas no era lo que traías en la mano. Te preguntas por el beso que se te ha esfumado en la punta de los labios y te preparas para odiarte a ti mismo.

Miramos a lo lejos cuando nos abrazan los que más cerca queremos tener. Y cuando dejan de abrazarnos, los echamos de menos, los odiamos como si fuéramos inocentes, nos hinchamos de dolor pretérito, los apartamos con una mano y los buscamos con la otra, sin dejar nada quieto hasta que vuelven al abrazo. Y entonces, abrazados de nuevo, volvemos a mirar a lo lejos.

Tú y yo somos semejantes. Tan semejantes que me pregunto si no estamos equivocados y deberíamos aprender a vivir uno con otro antes de intentar vivir con nosotros mismos.

Tan semejantes que yo tendría que ir aprendiendo a contarte mi corazón por teléfono.

Échale a él la culpa

A José María Álvarez y Carmen Marí

Hoy te has ido de fiesta con amigas,
y sin que tú lo sepas me regalas
un tiempo de estar solo que ya empieza
a ser raro en mi vida, un tiempo útil
para intentar pensar en ti como si fueras
lo que siempre debiste seguir siendo
cuando pensaba en ti: aquella persona,
en todo semejante a cualquier otra,
que una noche lejana tuvo el gesto
generoso y extraño de entregarme su amor.
Pero el amor nos cambia, nos convierte en espías
ridículos del otro, en implacables jueces
que condenan sin pruebas y comparten
sus estúpidas penas con el reo.
El amor nos confunde y trata ahora
de que vea en tu fiesta una traición.

Por huir de esa trampa me amenazo
con los nombres que cuadran al que cae en su vacío:
egoísta, ridículo, inseguro, celoso…
Y como un ejercicio de humildad pienso en ti
divirtiéndote sola: te imagino bailando
y mirando a otros hombres;
al calor del alcohol
confiesas a una amiga algunas cosas
que te irritan de mi sin que yo lo sospeche,
y por unos instantes saboreas
una vida distinta que esta noche te tienta
porque eres humana, aunque no me haga gracia.

Ahora caigo en la cuenta de que dudas
como yo dudo a veces, y que también te aburres,
y que incluso algún día habrás soñado
follar como una loca con el tipo que anuncia
la colonia de moda.
Para calmarme un poco
tras la última idea, yo me digo
que el amor es un juego donde cuentan
mucho más los faroles que las cartas,
y procuro ponerme razonable,
pensar que es más hermoso que me quieras
porque existen las fiestas, y las dudas,
y los cuerpos de anuncio de colonia.

Lo que quiero que sepas es que entiendo
mejor de lo que piensas ciertas cosas,
que soy tu semejante, que he pensado besarte
cuando llegues a casa; y que es el amor
—ese tipo grotesco y marrullero—
el que va a hacerte daño con palabras
absurdas de reproche cuando vuelvas,
porque ya estás tardando, mala puta.

(Vicente Gallego, La plata de los días, 1996)

Los cuatro elementos

Él era un hombre de aire, de pensamiento liviano y sueños altos. Le gustaban las elegantes maniobras que hacen las palabras cuando se enredan con el viento y caen suavemente sobre las copas de los árboles. Le gustaría volar, pero sin perder de vista el suelo.

Ella, mujer de tierra que iba siempre con la mirada puesta en el cielo, le descubrió mientras daba volteretas en prosa para huir de las tormentas. Le gustaba ver las estelas que iba dejando en las nubes de su cabeza, llovieran o no. Quiso verlo más de cerca y se le fue acercando deprisa, como lo hace todo, lanzando al aire sus desnudeces, que le acertaron en toda la primavera.

Y a él le encantó que le dibujara mapas del cielo y que la dejaran pensativa sus acrobacias. Adoró la elegante forma que ella tenía de pasear por el barro sin mancharse, el mandala de sus pasos sobre la arena de los desiertos y el laberinto de su piel cuando se modelaba en arcilla entre sus dedos.

Probaron el agua, porque aire y tierra siempre tienen ese nexo de unión. Agua dulce de los besos y agua salada con lágrimas. Agua fría de las despedidas, agua tibia de caricias entretejidas y agua caliente de deseo.

Ahora, cuando va pasando el tiempo como un rodillo, es curioso contemplar cómo el hombre de aire esculpe polvo en el viento y cómo la mujer de tierra se pone de puntillas para sentir la brisa que le roza el cuerpo. Cómo el hombre de aire sueña con barro, cómo la mujer de tierra sueña con cielo. Cómo temen ambos, enredarse entre las ramas y quedarse con los pies colgando.

Pero entre dos mundos, siempre hay un tercero. Están abocados al fuego, al fuego metido en lo más profundo de los secretos que muerden cuando se enciende la luz. Porque el humo y la ceniza siempre vuelan juntos y siempre juntos caen al suelo.

El tiempo…

el tiempo
se deviene en su reloj de polvo
agujas enloquecidas que no atinan
al número
igual
que esa muchacha que ha dejado su sombra
tendida
sobre la tierra para arropar al mundo

deletrea
en un charco de pájaros
sílabas de lluvia

y es
la suerte de un cuerpo repartido en gotas
que nadie junta

(Jorge Meretta, El cazador de lluvias, 2004)

Enciendo la luz…

Enciendo la luz
para escribir
y sólo arden palabras ya vividas
en el falso fuego de una lámpara.

Creí decirlo todo y es engaño.

Toda la claridad en sólo un ojo ciego.

(Jorge Meretta, Ritual de la palabra, 1998)

La pregunta en el aire

Esa era mi amiga «Pepa», esa de la que te hablé. ¿A qué es guapa?

Sí, bueno… guapa es… no digo que no —yo estaba seguro de que sí que lo era, pero no quise parecer muy interesado—. Pero mu tristorra, ¿no?

Ya, es que está pasando por un mal momento. Lleva una racha de encontrar parejas que no le duran nada. Cuatro en dos años. Y sin haberse recuperado de la separación, y eso que ya hace ocho años del divorcio. Otro par de ligues más se le estropearon antes también y…

Pobrecilla, lo habrá pasado mal… En fin —dije intentando dar por concluida la conversación.

A mí me da mucha envidia, es guapísima y tiene mucho gancho con los hombres —dijo ella como quien formula un deseo a una estrella fugaz (o no sé si queriéndome vender un producto).

Ya —e hice silencio para dar el tema por resuelto. Pero no pude evitar que se me escapara un pensamiento y añadí—. Y pobrecilla tú.

Bueno, es que yo no soy tan guapa ni tengo tanto gancho, pero tampoco hacía falta que me lo recordaras.

No lo digo por eso —respondí a punto de no meter la pata—. Sino porque, piénsalo bien, mucho gancho para tanto «pescar» y, sin embargo, quedarse luego sin «pescado»… Parece más bien que es ella la que «pica». Que no te den tanta envida sus fracasos.

Una conversación ganada, pensé. Noté subir el ego y me sentí cargado de razón, como si observar a los demás desde lejos me concediese alguna clase de mérito especial. Pero la vida tiene muchos ángulos por donde mirarla y cada quién se asoma desde la altura de su propio corazón. Y ella, con esa cierta amargura de los que hablan a sabiendas de que no van a ser entendidos, me contestó:

Lo que envidio no es que se caiga, sino que se levanta y lo vuelve a intentar.

Una conversación perdida. Y dos cosas que aprendo. La primera, que es difícil distinguir entre admiración y envidia. La segunda es que no hay respuesta tan exacta como esa pregunta que no se hace y se queda en el aire.

No decía palabras

No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas
hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo
otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.
Aunque sólo sea una esperanza
porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe.

(Luis Cernuda, Los placeres prohibidos, 1931)

Prodigarse en pros

Hay que prodigarse en los propósitos de cambio, en propensiones a la ternura, en la más incansable propagación de los sentimientos.

Hay que producirse sin descanso una buena provisión de alegrías, ser proclives a la cercanía más exacta y proclamarla viva como si el otro cuerpo fuese un prófugo devuelto a su procedencia.

Tengo que promover la probatura de la felicidad aun a pesar de la problemática de las mudanzas. Tengo que promediarme en la procacidad de los cuerpos y propagar con ella la prodigalidad del afecto.

Voy a procurar la profilaxis de las ausencias consumando la profusión de besos encadenados, aumentando sus probabilidades de éxito mediante la producción propia de dopamina en los prolegómenos, para prolongar progresivamente lo providencial de cada caricia.

Quiero procesar con profunda alevosía la proeza de la sinceridad y su prognosis prometida. Y proclamar lo prodigioso de la memoria de la piel como un prontuario que el corazón y el deseo pronuncian con unos mismos labios.

He decidido propalar prodigios y ser prolijo en mis cumplimientos de promesas. Propender hacia las soluciones y propugnar la imaginación como fundamento del futuro. Proporcionar propósitos de seda que amordacen los cuchillos y prorrumpir en miradas de consuelo a mi alrededor.

Ya basta de contras, vida. Hay que prodigarse en pros.

Contra mi oficio

Afirmo que el amor son las palabras.
Que no existe el amor si no se dice.
Afirmo, de igual modo, que al cantar
los días los dejamos ya engastados
en una forma extraña de sintaxis
que no puedo expresar con otro nombre
distinto del amor.
Y afirmo lo contrario.
Que nunca las palabras bastarán
para dejar constancia de las cosas
que puede un hombre amar y, de hecho, ama.
Que está la vida fuera de estas líneas.
Que, si jamás deseo alguno me brotase
de decir lo que aquí digo, seguiría
viviendo en lo que aquí no he pronunciado,
amando en lo que aquí no halla lenguaje
ni quiero que lo halle por si un día
vosotros me buscáis entre mis nombres.
La vida es tan hermosa porque nada
la puede hacer hablar si ella no quiere.
Vivir es siempre más que darse cuenta.
Amor es siempre amor porque no sabe
de amor quien no se pierde en el distinto
misterio de otra carne incomprensible.
Y necio yo sería si pensara
que porque un día mis palabras engendraron
amor,
amé yo más,
vivir,
tuve la vida.

(Antonio Praena, Actos de amor, 2011)

Oferta

Trabajo fijo, vecinos amables, cara de buen chico, fama de no haber roto nunca un plato y barriga con cicatriz.

Un puñado de letras, algún que otro poema bueno y muchos cuentos. Apariencia de calma, angustia interior, nervios en el estómago, principios ilusos, pero todavía aprovechables, manos que saben sudar suavemente y miedo por todos los poros.

Pereza, nostalgia, sensación de vacío y canciones aprendidas de memoria. Un hueco infinito en el pecho, un corazón adormecido, ganas de volar revueltas con vértigo y humor absurdo, pero fino.

Le gustan el chocolate, la complicidad de los gestos y el vino. También le gusta la magia, pero no es practicante. Busca algún futuro, ahora, tan a destiempo, con un sexo sentido. Piel suave y mucho vello. No le gusta afeitarse los días que nadie le toca, que son muchos.

Miope, pero sabe mirar a lo lejos. Tiene la vista cansada de las pantallas y los dedos turbios de remover el azúcar en la taza. Le gusta mucho jugar, especialmente con las palabras. Escucha bien a los demás, pero se oye regular a sí mismo.

Y padece insomnio, pero ya no le hace sufrir no poder dormir. Lo que más teme en este mundo es perder la memoria y las ganas de soñar. La muerte de los demás le asusta más que la suya propia.

No baila, porque suda mucho y se siente feo con todo el mundo vestido de guapo. No es bueno para el trabajo pesado y no sabe ni colgar un cuadro.

Tiene querencia a las tablas, le gusta ser optimista, no le importa parecer tonto —para irse haciendo el cuerpo por si acaso lo fuera— y está más despierto de noche que de día.

Y con este equipamiento, tengo en el almacén desde hace tiempo a un tipo que adora los imposibles, pero que nunca los consigue, por definición. Lo vendo barato, está de oferta.

Lo vendo barato porque ya no me sirvo, porque hay que dejar sitio y quitarse las telarañas. Lo vendo barato porque ahora, ya, quiero ser otro mejor y, en tanto que ande conmigo encima, nunca lo conseguiré.

Pintor que me has pintado

Pintor que me has pintado
en este cuadro vago de la vida,
tan bien, que casi
parezco de verdad; ¡ay, pínta—
me nuevamente, y mal, de modo
que parezca mentira!

(Juan Ramón Jiménez, Ceniza de Rosas, 1912)

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