La vida es insomnio

La vida es insomnio, que no sueño. Se equivocaba Calderón.

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Ora et labora

El principal mandato de la Regla está pensado para alejar las mentes ociosas de pensamientos impuros, para encontrar un equilibrio entre el trabajo, la meditación, la oración y el sueño.

Hay que aprovechar la luz, especialmente en verano, y organizar las actividades en función del astro rey. Por la mañana, se limpia el patio de arriba, sombreado y accesible con los ojos pegados, de modo que la cara de la casa esté lavada. Y hay que regar, naturalmente, antes de que el calor evapore el líquido elemento.

Más tarde ducha y baños, atender al salón y a la cocina, para dejarlos listos antes de un nuevo uso. Un repaso a la entradilla, a la escalera del hall y, por último, subir al dormitorio a borrar las huellas de otra noche de insomnio y aire acondicionado.

Entretanto, meditación delante del ordenador, oración delante del humo y sueño delante del ordenador.

La cocina espera la previsión del almuerzo, los papeles y la ropa sucia, que hay que apaciguar antes de que se amotinen y hundan el barco. Un par de veces en semana, discusión con las pelusas y la inquietud de la lavadora, que tiene la preciosa costumbre de derramarse después de cada uso.

Entretanto, meditación delante del ordenador, oración delante del humo y sueño delante del ordenador.

Se come en el refectorio, mientras suenan las oraciones y las lecturas pías que tienen a bien proferir los presentadores de los telediarios. Después se coge un libro para meditar y que traiga el sueño.

A la tarde, cuando ya el sol no castiga tanto el patio de abajo, barrido y baldeo. Regar dentro u ordenar cacharros y evaluar su utilidad y su sitio.

Entretanto, meditación delante del ordenador, oración delante del humo y sueño delante del ordenador.

Y por las noches el último riego, la apertura de ventanas invocando la brisa, un refrescón para las baldosas y buscar cualquier cosa en el frigorífico que llevarse a la boca. Otra lectura, alguna película o fútbol, para entretener la cabeza.

Una hora antes de acostarse, por lo menos, última meditación delante del ordenador, última oración delante del humo. Y a esperar al sueño en la cama.

Yo, que soy abad y monje al mismo tiempo, de vez en cuando rompo las reglas y de vez en cuando ellas me rompen a mí. Ora et labora, me propongo, para no permitir a las mentes ociosas desbocarse en sinsentidos. Nada de alcohol, nada de mujeres, nada de dulces.

Pero no lo consigo. Y muchas veces me quedo perdido, mirando por las ventanas, extrañando voces, imaginando labios o encontrando placeres solitarios con derramamiento de fluidos.

Tendré que perseverar y hacer más ora y más labora. Para eso, nada mejor que meterse a hacer obra en el monasterio. Porque ora que te ora para que no surjan más pegas. Y labora que te labora acercando materiales al albañil.

Por eso hace una temporada que no puedo ni pasar por aquí.

La poesía es un atentado celeste

Yo estoy ausente pero en el fondo de esta ausencia
Hay la espera de mí mismo
Y esta espera es otro modo de presencia
La espera de mi retorno
Yo estoy en otros objetos
Ando en viaje dando un poco de mi vida
A ciertos árboles y a ciertas piedras
Que me han esperado muchos años
Se cansaron de esperarme y se sentaron

Yo no estoy y estoy
Estoy ausente y estoy presente en estado de espera
Ellos querrían mi lenguaje para expresarse
Y yo querría el de ellos para expresarlos
He aquí el equívoco el atroz equívoco

Angustioso lamentable
Me voy adentrando en estas plantas
Voy dejando mis ropas
Se me van cayendo las carnes
Y mi esqueleto se va revistiendo de cortezas
Me estoy haciendo árbol Cuántas cosas me he ido convirtiendo en
[otras cosas…
Es doloroso y lleno de ternura

Podría dar un grito pero se espantaría la transubstanciación
Hay que guardar silencio Esperar en silencio

(Vicente Huidobro)

¡Guala!

Contaba yo la peripecia de lo extraordinario. Eso que, alguna vez, los niños pequeños que sólo viven de sus sueños, dibujan en papeles que el tiempo amarillea.

El tiempo amarillea cada instante, pero cada instante es extraordinario, aunque cuesta reconocerlo por entre las rutinas y las leyes de la física. Cuesta reconocerlo escondido en los recovecos de un corazón que, meses después, enseña las lágrimas que se tragó tras la noticia y su sorpresa.

Su sorpresa, pero también la mía en mitad de una autovía, cuando —y ya es raro— no había ningún coche delante hasta donde se perdían la vista y el asfalto. Casualidad que me entró por el espejo retrovisor cuando —y ya es raro— quise cambiar de carril para afrontar un trayecto distinto.

Un trayecto distinto de quien se asombra de lo cotidiano cuando lo pinta el azar. De los caprichos de la entropía cuando —y ya es raro— los ocho coches que me perseguían se pintaron de rojo, del mismo rojo que el coche en el que yo iba.

Yo iba contándole la peripecia mientras la llevaba por la misma autovía hacia su lugar en el mundo, cuando —y no es nada raro— me entraron por el retrovisor sus ojos azules inmensos. Entonces, ella, respondiendo al entusiasmo de algo tan extraordinario que resulta inútil, hizo una exclamación con la sonrisa de su madre puesta en la boca.

Puesta en la boca como cuando —y ya no debe parecer tan raro— me explicó: «Quiere decir que no me impresiona lo que me estás contando, pero tampoco quiero que te quedes con cara de tonto». Y, efectivamente, no me sentí un tonto que cuenta lo cotidiano como si fuese extraordinario, sino como alguien que mira el mundo con otros ojos.

Con otros ojos, con esos ojos con los que habría sido imposible no sonreírle a su respuesta. «Guala» significa mucho más de lo que parece.

Mucho más de lo que parece, dejarse querer es un modo de querer. Como es otro modo de querer ese dejarse agradar que flota a veces en el aire de un coche atado a un mismo trayecto de la autovía que se repite incansable.

Se repite incansable mi corazón cuando me exige rumiar los actos de amor que me sacuden. Porque agradar y dejarse agradar son la misma forma de quererse. Y eso es lo extraordinario.

Lo extraordinario sería que tú que me lees, también, dijeras para tus adentros ¡guala!, y me siguieras leyendo como siempre me lees. Aunque sé que no te impresiona lo que digo.

Mucho más grave

Todas las parcelas de mi vida tienen algo tuyo
y eso en verdad no es nada extraordinario
vos lo sabés tan objetivamente como yo
sin embargo hay algo que quisiera aclararte
cuando digo todas las parcelas
no me refiero sólo a esto de ahora
a esto de esperarte y aleluya encontrarte
y carajo de perderte
y volverte a encontrar
y ojalá nada más
no me refiero sólo a que de pronto digas
voy a llorar
y yo con un discreto nudo en la garganta
bueno llorá
y que un lindo aguacero invisible nos ampare
y quizá por eso salga enseguida el sol
ni me refiero sólo a que día tras día
aumente el stock de nuestras pequeñas
y decisivas complicidades
o que yo pueda o creerme que puedo
convertir mis reveses en victorias
o me hagas el tierno regalo
de tu más reciente desesperación
no
la cosa es muchísimo más grave
cuando digo todas las parcelas
quiero decir que además de ese dulce cataclismo
también estás reescribiendo mi infancia
esa edad en que uno dice cosas adultas y solemnes
y los solemnes adultos las celebras
y vos en cambio sabés que eso no sirve
quiero decir que estás rearmando mi adolescencia
ese tiempo en que fui un viejo cargado de recelos
y vos sabés en cambio extraer de ese páramo
mi germen de alegría y regarlo mirándolo
quiero decir que estás sacudiendo mi juventud
ese cántaro que nadie tomó nunca en sus manos
esa sombra que nadie arrimó a su sombra
y vos en cambio sabés estremecerla
hasta que empiecen a caer las hojas secas
y quede el armazón de mi verdad sin proezas
quiero decir que estás abrazando mi madurez
esta mezcla de estupor y experiencia
este extraño confín de angustia y nieve
esta bujía que ilumina la muerte
este precipicio de la pobre vida
como ves es más grave
muchísimo más grave
porque con estas o con otras palabras
quiero decir que no sos tan sólo
la querida muchacha que sos
sino también las espléndidas
o cautelosas mujeres
que quise o quiero
porque gracias a vos he descubierto
(dirás que ya era hora
y con razón)
que el amor es una bahía linda y generosa
que se ilumina y se oscurece
según venga la vida
una bahía donde los barcos
llegan y se van
llegan los pájaros y augurios
y se van con sirenas y nubarrones
una bahía linda y generosa
donde los barcos llegan
y se van
pero vos
por favor
no te vayas.

(Mario Benedetti, Poemas de otros, 1974)

Impersonal

Y todo para confesarte —por si aún no te habías dado cuenta a estas alturas—, que no sé escribir como yo desearía, ni como tú quisieras. Que sólo escribo como puedo, como me sale, como yo mismo me dejo; con el único sustento razonable de que tú sí sepas leerme.

Aunque siempre arrastro esta impresión, impresa y triste, de que nunca he sabido decirte lo que te digo.

Estrictamente personal

El dolor o el cansancio traen a veces
un desmedrado desfallecimiento
unas ganas terribles de olvidar
todo lo que no sea intransferible
—personal como dicen— pero luego
no se distingue ya lo que es de uno
y el egoísmo llega a ser total
a invadir el dominio de otra gente.
Y hoy padezco por algo que no es mío
por lo que ocurrirá con una chica
que no me pertenece: que tan sólo
camina y lee; se equivoca y riñe
casi todos los días en su casa.
No: no es posible dijo; pero sé
que aún guarda mi retrato y que ahora entiende
mis palabras; que hace años la llevaron
a extrañas situaciones. Y me mira
desde un sillón distante sin decirme
qué será de su vida. De la mía
ya sé que nada bueno. Y como esto
mucho tiene que ver con mi neurosis
termino aquí el asunto y a la calle;
me bebo un buen café y a la puñeta.

(José Agustín Goytisolo)

Agosto

Entonces llegan las horas quedas

del entreacto del mediodía,

cuando se para la vida y apetece siesta.

Nos subimos a hurtadillas

al hogar del ascensor

para que sea de tu cuerpo el sudor

que me escurre por las costillas.

Para entrar en tu propio cielo ardiente,

quedarme encendido y mojado,

surtido y derramado, libremente encerrado

entre tus dos sonrisas diferentes

y perpendiculares.

Y aunque odio los veranos circulares

y el angosto calor de este sol,

me gusta cuando llega matando nubes,

mientras pasa la vida despacio,

mientras pasamos al amor,

pidiendo que te queme yo,

deseando que tú me sudes.

La primera vez que escribo este poema

Supongo que este modo

de ir caminando por la playa

dejando que las olas y su espuma

me alboroten el camino,

que esta manera de andar

con un pie siempre más arriba que el otro,

hundiendo primero los talones en la arena

y enterrando los dedos juntos

por toda despedida de cada paso,

como mínimo estremecimiento ante el siguiente.

Supongo que esta forma

de dejar huellas fugaces en el material sensible

con que funcionan los relojes,

es una estrategia para no mirar atrás,

un modo de caminar por la nieve de estos días

sin tener que esperar una ventisca

que me borre la memoria.

Supongo que este mecanismo

de tener un horizonte plano a un lado

y andar por donde no quema la arena,

supongo que esta necesidad

de tallar blandamente las huellas

para que nadie las descubra,

es una obligación que he contraído

a fuerza de equivocarme y tropezar,

y tropezar y equivocarme.

Y supongo que este modo

de equivocarme sobre el borde del mar,

que esta manera de tropezar sin que se note

mientras llega una ola que barre los restos,

es un modo de aferrarse a la vida que consiste

en olvidar las otras veces y creer

que ésta es siempre la primera vez:

la primera vez que llego a donde estoy ahora,

la primera vez que escribo este poema.

Mudar de piel

Lo difícil es mudar de piel
la primera vez.
Después…
Oteas como un diafragma fotográfico
el cuerpo, su intemperie
luego las clandestinas caricias
las voces en murmullo,
los besos tras la puerta
que te obligan a buscar una isla blanca
en marejadas de olvido.

Al mudar de piel vuelves a sentir,
te izas como vela.
En tus sábanas blancas
el mundo es tuyo otra vez.

Lo más difícil es arrancar raíces,
dejar trozos del rompecabezas.
No colgar el bolso de cuero
cuando ves la cama vacía…

Sabes que emigras a una nueva piel.

(lina Zerón, La spirale du feu, 1999)

Causa perdida

En esta vida ordenada que llevo

de ir a trabajar todos los días,

de perder la tarde en tonterías

y por las noches el sueño,

en esta vida simple y liviana

que todo me lo toma en serio

pero se ríe de mí desde el espejo

con las casualidades que me manda,

en esta vida tan predecible

de palabras viejas y ya consabidas,

de presencias mil veces repetidas

rellenando los huecos de lo posible,

en esta vida cómoda y acomodada

que ya no recuerdo cuando preferí,

en esta vida que se limita a vivir

sin querer saber lo que me pasa,

en este miedo de vida

que todo el mundo me perdona

y en la que yo perdono a todas horas,

todas las noches, todos los días,

en esta vida que tengo a medio hacer,

ya sólo me quedas tú, vida,

y eres la última causa perdida

que me queda por perder.

Otro monólogo de Segismundo

Nadie vive en eso que llamamos mundo. Nos engañan los sentidos y la piel, este traje de buzo expuesto a la intemperie, que nos separa a unos de otros.

Parece que ésta es la sombra de un árbol, que aquello que suena es un río, que esto que me envenena la sangre cuando lo acaricio es tu piel. Pero uno solo vive y vive solo en este universo indivisible que hay por dentro de la cabeza.

Nadie es libre. Nos engaña la terminología y nos mentimos para consolarnos, creyendo que podemos ser de un modo o de otro, que tenemos algún poder sobre los otros, que dominamos el mundo.

Pero nadie es libre para elegir las cosas que le hieren, aunque después uno sepa adivinar que le herirán. Que puedas decir adiós no significa que alguien pueda escoger ese otro alguien de quien enamorarse. Nadie decide qué cosas le gustan ni cuáles odia, ni por qué.

Encerrados en nuestra biología, encadenados a los designios de la química fugaz, llamamos vida, amor, sueño o ternura, a ese milagro que sucede cuando, por un gesto, por una palabra, por una caricia, parecemos salir de nuestro cuerpo y ser comprendidos, entrar en otro ser humano y comprender, comprobar que por sus adentros sucede lo mismo que en los nuestros.

Si no me comprendes del todo, si crees que yo te comprendo sólo un poco y eso te turba y te hace derramarte hasta la decepción, deberías saber que no eres libre, que nadie elige lo que detesta, que se llora lo que se llora, que se presiente lo que se presiente sin razón aparente y sin necesidad de que todo tenga sentido.

No obstante, encerrados en nuestra psique y encadenados a las células, lo que sí podemos elegir es un consuelo. A mí me consuela, del milagro de entenderte sólo un poco, saber que no hay nada grande en este mundo ni en ningún otro, que no empezara siendo pequeño.

Lo malo es que ni siquiera somos libres para crecer, mucho menos para hacerlo al mismo tiempo. Sólo nos queda la palabra y este corazón defectuoso que traemos por defecto.

Aire libre

Si algo me gusta, es vivir.
Ver mi cuerpo en la calle,
hablar contigo como un camarada,
mirar escaparates
y, sobre todo, sonreír de lejos
a los árboles…

También me gustan los camiones grises
y muchísimo más los elefantes.
Besar tus pechos,
echarme en tu regazo y despeinarte,
tragar agua de mar como cerveza
amarga, espumeante.

Todo lo que sea salir
de casa, estornudar de tarde en tarde,
escupir contra el cielo de los tundras
y las medallas de los similares,
salir
de esta espaciosa y triste cárcel,
aligerar los ríos y los soles,
salir, salir al aire libre, al aire.

(Blas de Otero)

Cinco silencios (I)

Primer silencio:

«Me hubiera gustado seguir bebiendo. Haber seguido hasta beberme toda la noche», le dijo, «porque sé que, cuando salgas por esa puerta… lo sabes, ¿no?». Él asintió con la vista perdida en un recuerdo y extendió su silencio hacia el frente mientras ella continuaba diciendo «Sabes que no iré a buscarte, ¿lo sabes, verdad?».

El silencio es un emblema, una marca de final o de principio. El silencio es una coraza para los afligidos y una funda de nácar para las pistolas.

Él despegó los labios en una mueca sin sonido, musitó un par de alientos y asintió con la cabeza pero sin mover el corazón. «Hubiera seguido bebiendo», continuó ella, «porque me da pánico»… Hizo una breve pausa anticipando el porvenir, probándose el traje de las horas oscuras, para seguir diciendo… «que llegue mañana y me despierte sabiendo que no volveré a verte más».

Algo más tarde y a medias, porque nunca está todo dicho, los dos silencios se tornaron ascensor.

Segundo silencio:

Cuando cogió el teléfono y ella le fabricó con su voz una adivinanza de sonrisa diciendo que estaban «mu perdíos», él pensó que el silencio es un collar de perlas huecas.

Un collar que sólo pesa en el cuello y que aprieta la garganta, un adorno que afea, una ligadura que se enreda en las manos y que se engancha a tirones en todas las espinas del pasado.

Y no sólo lo pensó, sino que sintió ese collar alborotarse contra el suelo, romperse en un estrépito de palabras que ruedan imparables y a la deriva con tal de no desvelar nunca el círculo del que nacieron.

Porque detrás del silencio hay palabras que se acumulan, se engarzan sucesivas, se entrelazan unas con otras con un mismo hilo que se enrosca sobre el pensamiento. Palabras que se aprietan y se apelotonan en ese sitio en el que siempre se encuentra todo aquello que está a punto de perderse.

Palabras que luego salen despedidas sin orden aparente, sin otra huida que la de no volver a enhebrarse nunca, sin otro amparo que el de dejar respirar. Pero no siempre sucede la ley de la gravedad consabida y, aun después de haberse desparramado por el suelo, el silencio vuelve a hacerse collar.

Tercer silencio:

Llega a borbotones desde la lontananza. La verbena, cuando nace, es una jauría de perros que sube por las calles del pueblo picando como un enjambre de abejas.

En lo alto de la cuesta se amansa y las notas de la canción del verano son moscas que pululan en el aire. Los coches, al atravesar la noche, las entrecortan; y el viento, apoyándose en la montaña, las dobla con un eco raro, como si llegasen de un pasado que no ha ocurrido nunca.

Al final entran por la ventana ordenadas y tenues, como una fila de mariposas. El silencio es, entonces, un hombre que mira al techo, un velo que se desvela haciéndose más opaco. El silencio es una espada en la memoria que no consigue tener filo y golpea insistentemente en lugar de cortar.

El silencio es un humo que no se dispersa y sólo deja ver lo más cercano. El hombre, que se agita de letras en la cama, se levanta y deambula por la casa, hace sombra bajo la parte de la luna que le corresponde del patio y consigue escaparse de su propia jaula de teclas tarareando el estribillo de las mariposas.

Y una vez afuera de sí mismo, el hombre se escancia sobre el duermevela; y se agarra, para saberse resto de un naufragio, a ese ruido de fondo que, sinceramente, agradece. Aunque mañana se levantará con la misma duda de ayer y con unos ojos completamente pa-panamericanos.

Cinco silencios (II)

Cuarto silencio:

El silencio es un niño que busca flores secas en un jardín forastero. El silencio está en el jardín, el silencio huele en las flores secas, el silencio reverbera en la búsqueda y abre sus ojos de niño en la penumbra.

Entonces se bambolea ese lapso de blanca al final de cada respuesta. Pasa un ángel, se dice, pero lo cierto es que es el viento quien ocupa su sitio en todas las conversaciones vigiladas.

Son las manos entonces las que se despliegan en mímicas indecisas, el humo sirve de parapeto contra las palabras estudiadas, el recuerdo es un carbón al rojo vivo que hay que atravesar descalzo y entonces el mundo se detiene un instante, deshabitado pero denso, sobre la siguiente pregunta que nos pilla por sorpresa.

El silencio es una verja que se levanta para que nadie nos mire tan adentro que tengamos que salir de nosotros mismos y exponernos a la vida. El silencio es una ventana que ya no se abre, pero que nunca se cierra.

Autobuses

Aprendí una lección doméstica, sin importancia, las dos veces que estuve contigo. Siempre debes sentarte a su izquierda en los autobuses, podría rezar.

La única razón y argumento para construir esta norma se llama azar. El azar es la cabeza reclinada en una curva, y la sonrisa que se pierde mientras miras por la ventana. Una mano en la rodilla, un empujón cariñoso. Todo se genera en un mismo ritmo cíclico: izquierda-derecha, y derecha-izquierda si es recíproco o generoso. Nunca de otro modo.

Saber que siempre, en ese hueco a la derecha, hay alguien; del mismo modo que por ese hueco se terminará yendo cuando abran las puertas en su parada, o la tuya. En su parada, o la tuya, sabrás que puedes dar un beso ciego en esa dirección y encontrarte mucho más de lo que tú quieres decir tan tímidamente en el último instante. Así sucesivamente.

Nunca te sientes a su derecha, porque nada de esto habría podido ocurrir. En esa lección casi sin importancia aprendí que la vida, como los autobuses, está en constante movimiento y es una gracia haber coincidido contigo durante el trayecto.

(Iván Pichel, 2010)

La estatura interior

La estatura interior es un secreto
no sólo para quienes nos miran con sorpresa,
sino para el intruso que en nosotros
asiste a nuestra vida sorprendido.

En una ciudadela inaccesible,
cuyo trazado dicta el pensamiento,
el huésped al que damos cobijo se pregunta
de qué sustancia insólita está compuesta el alma,
hacia dónde se extiende su estatura interior.

Crecemos por crecer, nos dilatamos
más allá de nosotros, nuestros límites
nos son desconocidos, este orgullo
tiene una explicación, es un delirio
con fundamento lógico, un acorde
que suena dirigido a las alturas.

Menguamos sin porqué, nos contraemos
en la voracidad de nuestra llama,
hemos dado en decir que el mundo mágico
se rige por el plan de nuestra secta.
Es un delirio solo comparable
al insensato orgullo que nos mueve.
Parece que reptemos en la imaginación,
y si el aire nos pulsa no sonamos acordes.

La estatura interior nos circunscribe
a una especie difícil que solo se alimenta
de mezquindad y sueños. Es un lastre
y el modo en que se extienden nuestras alas.
La estatura interior nos cataloga
en el álbum severo de la zoología:
la bestia equidistante,
entre el reino animal
y el reino de los dioses.

(Carlos Marzal, Metales pesados, 2001)

Cinco silencios (y III)

Quinto silencio:

El hombre está leyendo en la cama, con la luz de la mesilla seccionando la noche en dos partes desiguales y disjuntas.

Así dispuesto, en un escorzo desaconsejado para el cuello y para la espalda, se desliza en busca de un párrafo, se precipita hacia el corazón de las palabras y cae en la cuenta.

Caer en la cuenta es aceptar que sólo se recuerda aquello que puede olvidarse. Y el hombre cae en la cuenta, se despeña, cuando revive las miles de noches que se repitió la misma escena: Una mujer dormida, perdiéndose los silencios que él escribía en la pantalla, mientras él se perdía los sueños que ella silenciosamente labraba dormida.

Se desploma en la cuenta de que aun sigue durmiendo en el mismo filo de la cama, como si al otro lado habitase la nostalgia de un fantasma bajo las sábanas, como si el espacio que estampa dos espaldas contra la noche, fuese un país deshabitado.

Confiesa entonces que aquel estricto silencio que a ella le pareció estrictamente necesario y que para él era una exageración, no era más que un modo de retintar sobre un mapa mudo la frontera que separa un mundo de otro.

Porque el silencio es la sombra de una frontera y, para aquellos que precipitadamente nos exiliamos de la infancia, el silencio es la Frontera y, en algunas noches viscosas, la única posibilidad de una isla.

Sexto silencio:

Este silencio es el de la sorpresa, ese que nadie invita. El silencio de una señorita que te hace una encuesta por teléfono, el silencio de quien se asombra de que no conozcas una página web que él visita.

Este silencio inopinado es el regalo que no te entregan, el correo que no se responde por pereza, el del buzón en el se guarecen las facturas enjauladas. Este silencio es el de las canciones que susurran un idioma que no comprendes, el silencio del viento en la cara mientras miras la noche y el humo que sella los labios.

Este silencio es el de la tarde que se endulza, poco a poco, sobre un cielo raso. El silencio de un sótano abarrotado de nadas voluminosas y adornado con aquellos algos que permanecen marchitos de tiempo y de polvo.

Este silencio difuso es también un silencio concreto, donde los otros silencios se diluyen y se mezclan hasta formar el estupor inhóspito con que uno se unta las esquinas del corazón para sobrevivir al insomnio.

Este sexto silencio es un silencio que no se cuenta, ese que recoge y deglute a bocanadas aquellos verbos que quisimos decir y no pudimos; o, lo que es peor, verbos que no supimos conjugar a tiempo y escondimos, como si todo estuviera ya dicho y ni siquiera nos quedara la palabra.

Lindo con tu silencio, en la hora fría…

Lindo con tu silencio, en la hora fría
en que todo está dicho. Palpo ciego
tu encontrado silencio. Parto y llego
de silencio a silencio, día a día.

Cierto estoy de que cierto no podría
entrar en tus murallas. Cierto niego
que haya más fuerza en mí que la que entrego
a tu silencio, duda en ti, ya mía.

Con él limito. Sé que es la frontera
de no sé qué. —Tu muda primavera
torna en dudosos vientos mis certezas—.

Y en torno sigue tu silencio, y sigo
pensando en ti y sin ti, pero contigo,
si es que mueres en él o en él empiezas.

(Rafael Guillén)

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