La vida es insomnio

La vida es insomnio, que no sueño. Se equivocaba Calderón.

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La piel deshabitada

Hay caminos que el corazón recorre sin retorno, viajes del sentimiento que sólo tienen billete de ida, cambios minúsculos o gigantescos que no tienen vuelta atrás.

«La piel deshabitada» es una obra que pone voz a criaturas sobrecogidas y que habla de los encuentros como regalo, del amor como objeto de felicidad y sufrimiento, del esfuerzo de nadar río arriba para evitar las cataratas.

Es una obra extensa en la que da tiempo a analizar a quienes le rodean, a vestirse y desnudarse varias veces, empuñando las ausencias a veces como heridas y a veces como espada. Los personajes de la obra bailan entre palabras y canciones, sienten la impotencia y el arrebato, mudan de costumbres y de pieles.

De ahí el título, porque todos los episodios juntos parecen una colección de pieles que se han quedado deshabitadas y que sólo la memoria y un sentimiento profundo pero extraño, consiguen revivir todos los días durante unos minutos robados a la vida real, esa que nos mantiene locos y cuerdos, tiernos y huraños, nostálgicos y entusiasmados.

«La piel deshabitada» es un principio que no encuentra nudo y que vive aterrado por el desenlace. «La piel deshabitada», estimados espectadores, puede ser cualquiera, ésta misma que aquí les dejo, la que no se toca durante meses.

Puede pasarle también a ustedes.

Interrupciones

Te solivanta el teléfono inoportuno, un vecino que aparece para recordar viejos cigarros y exámenes nuevos. La chica que viene a dejar un regalo.

Entonces un rumano llama a la puerta pidiendo con gestos, un mensaje que llega con un pitido para que recuerdes llevar alguna cosa, la hora de cambiar la goma de sitio para el riego.

Quehaceres metidos en un horario áspero, en una tarde rellena, un fin de semana completo, un puente interminable. Un lunes festivo que te ataca, una semana santa que no lo parece, unas vacaciones que aprietan. Otras veces un viaje, una cita ineludible, alguien que te reclama y te necesita con urgencia.

Un niño que se acerca preguntando, un ruido por detrás de la puerta. A veces era un malentendido, una sombra de la memoria, una enfermedad de los otros, un ojo avizor al que despistar.

Inquieto miras por si hubiera un correo que no llega, un artículo que no se escribe, una mudanza que te deja sin herramientas, una desolación que te deja sin palabras, un descenso a algún infierno propio o ajeno.

Extrañas frases que se dejan a medias y producen significados difíciles, un espacio entre las palabras que escribes, una coma bien o mal puesta, un pensamiento que se cruza, el ratón que pierde las pilas, el copia y pega que no te permite, alguien que aparece en mal momento.

Relees un punto final tantas veces que consigues convertirlo en puntos suspensivos, la hora de los mensajes que pasa en vano, las manos que no saben qué decir, una lágrima que hace que se corra la tinta electrónica.

Ocurre que, a fuerza de interrupciones, se entrecorta el mensaje, se dispersa y, al llegar intermitente, dejas de percibirlo. Pero el mensaje, eso que quiero decirte, está aquí escrito, asolado por las interrupciones. Quizá lo encuentres y te lo creas.

Maletas (I)

Me gustaría meter en la maleta la primera vez que escribo este poema 274.

Las palabras116 no salen solas. Uno empieza a escribir con un chispa que vislumbra esperando que el texto arda solo. Y pasan las horas147, las noches y hasta los meses, y el texto que a uno le temblaba en el pensamiento no consigue encenderse.

Y si acaso se enciende, hay que retirar las cenizas antes de presentarlo, limpiarlo a los ojos del mundo.

Pero todos los poemas tienen una trastienda, un almacén lóbrego y lleno de polvo, que corro a ocultar debajo de la primera alfombra que pillo.

Uno nunca escribe lo que quiere, lo que le gustaría; sino lo que puede, lo que se deja.

Tengo la suerte, de tanto en tanto, de que hay personas que me hablan sobre el blog. Entonces, inocentemente, me dicen «me ha gustado mucho tu último post» o «resultaba un poco tristón» o «tiene rimas aunque sea prosa».

Y yo hago como que sé de lo que me hablan. Pero lo que desconocen es que olvido todo lo que escribo 18. Creo que, precisamente, para eso lo escribo, para soltarlo, para sacarlo de dentro y verlo flotar alejándose.

Sea por una cosa o por otra, cuando me dicen inesperadamente, en alguna reunión de amigos, en algún evento al que acudo, que lea algo mío, algo que pueda recitar improvisadamente, siempre tengo que decir que no. Y aunque creen que mi actitud es modesta —o todo lo contrario—, lo que no saben es que tengo muchos problemas de memoria 157.

Maletas (II)

En este movimiento de paquetes y maletas, me echo a las espaldas las mentiras. Porque mentir, que es el oficio más antiguo del mundo(141), es un modo de vivir con intención literaria172.

Hablo del tiempo sin escribir137 buscando alguna cita-cine226.

O, entre usted y yo148, quizás debería decirlo al revés, para dejar de sentirme ridículo160.

Me llevo la piel deshabitada329, los momentos en que hierve el agua142, mi corazón de madera163.

Porque siempre es entre costuras156 cuando sucede el incendio. Por si una mujer con abrigo244 me guarda en su sobre rojo167 una mentira piadosa207 que es copia fiel del original176. Para que me dure el veneno212, por si consigo que las preposiciones deshonestas211 se conviertan en cuestiones de tacto166.

Tengo un termómetro en los labios55 con el que quiero llevarme la brevedad162.

Maletas (III)

Tiempos de angustia me llevo en este cargamento.

Nunca estuve allí 23 es el relato de cómo me vi envejecer de golpe, aprovechando también el título de una película que me gustó mucho «El hombre que nunca estuvo allí» y que trataba sobre un barbero fumador americano que casi no hablaba.

No es que eche de menos aquel periodo intenso, pero hay momentos en la vida que te hacen ver con claridad lo que pasa a tu alrededor y cual es el sitio que quieres tener en el mundo.

Siempre estamos en tránsito24 (como aquel fantástico disco de Serrat), pero algunas veces, por fin, sabemos hacia donde queremos ir y qué es eso que echamos tanto de menos.

Y puede suceder que nos damos cuenta con estupor y tristeza, que ya no nos pasa nada grave.

Aprendí a hablar solo hace ya mucho tiempo. Creo que desde siempre he hablado solo6.

Lo nuevo fue hacerlo en voz alta. De ahí que me lleve para la mudanza este soliloquio10 que tanto bien me hizo, aunque hace meses que ya no lo necesito. Me lo llevo por si acaso vinieran otra vez tiempos de angustia.

A pesar de los versos de Machado, pensaba que era cosa de locos. Y es que tal vez yo lo estaba. Pero, al irse desgastando la saliva sin interrupciones330, sin ojos de plato que te escuchen como jueces, parece convertirse poco a poco en un bálsamo para las dudas.

Y el paisaje hace el resto. Engulle los dobleces del corazón y los nudos de la memoria que uno va soltando paso a paso mientras recorre la tarde equivocada64.

Si pudiera, también empaquetaría para llevarme aquel río.

Maletas (IV)

Voy a llevarme lo cotidiano en este momento de la mudanza. Porque las cosas pequeñas son las cosas que rellenan la vida y cada acto minúsculo repetido es el que nos dice cómo somos y cómo hemos sido.

También me llevo la hipoteca78, esa que todos tenemos encima, que nunca se acaba de pagar y que no podemos subrogarle a nadie.

Esta noche quiero empaquetar las palabras que anuncian los tiempos mejores256. Porque no bastan, pero nunca nos sobran82, perdónenme las palabras125 y lo que no se escribe231 con ellas.

Precisamente hoy voy a llevarme a mi nuevo domicilio todos los días inversos56 y todos aquellos modos de mencionar la lluvia89 que me quepan en una maleta.

En una mano tomo el empeño290 de escribir una nueva vida, pero sé que me estoy gastando79 en el intento de encontrar noches irrompibles37.

Con la otra recojo un anecdotario41, por si una tarde en obras224 tuviera que asomarme desde el filo93 y gritarle al aire291.

Y me llevo el tiempo mientras tanto45.

Estoy envolviendo cuidadosamente un plan52 para llevarme. A veces cuesta empaquetar la esperanza en bolsitas que pueda uno ir consumiendo según pasan los días del calendario. Tener vocación de nube154, ayuda.

Hay que confiar en el juego del azar153 y musitar alguna oración de viernes227.

Porque a pesar de que casi nunca sale siete71 y que sé que llego tarde178, quiero creer en los próximos prodigios328 que están al llegar.

Maletas (y V)

Me llevo el silencio58, todos los silencios.

Acarreo con la vida secreta de las palabras287, mientras me persiguen los silencios114 y se queda una pregunta en el aire268.

Me dejaré puesta la incomunicación232, colgando a la deriva en el vacío de un papel en blanco que no sabe decidir si quiere ser mensaje cifrado189 o meterse en una botella286.

Pero aquí dejo las veces que no me entiendes y este modo tan impersonal de explicarte la verdad que hay en la mentira75.

Vamos, ayúdame a mantener mis sueños en pie190. Por si noto que me faltas, quiero desencadenar el artificio y mantenerlo encendido para que quien trazó laberintos encuentre su salida.

Me llevo los deseos de año nuevo168 y ese ruido de agua hirviendo142 que me sigue sonando en el corazón.

Lo que ya no quiero es seguir vendiendo humo233. Sino comprar cada día todas esas cosas que no me habían pasado nunca308.

Me llevo tu mundo fosforescente3, ese que tus ojos entornados siempre me enseñan. Ese mundo tan grande y tan a ras de tierra que, en esta última maleta, ya no me cabe nada más.

La última palabra

Vivimos rodeados de despedidas. Despedidas simples, pequeñas, imperceptibles.

Decimos la última palabra sin darnos cuenta de que lo es, como un ejercicio cotidiano de indiferencia. Decimos la última palabra en cada encuentro fugaz, confundiéndola a veces con la primera.

Decimos adiós sin saberlo. Vaciamos estantes y cajones llenos de recuerdos y los embolsamos en el olvido de la basura. Pintamos las paredes, removemos los muebles y nos deshacemos de aquellos enseres que una vez nos llegaron como tesoros.

Nos despedimos del pasado incómodo, alegando falta de espacio. De todo aquello que denuncia que ya no somos los mismos. De la ropa que ya no nos queda, de los mapas que anduvimos en vacaciones, de las entradas del concierto en donde nos vimos la primera vez…

Los demás se despiden también, dan pasos largos, se encuentran en los susurros y asoman el corazón un ratito, sin que se les note mucho. Entonces, no sé si con un pellizco de tristeza o con un gramo de miedo, te entregan su herencia de papeles de colores para creer, de este modo, que no se rompen del todo los lazos con el ayer y que los dejan en buenas manos.

A pesar de la inercia de lo leve, del espejismo del propio yo y de la infidelidad de la memoria, la vida está llena de despedidas cobardes y tristes. Y de despedidas alegres, valientes e imposibles. De adioses consentidos y de separaciones inconscientes…

Cuando me sonreíste pasando de largo y me quedé perdido entre unos renglones aparcados en doble fila, supe que ya no me quedaban más gotas de suerte. Por eso me empeño tanto en esta última palabra que escribo para verte.

Agradecimientos

Trescientos cuarenta son los capítulos que ha tardado el insomnio en derretirse, en hacerse más tierno y más ambiguo, más contradictorio y menos líquido.

Estoy aquí porque creo que decorar la vida es una obligación para todo ser humano, que mentir es una necesidad biológica que alimenta la memoria, que escribir es el escenario perfecto para congeniar la realidad y la ficción.

Y me voy, no porque haya dejado de creerlo, sino porque las letras que había convenido con esta edad del azar ya se han librado y se han hecho efectivas.

Pero antes de irme quiero dar las gracias a aquellas personas que me acompañaron en el trayecto, que silenciosamente me observaron caminar tropezando.

Gracias a quiénes tuvieron el detalle de quedarse. Gracias también a quiénes prefirieron irse o volver cada cierto tiempo a este trocito de viaje en el que se queda mi vida expuesta en clave de trayecto.

Gracias por leerme, por decepcionarse, por asombrarse, por aconsejarme, por discutirme, por desordenarme los renglones y por hacerme dudar de lo que siento, de lo que pienso y de lo que escribo.

Y muchas gracias al insomnio, muchas gracias.

Pero es que la vida no espera. Seguiré andando por otro camino, andando del mismo modo en que hay que correr persiguiendo los sueños: incrédulamente, sin esperanza…

Quiero ir ahora a un lugar en el que pueda escribir lo que siento sin tener que sentir lo que digo. Si es que encuentro un amor imposible…

A estas alturas rodando

A estas alturas rodando
literalmente rodando
asumo mi destino,
araño cielos, tiento paraísos,
busco la clave que me traspase,
sin buscarla la busco,
la llave es un torso, un gesto,
la sonrisa de un amor imposible
o de otro amor imposible.
Los amores imposibles
—es tan evidente que siempre lo olvido—
son partes de ese mundo imposible
que es mi mundo verdadero.

(Darío Jaramillo, Libros de poemas, 2001)

Quizás pronuncies doce como un nombre del infinito

(Cenes de la Vega, 12 de diciembre de 2012)

Es la hora, el minuto, la última oportunidad del último siglo que soportará mis huesos.

Ya no me quedan más combinaciones que pedirle al calendario. Doce minutos en doce años; pero ninguno de ellos ha sido ese que tanto espero siempre, ahora, todavía.

Y sabía que eran minutos cualquiera, corrientes, mediocres, indecisos como cualquier otro minuto. Sabía que eran minutos imprecisos y fugaces, como suspiros en mitad de una tormenta. ¡Pero es que tenían un nombre tan bonito!

Quizás el doce sea un nombre del infinito y tú me lo pronuncies al oído un día cualquiera, cuando haya salido del bombo cualquier otro número sin nombre, mientras el mundo en tus ojos vaya haciéndose de noche lentamente.

Me queda poco tiempo de este último minuto que estás tardando en leerme y ando escaso ya de tinta. Espero que me permitan las teclas un poco más; por favor, lee deprisa, que no quiero terminar este minuto de insomnio, que no quiero terminarte, sin que lo último que sepas de mí es que eres mi vida.

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