La vida es insomnio

La vida es insomnio, que no sueño. Se equivocaba Calderón.

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Pobreza

La luz de la lámpara ensordecida

en aquella noche sin ventanas

o el tumulto de un roce.

Las palabras, que vuelven o se escapan,

de tantas veces como estuvieron dichas.

Las lágrimas y las risas, el cuarto

del incendio, la nieve que chorreaba

en la tarde blanquecina de marzo,

algunos besos llenos de frío,

el olor a carne recién amada

y el desencanto posterior.

La parte del color del trigo

que todavía tengo clavada,

las noches de insomnio, la soledad

que se va haciendo madrugada

para que todo siempre llegue tarde.

Unos cuantos litros respirados de aire

en las proximidades de los besos,

las manos que se buscan, los ojos

que traen un sueño y el sueño

que los cierra en la lejanía,

diversos números de teléfonos que comunican

y tu aroma a melancolía.

Todo lo que he sido, todo lo que soy,

está en eso que ya no es mío:

esa es mi gran pobreza,

el desahucio a que nos somete la vida.

Aunque más pobreza la de aquel que pueda

vivir sin necesitar algún olvido

que echarse a la memoria.

De la nostalgia

Recuerdo solamente que he olvidado el acento de las más amadas voces,
y que perdí para siempre el olor de las frutas de la infancia,
el sabor exacto del durazno,
el aleteo del aire frío entre los pinos,
el entusiasmo al descubrir una nuez que ha caído del nogal.
Sortilegios de otro día, que ahora son apenas letanía incolora,
vana convocatoria que no me trae el asombro de ver un colibrí entre mi cuarto,
como muchas madrugadas de mi infancia.
¿Cómo recuperar ciertas caricias y los más esenciales abrazos?
¿Cómo revivir la más cierta penumbra, iluminada apenas con la luz de los Beatles,
y cómo hacer que llueva la misma lluvia que veía caer a los trece años?
¿Cómo tornar al éxtasis de sol, a la luz ebria de mis siete años,
al sabor maduro de la mora,
a todo aquel territorio desconocido por la muerte,
a esa palpitante luz de la pureza,
a todo esto que soy yo y que ya no es mío?

(Darío Jaramillo Agudelo, Poemas de amor, 1986)

Apostar al llanto

En la puerta de la pizzería más famosa, yo fumaba, con ese rito ya impenitente que me permite salirme de los otros.

Una niña intentaba entrar, apenas tres años, mientras que la otra, de la misma edad más o menos, la retenía.

—No puedes entrar sola. Las niñas pequeñas no pueden entrar sin una mamá —decía una, con voz de pito y gesto adulto.

—¿Por qué? —replicaba la otra.

—Porque si dentro hay otra mamá que se parece a tu mamá y te crees que es tu mamá entonces se forma un lío de mamás y acabas llorando.

—¡Tú si que te estás haciendo un lío! —dijo con mucho retintín—. ¡Cómo si yo no conociera a mi mamá!

Y dicho esto, entró. Dio una vuelta por las mesas y, al girarse, a través del gran cristal, vio a su madre que estaba afuera, en la acera, a unos pocos metros de mí.

Salió corriendo del local, se abalanzó sobre ella y dijo llorando:

—Mamá, mamá. ¡La prima dice que no te conozco!

La madre se agachó y la consoló con alguna frase. La niña volvió más calmada a donde estaba su prima, que la recibió diciendo:

—¿Ves como si entrabas sola ibas a acabar llorando?

Y es que apostar al llanto, es una estrategia segura, porque tarde o temprano siempre se acaba ganando. Pero tú y yo tenemos que seguir apostando a la alegría, aunque de tanto en tanto la perdamos.

Qué le vamos a hacer

Y ahora,
con el alma vacía como tantas
veces,
contemplo el lento paso de los días
que me empujan no sé hacia qué destino
oscuro, presentido
ya sin curiosidad. Es aburrido
saber y no saber, equivocarse
y acertar. También estar seguro
es tan insoportable en muchos casos
como dudar, como ceder, como desmoronarse.

Seguro, a salvo, ahora
que ya pasó el dolor,
observo la zozobra lo mismo que una estela
fundida a mis espaldas
con el espeso limo
de los sucesos cotidianos, dados
—antes de ser recuerdos— al olvido.
La indiferencia ante la propia suerte
no es mejor compañera que la angustia,
ni mi sonrisa
(cuando el azar nos pone,
viejo amor,
frente a frente)
representa otra cosa que la ausencia
de algún gesto más justo
para significar la seca, dolorosa,
irreparable pérdida del llanto.

(Ángel González, Tratado de urbanismo, 1967)

Nostalgia de peso

Siento nostalgia de tu peso,
del modo tan particular que tiene
el amor de encaramarse a las sillas,
de ese raro momento en que coincide
la sinuosa geometría de dos cuerpos
abrazando una misma gravedad.

Es curioso que la nostalgia se me acumule
en los brazos abiertos, en los muslos exentos
de ese peso justo que me sujeta a la tierra,
en el hueco desolado que noto en el pecho.

Dirás, con esa niebla
con que miras la vida,
que el amor no se enroca en los cajones,
que las ausencias rotas
no viven en las sillas.

Seguramente tendrías razón si lo dijeras
como lo dices todo, mansamente,
como quien alumbra el fondo de la celda
en la que se desespera de oscuridad;
tal vez tuvieras razón y se pueda
tener una vida corriente entre las manos
sin otra cosa que llevarse a los muslos
que el recuerdo de un peso
sostenido a favor y en contra
de la ley de la realidad.

GPS

Tengo el gps estropeado, lo noto. A veces no sé dónde estoy ni cómo he venido a parar aquí. Y no sé si tengo que hacer la rotonda o tomar el cruce.

Supongo, no lo sé, que a todo el mundo le habrá pasado lo mismo alguna vez, que se estropea el gps que llevamos de fábrica incrustado en el corazón. Lamentablemente, soy un modelo antiguo y ya no cabe garantía que reclamar. Así que tendré que comprarme alguno.

Envidio a aquellos que les funciona perfectamente, esos que siempre saben qué camino tienen que tomar, los que no dudan de su trayecto y nunca miran atrás para ver si se equivocaron en alguna glorieta. Los envidio cuando los veo andar con paso firme, aunque dejo de envidiarlos si los veo llegar a sitios en los que yo no quiero estar.

Quizás sean los satélites, que se han alineado mal. Los vientos estelares, las manchas solares o algún efecto extraño de la gravedad cuando pasamos por mitad de un huracán. Quizás vaya por épocas o por instantes.

O tal vez resulte que también tengas el tuyo apagado, porque el caso es que no te encuentro por ningún lado. Y mira que te busco.

Pero no oigo las voces que me digan «tome la salida 47 dentro de quinientos metros», «siga recto», «pase la rotonda», «cruce a la izquierda». No veo tu icono brillando en el mapa, parpadeando como un sueño que late siempre a la misma velocidad.

Y es que tengo el gps estropeado y a veces te siento tan cerca y otras veces ¡tan lejos!… Incluso hay momentos en que te siento las dos cosas a la vez.

Me da pena quitarme el antiguo, porque, bueno, ya ves, hasta aquí me ha traído. Quizás mi gps tenga arreglo y se ponga a funcionar bien si le das un par de besos. De esos, de los que lo aclaran todo y convierten la meta en el viaje.

¡Ay! No sé. Hasta es posible que, el que esté estropeado, el que no tenga arreglo ni quiera tenerlo, sea yo.

El camino

Es el camino de la muerte.
Es el camino de la vida…

En la frescura de las rosas
ve reparando. Y en las lindas
adolescentes. Y en los suaves
aromas de las tardes tibias.

Abraza los talles esbeltos
y besa las caras bonitas.

De los sabores y colores
gusta. Y de la embriaguez divina.
Escucha las músicas dulces.

Goza de la melancolía
de no saber, de no creer, de
soñar un poco. Ama y olvida,
y atrás no mires. Y no creas
que tiene raíces la dicha.
No habrás llegado hasta que todo
lo hayas perdido. Ve, camina…
Es el camino de la muerte.
Es el camino de la vida.

(Manuel Machado)

Mujer con abrigo

Como siempre pasa, lo importante es lo que sucede por dentro, lejos de las miradas de los testigos, aquello que se diluye o se agita en el corazón.

La misma mujer, no sé si el mismo abrigo de tres años atrás. No parecía por el envoltorio cotidiano que cupiese dentro tanta imaginación, tanta piel, tanto encanto. Nada hacía sospechar que su reticencia a los labios era sólo el lazo con el que terminar de adorar el regalo.

No nevaba, el sol aún se defendía del horizonte y apareció como por arte de magia. Cuando, después de la maniobra se acercó de puntillas y me dijo «puedes desenvolver tu regalo», yo no podía imaginar cuánto rojo, cuánto blanco, cuánto sueño descalzo delante de mis ojos.

¡Qué suerte la de los regalos! Recibirlos por la sorpresa, mirarlos con ojos de plato, besarlos contra otros labios blandos, lamerlos para golosina o enfundárselos como un guante de piel que acaricia por dentro cada vez que tocas el cielo.

El mismo abrigo, no sé si la misma mujer de hace tres años. Un abrigo que sirvió de puerta, de lazo, de suelo y de escenario para la obra. Pocas palabras cada doce segundos, ni humo, ni nieve, ni frío. Pero su faros como dos ojos abriendo y cerrando el mundo para los míos.

Cuando me dio el alto, cuando se quitó el abrigo para volvérselo a poner, cuando sonrío al patio con pasos cortos hacia la tarde siguiendo su camino, me dejó con mi precioso regalo deshilachando en palabras la memoria con la que escribo.

Tres años de distancia separan los dos abrigos. Ni era la misma mujer, ni la misma prenda, ni siquiera yo tampoco era el mismo. Sólo permanecen aquellos corazones antiguos y un hilo que los une y que, de tanto en tanto, se retuerce sin romperse.

Regalo y presente, envueltos en una mujer con abrigo. Pero no voy a mencionar, porque a nadie le incumbe, si el color del abrigo sigue siendo el mismo que el de la melancolía.

MUJER CON ABRIGO

El humo estático de una chimenea se deshilacha en algodón sobre la montaña.
Las motas blancas atraviesan un cielo gris que se deshace en frío. En un frío silencioso que interrumpe todas las conversaciones, frío de testigos que juegan a palpar sueños de madera, frío de piernas juntas y palabras intermitentes.
Por detrás de la nieve, se desliza una mujer con abrigo y la habitación se torna blanda y apartada del mundo. Faros son sus ojos, porque atraen y avisan, porque miran de fuera adentro cada doce segundos.
Migas de cielo se desparraman por el patio, como si quisieran las nubes dejar un rastro efímero. Mosquitos blancos que pululan el frío, este frío asimétrico de cristales entornados, patios vacíos y maderas yertas.
Ráfagas de palabras abiertas que alimentan otros sentidos en cada doce segundos de poesía, vuelven a conducir al desorden del principio, mientras el tiempo se agota, se va agotando lentamente y no se rompe este frío.
La mujer nieva afuera con pasos cortos, cruzando el patio de mosquitos, con sus faros como dos ojos, pero deshecha ahora del peso del abrigo.
Mientras cruza el humo testigo desde la montaña, me deshilacha en renglones las palabras con las que escribo.

(Otro mundo, Otra vida, Otro sueño de enero)

Sábado

Algunas tardes me siento extraño en mis propios ojos, mirando como el amor siempre sucede en el pasado.

Me quedo quieto, pájaro derribado por la tormenta, en esa calma intranquila de las esperas cuando los pasos de nunca suenan idénticos a los de ayer.

La piel se enfría a bocanadas conforme la tarde pasa despiadada y metódica dejando un invisible rastro de desorden, por donde se confunde la frágil ausencia de quien no termina de llegar con la inmediatez de quien nunca acaba de irse.

Aprendo entonces que el amor siempre es un invento de otros con sus metáforas indecisas y su miedo, ese miedo que no se crea ni se destruye, sino que se transforma en un silencio, allá, en los alrededores de un cuerpo que se consume deshabitado en el lado derecho de otra vida.

Niebla

Sirenas de los barcos en el gris
creciente de la niebla. Se oyen a lo lejos,
atraviesan el aire húmedo de noviembre
mientras la nube avanza a ras de suelo,
cubre los edificios y los parques
extendiendo la sombra de un falso anochecer.
Como el barco perdido entre la niebla
se adentra la memoria en los dominios
de un mar borrado,
envía sus mensajes y pregunta`
por rostros que se fueron,
por nombres confundidos en los márgenes
del tiempo y de la muerte.
Y no sabe si inventa su pasado.

(Antonio Jiménez Millán, Clandestinidad, 2010)

El otro kilómetro cero

La carretera y el filo del asiento van llenando de plomo la cabeza, de borrachera de asfalto, con duermevela de reflejos y un esguince de sueño mal vendado. Plata en los arcenes, obras de luces amarillas y un sol que va hundiéndose hacia la derecha del paisaje inquieto.

El hilo blanco empieza a confundirse con el negro y los brillantes emparejados, que se suceden infinitos, vuelven ácido el trayecto. ¿Fueron las luces cuadradas de plasma o el lento caminar de los kilómetros por la memoria? Me deprime leer el mundo por pantallas, porque es como tararear canciones tristes y desgarradas.

Dos horas antes de llegar, leí que ya estaba en casa, ya sabía que no me había ido a ninguna parte. Un nuevo engaño de los parabrisas, apariencias que no se desgastan con la ausencia. Con el vertiginoso transcurrir de las viñas y por el peso de la propia alma, los pies dejan de sentirse y la espalda registra minuciosamente cada paso robado a la distancia.

Me deprime leer el mundo por pantallas, mirar a cuadros las voces que dictan amarguras y dejar que vayan resbalando por los dedos, con impaciencia transitoria, hacia el devenir hipnótico de las curvas venideras. Hablar en el entretanto, reír para que no quede ni huella de lo impactado, escuchar al locutor de cada radio que va empecinándose en subvertir el horario previsto.

Después del intercambio de volantes, cerrar los ojos y viajar más deprisa, posar la cabeza en la frialdad del cristal que separa el mundo de la línea de un mapa. Dejar entonces la mente en blanco rectangular, permitir que siga siendo redonda y negra la noche.

En la llave que gira solitaria, en los dedos que palpan el estómago de las bombillas, se acaba el paréntesis del mundo. Y vuelve la vida a deshacerse en desorden de esperas, en revoluciones de letras, en desbarajuste de vajillas y en ropa sucia que cae ahíta de mi cuerpo hacia el cesto que señala el más indiscutible kilómetro cero de mi vida.

Por si noto que me faltas

Por si noto que se van borrando las huellas

y el hilo se transparenta con la luz envenenada

de los días pretéritos,

que no se me acabe la saliva.

Quiero permanecer en este sube y baja

que nos ofrece el tiempo de ascensores en el estómago,

cuando las pieles eléctricas alternan

minutos de neón y sombra de velas.

Por si notas en tus costados

que mis manos ya no revolotean la pendiente,

por si sientes que tu pecho no tiembla de alboroto

con la mosca insistente de mis labios

y que no vienen soplos para tus vértices

rezumando gemidos como mandala,

que no se te acabe la saliva.

Hagamos que vuelva

el tiempo de las transfusiones de hálito,

la confusión de bocas, el silabario del deseo

pronunciado en carne viva, dejemos que ardan

los muslos contrariados por la vestimenta,

las lenguas comprimidas entre los pliegues,

las manos entrecruzadas en el porvenir.

Y luego demos un pequeño paso, una última palabra

que se susurra, una diapasón tañido

entre dos pechos, un arma de doble filo

que penetra la hendidura complacida,

una pelota que rebota felizmente hasta el espasmo,

una piel acariciando dos manos abiertas.

Por si noto que me faltas, quiero

que no dejes que se me acabe nunca

la saliva, no consientas

que tu piel deje de rayarme los sueños

como una marca de agua,

ni quieras que tu boca se me extinga

en el incendio inútil de la tinta

o en palabras de azucarillo

impregnadas de distancia.

Verdad siempre

A Manuel Altolaguirre

Sí, sí, es verdad, es la única verdad;
ojos entreabiertos, luz nacida,
pensamiento o sollozo, clave o alma,
este velar, este aprender la dicha,
este saber que el día no es espina,
sino verdad, oh suavidad. Te quiero.
Escúchame. Cuando el silencio no existía,
cuando tú eras ya cuerpo y yo la muerte,
entonces, cuando el día.

Noche, bondad, oh lucha, noche, noche.
Bajo clamor o senos, bajo azúcar,
entre dolor o sólo la saliva,
allí entre la mentira sí esperada,
noche, noche, lo ardiente o el desierto.

(Vicente Aleixandre, Espadas como labios, 1931)

Miedo de abril

Ahora sé que nunca hubo marcha atrás, yo sólo sé huir hacia adelante.

Confieso que los dedos se me han manchado de esa cierta tristeza de las firmas. Con la lluvia de decorado, con la música de fondo de una mentira que cae por su propio peso, apenas cuatro palabras y dos besos tímidos y desangelados.

La liturgia del desarraigo sucede cuando el mundo cabizbajo se parte en autobuses diferentes. Empiezan otros viajes, otras mentiras, otra soledad más intensa. Afuera llueve y llueve por dentro.

Todo sucede siempre en abril, ese es el punto de partida de la melancolía que irá formando escamas en la piel hasta que el olvido consiga ganar la batalla que ya se da por perdida.

Nunca hubo marcha atrás, sólo se puede huir hacia adelante. Y ahora, me toca correr despavorido hacia el porvenir.

Tengo un miedo nostálgico de las lágrimas, porque nunca supe llorar a tiempo. Tengo un miedo ausente de la amargura de los desayunos de los ojos pegados, porque sé que el tiempo no lo cura todo. Tengo un enorme miedo silencioso de no haber aprendido y repetir.

Y noto que me va penetrando hasta los huesos un agrio, turbio y viscoso miedo de abril.

Inventario de urgencia para seguir adelante

A veces, el pasado fue sólo aquel momento
en el que se confunden
amor y muerte, soledad y dicha.

Y porque entre unos brazos
al menos un instante me he sentido feliz,
procuro compartir este camino
hacia bellos sucesos como aquél
en que la luz fue nuestra.

Por eso me alimenta la esperanza.

Por eso llevo,
tatuada en el ansia de vivir,
como una hermosa referencia,
la cicatriz distinta de su cuerpo.

(Javier Egea, Paseo de los Tristes, 1982)

Buenos días

Buenos días, sólo eso.

Tal vez abril sea para vivir y no para tenerle miedo, si es que son cosas distintas.

La vida puede transcurrir sin que aparezca eso que tanto esperamos, puede agotarse sin encontrar aquello que le dé sentido a este remolino de idas y vueltas, a este descontrol de vaivenes y tumultos que hace latir desacompasados corazones, pulmones y cabezas.

Sin que aparezca pero, en tanto lo esperamos, mientras encontramos un brillo que nos distinga los ojos, hay que atender los asuntos cotidianos, la breve historia de aquel recibo, el dilema del paraguas y si toca pescado para la cena.

Cada mañana, la vida nace pequeña y las pequeñas cosas se confabulan para aparcar el caos en doble fila y dejar que algún hilo de luz se hilvane en los sueños. La vida nace pequeña y nosotros nos hacemos pequeños con ella deshaciéndola en pequeños actos de amor imposible, actos inexactos de emoción aprendida, tan arbitrarios como el idioma en que los pronunciamos.

El patio necesita unas horas de cocción, los platos de anoche piden a gritos un planchado. Habrá que hacer la cama de uno como si hubiesen dormido dos. Encontrar las palabras para felicitar a quien corresponda y entregar regalos, buscar tiempo para esperar llamadas o hacerlas, saltar hacia la luz para salir del agujero y estirarse un poco antes de caer en el próximo.

Si son cosas diferentes, abril es para vivir y no para tenerle miedo. Y para olvidar un poco, soñar mucho, embeberse en las rutinas y salir de ellas de tanto en tanto.

Buenos días, vida. Sólo eso.

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