La vida es insomnio

La vida es insomnio, que no sueño. Se equivocaba Calderón.

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Sueños a medida

Duermo mal. Hay cosas

que si no se aprenden en la infancia,

luego nunca se hacen bien.

En esos ratos de duermevela,

como un fogonazo de esperanza,

descarrilan los trenes de la memoria

y el azar enfunda su machete.

Supongo que sueño, pero jamás

he conseguido recordar una historia.

Lo peor es que nunca puedo

conmover hacia el misterio

a quienes escucharían con gusto de mi boca

un pasaje febril, una caída,

un tormentoso episodio,

una lujuria familiar.

Pero es en ese momento, despierto,

con los ojos cerrados a la oscuridad

y atravesado por los ruidos de la noche,

cuando simulo el artificio de otra vida,

que no me vive más que por dentro

y que pugna por salir.

Me fabrico mis sueños a medida,

sueños que no podría contar

en ningún auditorio, por el pudor

que me produciría saber lo que significa

cada fotograma y, al mismo tiempo,

hacerte creer que no.

Para mentirte prefiero mil veces

el día a día, el trabajo, la sombra

de todas aquellas palabras que me dices,

esos silencios espesos que otorgan

o este hálito sutil de la poesía.

Miento mal. Sueño mal.

Hay cosas que no pueden aprenderse.

Como si supiéramos

Lugares difíciles, encrucijadas que duran dos respuestas inmediatas, callejones que acaban frente a la misma tapia con desconchones. Hay tantos de esos lugares como pájaros que anidan en las ventanas inoportunas.

Los he visto sentados en un banco, habitando labios brevemente conocidos, fumando en las terrazas de los bares o en escenas completamente horizontales por entre los pliegues de las sábanas.

Los vivimos, los creamos, nos sorprende volver repetidamente a las mismas costumbres que tanto odiamos. Secuestrados por el orgullo para no ceder ni un palmo de un terreno que nunca tuvimos, la vida se complica con una crueldad que se sujeta por la fuerza de la viga en el ojo propio.

Tan complejos como los lugares por los que pasamos mientras esperamos eso que nunca llega, hemos aprendido a tener a mano un «no» y una lágrima, una risa, un espanto, una mirada furtiva, el refrán apropiado, la palabra precisa y un miedo largamente elaborado.

Y con esas herramientas en el bolsillo, en tanto vamos aprendiendo a alinear las encrucijadas que pisamos, disimulamos nuestra locura tarareando la melodía de la canción, como si no estuviéramos locos, como si supiéramos lo que queremos y lo que no.

Conversación en la isla

—Escribir un poema es intentar desatarse,
adivinar en qué mano está la moneda
—dije yo—. Tú mirabas
el sol igual que un fuego encima de la isla
y yo dije: —La poesía empieza
cuando ya has olvidado qué es lo que te asustaba
pero aún tienes miedo.
Yo veía
las torres blancas. Tú dijiste: —Es raro,
nos gustaría huir
pero nadie nos sigue.

Junto al agua,
partiendo nuestras vidas,
cortándonos las manos al coger los cristales,
tú dijiste: —La poesía es todo
lo que hay entre un disparo y el animal herido.
Parecías
tan lejos, tan a salvo
de ti y de mí;
distinta igual que siempre,
rota y vuelta a armar de una manera nueva.

El sol se fue. La noche
se acercaba y yo dije: —¿Recuerdas que jugábamos
a poner nuestros años
al lado de la Historia? Por ejemplo:
aprobaste Latín y Armstrong llegó a la luna…
Y tú dijiste: —El fuego
de los días,
la suma
de las horas,
las letras de «Armstrong llegó a la luna»…
Estábamos tan solos,
tan cansados,
como perros perdidos en medio de la lluvia,
como hombres mirando la noche desde una casa vacía.

Vi las últimas luces de la costa y el cielo
extraño encima de la playa. —A veces
—dije— no hay más que eso
y algún sitio donde ir pero ningún sitio donde quedarte
y palabras que son las piezas del abismo
y recuerdos igual que disparos en una diana.

Luego llegó la luz, el ruido azul
de la mañana,
mientras tú decías:
—Te di mi corazón y quisiste mis sueños,
te di mis sueños pero quisiste mi esperanza.
y yo dije: —Sí, es eso. Eso es todo:
una sola mujer y un millón de maneras de perderla.
Me miraste. Dijiste: —¿Y después? Y yo dije:
—Nada. Después no hay nada.
Después de eso
tenemos que estar juntos para siempre.

Nos quedamos callados,
junto al agua,
mientras la luz rompía el orden de la noche,
mientras el mar se estrellaba contra los nombres de las ciudades.
Mirando el sol sobre las torres blancas.
Cada uno observando su corazón moverse
lo mismo que un pez rojo en la oscuridad de un río.

La sombra de las torres se parecía a mi vida.

Cada uno protegido por su propio dolor,
como ángeles mirando una tormenta desde el fondo del cielo.

(Benjamín Prado, Todos nosotros, 1998)

Los pensamientos son nutritivos

Del mismo modo que en una alimentación equilibrada hay que comer de todo en su justa medida, las ideas que nos rondan la cabeza deben tener un equilibrio. La dieta debe ser variada, consumiendo preferentemente ideas frescas y de temporada.

La pirámide nutricional es una representación gráfica de la importancia que deben tener las diferentes clases de pensamientos en nuestra alimentación, según el tamaño relativo que ocupan en la pirámide.

De este modo, en la base, se incluyen los pensamientos positivos, que deben ser diarios y abundantes. Entre otros, a modo de ejemplo, los «yo puedo hacer esto», los «qué suerte que tengo» y la búsqueda de los aspectos que nos gustan de lo que estamos haciendo en cada momento, son fundamentales para una nutrición sana.

En un segundo nivel tenemos los pensamientos que nos aportan las proteínas de la interacción. Placeres cotidianos de conversaciones agradables, momentos que hay que dedicar a uno mismo, sólo o alrededor de los seres queridos, pensamientos amables con respecto a los que nos rodean o, simplemente, aquellos que resaltan los aspectos positivos de los acontecimientos que nos depara el día a día.

En el siguiente nivel están situadas los pensamientos lácteos y sus derivados. Reflexiones sobre la propia acción, descubrimiento de errores que susbsanar o de aciertos que repetir, recuerdos agradables que nos llegan en momentos de tranquilidad. También, aunque con menor frecuencia, podemos depurar problemas que los otros nos cuentan una vez pasados por el tamiz de nuestras propias circunstancias.

Y en el pico de la pirámide se encuentran los dulces, los sueños, la recreación de escenarios felices en los que estuvimos. La proyección de nuestros deseos, desde los más insignificantes y sencillos, hasta las grandes ideas sobre las que construir el futuro y tomar decisiones.

Los consejos que yo daría para una dieta equilibrada, son seis:

1. No tomar pensamientos carnales más de una vez al día, alternar con pollo o pavo. Es preferible incrementar los pensamientos sensuales. Evitar en lo posible frases hechas y tópicos. De retos, lo más aconsejable son de 2 a 3 semanales, en función de nuestro estado de ánimo.

2. Disminuir el consumo de pensamientos lácteos grasos y descremarlos a base de cocinarlos con un autoconcepto eminentemente positivo, pero no demasiado egocéntrico.

3. Utilizar las certidumbres con precaución, un máximo de tres veces por semana. No utilizar siempre de la misma, sino ir variando cíclicamente.

4. Los pensamientos superficiales y frescos, las primeras impresiones y las expresiones de afecto deben ser muy abundantes. El error que se comete comúnmente es el de tomarlos solos y por eso pueden parecer poco alimenticios. Sin embargo, bien combinados con pensamientos profundos, con interacciones cotidianas o con resoluciones de problemas producen una agradable sensación de complicidad que proporciona un extra de energía sin sobrecargar el sistema.

5. No abusar de los dulces ni de los finales felices, ni de la ingenuidad de esperar que sean los pensamientos positivos de los otros quienes nos alimenten. No obstante, cabe decir que no es pernicioso, con la frecuencia adecuada, dejarse llevar por pensamientos sensuales y eróticos, que proporcionen ganas de vivir y alegría compartida. Lo que no es conveniente es sobrevalorar su aportación nutricional. Efectivamente, aportan mucha energía, pero energía que se gasta rápidamente.

6. La sal de las lágrimas, las especies que nos dan las pesadillas, los «si yo hubiera» o los pensamientos autocompasivos, son necesarios para una dieta saludable. Pero nunca deben tomarse como plato único. Se deben usar para proporcionar sabor con el que aderezar los otros pensamientos útiles. Sólo para eso. Si se abusa de ellos, puede que nos ocasionen subidas de tensión o tristeza acumulativa que puede acabar con cortar la circulación correcta del resto de los pensamientos que ingeramos.

¿Qué he hecho yo para no merecer esto?

Me despierto hambriento, después de no recordar lo que he soñado por la noche. Entonces, acecho al reloj escondido debajo de la almohada para no dejarlo saltar.

No hay café, no hay leche, no hay taza. Me levanto sin poder desayunar, sin poder tampoco hacer el desayuno, echando en falta el café que esperaba tomar. Pero no vendrá y no es extraño, es lo que siempre pasa.

El caso es que tengo la despensa llena, pero de telarañas. Nada puedo comer a media mañana, ni siquiera una cerveza para el aperitivo. Ni una tapa.

El frigorífico está completamente vacío. Ya no quedan en él ni siquiera palabras. Se me queda cerrado, herméticamente lejano, envuelto en el murmullo de un runrún doloroso, y nos da por discutir. Él se queja de que no lo abrí, yo de que no quiso abrirse, y a ninguno de los dos se nos ocurre volver a tirar del asa de la puerta.

A la hora de la comida, nada que llevarse a la boca. En la sobremesa, ni siquiera puedo comer noticias. Para la merienda, a veces unas migas. En la cena, toca acostarse sin postre, como un niño que ha sido malo y está castigado por sus padres.

En el congelador tengo un sinfín de cosas, una vida deseando calentarse y derretirse en otra piel. Tengo años de cosas envueltas y ordenadas por fechas, comidas hechas diario… Pero todas pican. Por más que se intenta colocarlas con alegría y poner en ellas algo propio, algo sincero… Todas pican o se estropean con el frío… y siempre se está a un tris de colocar lo que hayan cocinado otros o de no meter nada más.

No sé, quizás es que me puede el apetito, quizás me doblega la rabia del estómago vacío cuando sé que los otros cualquiera tienen libre acceso a la despensa y se les abre de par en par el frigorífico. Envidia, celos, gula, todo junto…

De tanto en tanto, cuando llega la noche y me acuesto hambriento y el hueco del estómago no me deja soñar ni me tranquiliza las mariposas, de tanto en tanto me pregunto que qué he hecho yo para no merecer esto.

Y sé que no he hecho nada, nada, que he hecho justamente todo lo contrario. Trasladarme de desierto, aceptar la limosna de los sueños imposibles, convertir migajas en manjares y empeñarme en ellos porque los horarios no dan para banquetes, transformar en síes las miradas atrás de quien sale huyendo… Tengo, en fin, hay que reconocerlo, lo que merezco.

Paso por delante de las tiendas, me gusta mirar escaparates, como a todo el mundo, y entiendo que lo que tengo que hacer para no merecer esto es salir a comprar con una lista en la mano. Pero me resisto, no puedo, porque lo que quiero comprar, y ya he preguntado varias veces, no está en venta.

Aunque, lo peor, lo que verdaderamente me tiene jodido, es que, aunque sigo colocando en este congelador todo lo que me atrevo a decir de lo que siento, hay quien sólo ve cuchillos en mi apetito.

Y ya sabes que no soy malo, ¿qué otro daño puedo hacernos sino el de volver a merecer lo que ya tengo?

Pasa el lunes…

Pasa el lunes y pasa el martes
y pasa el miércoles y el jueves y el viernes
y el sábado y el domingo,
y otra vez el lunes y el martes
y la gotera de los días sobre la cama donde se quiere
dormir,
la estúpida gota del tiempo cayendo sobre el corazón
aturdido,
la vida pasando como estas palabras.
lunes, martes, miércoles,
enero, febrero, diciembre, otro año, otro año, otra vida.
La vida yéndose sin sentido, entre la borrachera y la conciencia,
entre la lujuria y el remordimiento y el cansancio.

Encontrarse, de pronto, con las manos vacías,
con el corazón vacío,
con la memoria como una ventana hacia la obscuridad,
y preguntarse: ¿qué hice?, ¿qué fui?, ¿en donde estuve?
Sombra perdida entre las sombras,
¿cómo recuperarte, rehacerte, vida?

Nadie puede vivir de cara a la verdad
sin caer enfermo o dolerse hasta los huesos.
Porque la verdad es que somos débiles y miserables
y necesitamos amar, ampararnos, esperar, creer y
afirmar.
No podemos vivir a la intemperie
en el solo minuto que nos es dado.
¡Qué hermosa palabra «Dios», larga
y útil al miedo, salvadora!
Aprendemos a cerrar los labios del corazón
cuando quiera decirla,
y enseñémosle a vivir en su sangre,
a revolcarse en su sangre limitada.

No hay más que esta ternura que siento hacia ti,
engañado,
porque algún día vas a abrir los ojos
y mirarás tus ojos cerrados para siempre.
no hay más que esta ternura de mí mismo
que estoy abierto como un árbol,
plantado como un árbol, recorriéndolo todo.

He aquí la verdad: hacer las máscaras,
recitar las voces, elaborar los sueños,
Ponerse el rostro del enamorado,
la cara del que sufre,
la faz del que sonríe,
el día lunes, y el martes, y el mes de marzo
y el año de la solidaridad humana,
y comer a las horas lo mejor que se pueda,
y dormir y ayuntar,
y seguirse entrenando ocultamente para el evento final
del que no habrá testigos.

(Jaime Sabines)

Sólo mis sueños crecen conmigo

En las fotografías que miro de un tiempo que ha dejado de ser tiempo para transformarse en una sensación, puedo palpar la verdad de los kilos, levantar acta de una historia de cabellos blancos y deshacer el enigma de los sitios.

Parece que soy yo quien cambia, pero lo cierto es que la vida cambia alrededor envejeciendo las pieles que acaricio, arrugando los labios que beso, deformando el pozo de los pechos a los que me asomo, destintando los cabellos en los que pierdo estas manos que ya no reciben como entonces la química del amor en los parques solitarios.

Sólo el insomnio permanece. La inconsciencia se ha vuelto decrepitud y nostalgia, los amigos son cada vez más tiernos que su recuerdo. No soy yo el que cambia, son ellos, es la vida la que cambia a mi alrededor como un torbellino que me arrastra hacia el acto final sin testigos.

Todo mengua lentamente: el espíritu, la rabia, la importancia de las cosas que se disuelve en el paso de los días rutinarios. La esperanza hace aguas, el tumulto se aclimata a unas pocas tardes de abril que me llegan en desbandada, como si huyeran hacia adelante.

Me falta aire, el espacio se me agota. Sólo mis sueños crecen conmigo cuando te metes en ellos no sé por qué resquicio, pero del resto del mundo todo me falta —la memoria, el presente, el desconcierto—, y todo me queda estrecho como un abrigo heredado a destiempo.

Parece que soy yo quien cambia, pero es la vida la que cambia a mi alrededor apretándome sobre mí mismo. Sólo mis sueños crecen conmigo, supongo que porque ocupan el lado de la cama en que no estás.

La ausencia

Cuando el amor se va,
parece que se inmensa.

¡Cómo le aumenta el alma
a la carne la pena!

Cuando se pone el sol
lo ahondan las estrellas.

(Juan Ramón Jiménez, Canción, 1936)

La suerte de esperar

Ha sido duro el invierno. El jardín apenas resistió los hielos, la falta de agua, el calor inesperado. La planta se había secado.

Quizás debí tomar medidas, protegerla de la intemperie, arroparla en las noches de frío siberiano y estar más atento a su riego. Siempre me pasa lo mismo, me dedico a lamentar lo que no hice y a buscar un motivo para la desidia.

Suelo encontrarlo. Porque quiero creer que todo tiene su tiempo, sus recursos, su propia manera de afrontar el azar de la meteorología. Porque cuando me precipito, todo sale al revés. Porque no sé todo lo que aparento saber, lo que los demás me hacen creer que sé. Porque aquello que no sobrevive al invierno, no merece disfrutar de la primavera.

Así que pensé cortarla de raíz. Pero… ¿qué poner en su lugar? Bueno, mientras lo pensaba, decidí esperar, dejarlo todo como estaba.

Largo tiempo el de la espera sin esperanza, el de retrasar la desesperación. Pero… ¿qué poner en su lugar? Tanto tiempo conmigo, tanto tiempo conmigo que ahora ¿cómo sustituirla? Las mismas dudas que mueven el mundo, también lo paran.

Y resignado a decidir, quise ver la planta por última vez, casi como despedida, cuando advertí por entre los claroscuros de la tarde, un cierto color verde en sus ramas. ¿Verde? Sí, estaba brotando por lugares señalados de su tronco seco.

Entonces me acordé de eso que me dijiste, no sé si con envidia, unas tardes después de los truenos: «Te sale bien esperar. Se ve que tienes suerte». Aunque no dijiste nada de lo que me cuesta.

Puedo ser un hombre con suerte, con la suerte de esperar, quizás tengas razón. Pero —porque el ser humano es incomprensible e incoherente—, quizás, precisamente a mí, que tengo la suerte de esperar, es a quien más le gustaría saborear la otra suerte, la de tener todo, eso que espero tanto, ya.

O, tal vez, la mala suerte de dejarlo todo intacto.

Keeping things whole

In a field
I am the absence
of field.
This is
always the case.
Wherever I am
I am what is missing.

When I walk
I part the air
and always
the air moves in
to fill the spaces
where my body’s been.

We all have reasons
for moving.
I move
to keep things whole.

(Mark Strand, Selected poems, 1979)

Los tiempos mejores

Vendrán tiempos mejores.

Del mismo modo que a cada calma

le antecede una tormenta,

sé que vendrán tiempos mejores.

Después de cada lluvia,

vienen días de cielo raso.

Después de cada invierno,

siempre llega alguna primavera.

Yo, que soy de naturaleza esperante,

sigo buscando ese momento perfecto

cuando, más allá del segundo acto,

hasta las hierbas de los cementerios

se llenan de flores y el camino

empieza a ser cuesta abajo.

Pero te recuerdo, aún sabiendo que tú

podrías rociarme con un espejo

que me volviese todo en contra,

que ésta es la lluvia que esperábamos

en mitad de aquel desierto,

que después del laberinto del invierno,

este mayo es el que tanto soñamos.

Vendrán tiempos mejores, se supone.

Pero esta palabra es, ahora,

la que rompe un silencio,

la que anuncia el siguiente

cuando sabemos que esta es la lluvia

y que toca mojarse.

Lluvia

hoy llueve mucho, mucho,
y pareciera que están lavando el mundo
mi vecino de al lado mira la lluvia
y piensa escribir una carta de amor/
una carta a la mujer que vive con él
y le cocina y le lava la ropa y hace el amor con él
y se parece a su sombra/
mi vecino nunca le dice palabras de amor a la
mujer/
entra a la casa por la ventana y no por la puerta/
por una puerta se entra a muchos sitios/
al trabajo, al cuartel, a la cárcel,
a todos los edificios del mundo/ pero no al mundo/
ni a una mujer/ni al alma/
es decir/a ese cajón o nave o lluvia que llamamos así/
como hoy/que llueve mucho/
y me cuesta escribir la palabra amor/
porque el amor es una cosa y la palabra amor es otra cosa/
y sólo el alma sabe dónde las dos se encuentran/
y cuándo/y cómo/
pero el alma qué puede explicar/
por eso mi vecino tiene tormentas en la boca/
palabras que naufragan/
palabras que no saben que hay sol porque nacen y
mueren la misma noche en que amó/
y dejan cartas en el pensamiento que él nunca
escribirá/
como el silencio que hay entre dos rosas/
o como yo/que escribo palabras para volver
a mi vecino que mira la lluvia/
a la lluvia/
a mi corazón desterrado/

(Juan Gelman, Eso, 1983—84)

Devuélveme el color

Me devuelve la memoria aquellos rostros como una instancia fuera de plazo. Con ese olor a papel viejo, a tinta oxidada por la intemperie de los días deshojados.

Todo me llega con un ocre que embadurna los paisajes. Como en una vieja película de Hitchcock, la memoria colorea aquellos rostros en blanco y negro, con una historia que ahora parece ilimitada y que, en tanto que recordada, no pudo ser la verdadera.

Tú y yo deformamos con texturas diferentes el pasado, distintos tonos de esa misma melodía que silbamos las noches de luna llena, que suena tan irreconciliable en tus labios que dudo si pudo ser alguna vez que estuvieran paseándose largamente por entre los míos.

La memoria nunca devuelve intacto lo vivido, lo plancha, lo limpia, lo desangra. No estaría mal si también consiguiera hacerme olvidar que éste que aquí se lamenta de todos los finales repetidos, éste yo, precisamente éste, que carga en la espalda una maleta de lluvia desperdiciada, no soy más que otro de sus errores favorecidos.

Pero tú, que lo viviste conmigo, devuélveme el calor de aquellos sueños, tráeme una luz que borre todas las sombras y una mano que me guie a través de este túnel sobre el que empieza a caer silenciosamente la claridad de lo perdido.

Y devuélveme el color, ese color que tiene la vida vista desde tus ojos cuando nos abrazamos un instante.

Por si luego no puedo

Voy a pronunciar «amor»,

por si luego no puedo, por si luego

una ceniza se me atraganta,

por si luego

la lengua se me llena de espinas

y se me parte en demonios.

Voy a pronunciar «vida»,

muchas veces, por si luego no puedo,

por si luego el corazón se me estriñe y los días

me pasan por encima como losas de marfil

o la memoria se me pierde en un instante

que no pudo ser el verdadero.

Voy a pronunciar «siempre»,

aun sabiendo que no llegara el día,

por si luego no puedo, por si luego

no es luego sino nunca,

por si luego

todo lo que quede de mí sea una mentira

tendida a la intemperie.

Voy a pronunciar «ven conmigo»,

en voz alta, muchas veces,

por si luego no puedo encontrar una llamada

que escuchar desde tus labios.

Y voy a pronunciar «lágrima»,

por si luego no sé, por si luego

la lluvia de sal me inunda

y sigo sin saber nada

de todo lo que dices que sé.

Poema doble del lago edem

…Quiero llorar porque me da la gana
como lloran los niños del último banco,
porque yo no soy un hombre, ni un poeta, ni una hoja,
pero sí un pulso herido que sonda las cosas del otro lado.

Quiero llorar diciendo mi nombre,
rosa, niño y abeto a la orilla de este lago,
para decir mi verdad de hombre de sangre
matando en mí la burla y la sugestión del vocablo…

(Federico García Lorca, Poeta en Nueva York)

Si las paredes hablaran

He borrado las señales evidentes, los errores plasmados, la vida escrita a desconchones sobre la pared. Se han ido también las huellas de todos los roces, las marcas verticales del tránsito cotidiano, los agujeros equivocados que tapaban los cuadros.

He pintado de blanco el pasado, tapando con pintura todas las historias contenidas en el polvo, cambiando de tono la luz que entra por la ventana. He estirado los brazos hasta que no ha quedado nada por alcanzar, porque pintar es escribir sobre lo escrito, combinar el pasado con un instante nuevecito y reluciente.

Tienen memoria la vida, el corazón y el papel. Todo les deja marca y por eso es imborrable lo que en ellos he escrito. Pero el yeso no, y yo ando pintando paredes blancas, llenando el suelo de estrellas enanas que llevan en sus entrañas un universo plano.

Y si tengo el corazón vacío y la vida baldía y el papel en blanco, si vivo encerrado entre estas cuatro paredes que cambian de color lentamente por el roce de mi mano, nada tengo que temer de la memoria del ladrillo. Si las paredes hablaran, las mías se taparían los oídos, como me los tapo yo para seguir vivo.

Si las paredes hablaran, estas cuatro paredes mías no sabrían qué más decirte.

El retorno

Las paredes tienen oídos,
vientre y sangre.
Pero que no lo sepa el aire,
que lo ignoren el invierno
y el vendedor de esponjas;
que no se enteren mis fotografías que hablan;
que mi amor, oh montañas, oh cielos,
no levante su voz como raíz dulcísima.

Las paredes tienen oídos,
dientes, venas.
Pero que yo nunca, fumando,
diga su breve nombre de madera.
Que yo nunca sonriendo, pronuncie
su verdad: la cálida verdad.

Porque las paredes, como los sótanos,
tienen grandes oídos de herrumbre y frío,
desesperanza y pavor,
desconsuelo y locura.

Que yo nunca, en voz baja,
diga que he vuelto a amar.

(Efraín Huerta, La rosa primitiva, 1950)

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