La vida es insomnio

La vida es insomnio, que no sueño. Se equivocaba Calderón.

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Naufrago

Cuando llegó a la isla, perdieron el contacto. No encontraba palos secos para hacer señales de humo por las noches y, durante el día, la selva de los acontecimientos se interponía.

Buscó un promontorio en el archipiélago de la isla, pero todos los canales que encontraba tenían contraseña. Luego probó con el dedo gordo, pero era tan poco hábil con ese dedo solo y tuvo tan poco éxito, que se desanimó a seguir haciéndolo. Y entre tanto, se le acabó la batería.

Para cuando volvió, ya nadie le esperaba. La vida sigue, le decían todos. Y es que es rigurosamente cierto que hay que vivir. Incluso ella le había dado por desaparecido y estaba con otro.

A pesar de todo, a Tom Hanks aún le dura esa manía de hablar solo y mandar mensajes en tristes cocos que se alejan lentamente, como flotando en el mar. Pobre tipo… ¡a su edad!

Anoche

Anoche me acosté con un hombre y su sombra.
Las constelaciones nada saben del caso.
Sus besos eran balas que yo enseñé a volar.
Hubo un paro cardíaco.

El joven
nadaba como las olas.
Era tétrico,
suave,
me dio con un martillito en las articulaciones.
Vivimos ese rato de selva,
esa salud colérica
con que nos mata el hambre de otro cuerpo.

Anoche tuve un náufrago en la cama.
Me profanó el maldito.
Envuelto en dios y en sábana
nunca pidió permiso.
Todavía su rayo lasser me traspasa.

Hablábamos del cosmos y de iconografía,
pero todo vino abajo
cuando me dio el santo y seña.

Hoy encontré esa mancha en el lecho,
tan honda
que me puse a pensar gravemente:
la vida cabe en una gota.

(Carilda Oliver Labra)

Perfecta

De sobra sé que no es perfecta, que nada lo es. ¿Y qué importa? El ideal no existe; y si existe, no me llega, no me hace temblar, no me conmueve.

Si supiera, si tuviese el don de esculpirla de la nada, no encontraría el modo de mejorarla con estas manos mías, con estos ojos propios, con este corazón envejecido y envalentonado.

Yo también soy mis errores, mis manos torpes, mi cuerpo moldeado por los genes y la pereza. Y estoy tan hecho de sueños como de fracasos, con tanto entusiasmo como decepción.

Aquí aparezco, tal vez, como si supiera de lo que hablo, como si todo rodara suavemente por una cuesta ligera y las palabras surgieran solas, seguidas, en una misma secuencia de plano contra-plano.

Pero es pura coquetería la de ocultar los lunares de la espalda, el pellizco ansioso de una tarde de domingo y el asqueroso vicio de fumar a deshoras. Coquetería necesaria, pero que no me engaña. De sobra sé que no soy perfecto… ¿y qué importa?

Y como yo no lo soy, ella no puede serlo. Su imperfección no es un defecto, sino eso, exactamente eso que hace que ella sea como es. Eso que tanto me gusta.

Versos en caída libre

Ocurre que no puedo parar
que no sé cómo empieza
que surge la avalancha intempestiva
que me arrasa una avenida
de palabras sin ton ni son
Ocurre que no puedo detener los dedos
que el verso me gira alrededor
que todo lo demás parece vacío
que paso del frío al calor
y de la memoria al olvido
Que siento cómo me envuelven palabras
sin que pueda dejar que pasen intactas
que me inundan estribillos y melodías
mientras me descubro pulsando en la barriga
cuerdas de guitarra imaginaria
Que actores recitan pasajes famosos
que hablan yo que sé de ti de nosotros
de la otra vida de los altibajos
de que bailamos sobre extraños escenarios
hechos a medida para media luz
Entonces no puedo parar
aunque no sé como empieza
y tengo que seguir y seguir
rellenando renglones a destiempo
repitiendo lo ya dicho hasta cansar
Me quedo sin aire en el pecho
me mancho los dedos de una tinta que no se borra
en este frenesí que da la sombra
con esta lujuria de lo no conseguido
y me vuelven fantasmas ya vividos
espíritus al sol que nadie nombra
inicio conversaciones que no tienen sentido
que se resuelven en silencio
que se agolpan interminables en la memoria
de lo nunca dicho
Ocurre que no puedo parar
que no sé como empieza
pero me resulta imposible detener
el hilo cansino de este poema
que intenta dejarte sin respiración
Ocurre que se me aparecen tus ojos
y te beso otra vez en un rincón
aunque todos los ángulos se hacen el muerto
cuando chocamos tu y yo
mientras escribo palabras según vienen
que no se pueden contener en las yemas
que recuerdo cartas que envidio poemas
que oigo tu voz agitándose en risa
o tornándose ternura que no encuentro el modo
de impedir que se me vuelve todo rojo
sin saber por qué
Ocurre que no se me cansan las manos
ni se me acaba el papel
y en la cabeza me aturde un diccionario
que me lanza sus términos en tropel
como si yo fuese una antena de carne
recubierta de piel y vocabulario.
Ocurre que no puedo parar
mientras escribo y que las horas pasan
como si fueran segundos fugaces
colibrís imparables suspendidos en las flores
hojas removidas por la tormenta
que cambian de sitio pero no se quieren ir
Ocurre que no soy capaz de desdecirme
ni mirar si he puesto los puntos y las comas
que fluyen inocentes la palabras de mi boca
sin que pronuncie nada sin resistir
Ocurre que los dedos se me aceleran
que me está dando miedo escribir sin frenos
que la cuesta abajo de los versos no tiene fin
que me invaden potentes pensamientos
que resucitan primaveras y alejan inviernos
que no puedo parar y no sé como empieza
que tendré que tirarme y saltar de este poema
que no descansa que me tiene preso
buscando rimas que no consigo
que por más deprisa que escribo
no encuentro la palanca del freno de mano
que me están atrapando estas letras aunque no quiero salir
pero tendré que terminarlas de alguna manera
así que cierro los ojos, me cubro
la cabeza con los brazos
y salto en marcha de este poema
hacia la vida
y que sea lo que dios quiera…

Día del libro

Se dejó caer con una sonrisilla

de las de creerse el final de los cuentos,

envuelta en una chaqueta

de abrígate si vas a salir.

Se dejo caer con su nombre

puesto en el pecho,

con sus botas de ya estoy aquí,

con su falda de clavarme

los ojos en el anzuelo

y sus pestañas de reír.

Se dejó caer con su voz

de acércate más que no te oigo,

con sus ojos limpios

de no quiero despertar del sueño,

con sus labios crudos

de pruébame de sal.

Se dejó caer

como si no se hubiera ido nunca.

Se dejó caer sin más,

como quien no quiere la cosa.

Se dejó caer

para no dejarme caer,

para regalarme una rosa.

Pero a mí

ya sólo me queda prosa

con la que corresponder.

Cielo

Aquella mañana él estaba despierto mientras soñaba, como siempre. Ella atravesó la puerta del sueño como si después de una tormenta se abriera el cielo. Un cielo de manga larga con algo escrito en las nubes, que se le dejaba caer suavemente por el cuerpo como derramado sobre la falda.

Venía envuelta para regalo, siempre sorpresa. Siempre enfundada y sin recodos. De vez en cuando algún balcón al que asomarse, una pequeña ventana a través de la que mirar. Pero aquella mañana, primavera ya cerrada con el calor que se avecina, el cielo traía rendijas en la persiana que dejaban puertas abiertas a la imaginación.

Él fantaseó con la misma escena en la que ella entraba y luego se iba. Pero, esta vez, al irse, de espaldas, justo antes del último paso, la retuvo deslizando una mano por debajo del límite azul de la camisa. Y allí escribía versos con dedos de vientre suave, jugando a pintar palabras sin ver, garabateando en la piel emociones contenidas en el tiempo.

En ese mismo sueño despierto, se percató enseguida de que ella se quedaba inmóvil, cerraba los ojos y paraba su respiración. Pasado un rato, porque en los sueños no cabe ningún reloj, mientras la acariciaba y dejaba el mentón reposando en su hombro, él llamó a su sonrisa con la voz suave de una gracia que decía, «cariño, ¿cuánto tiempo puedes contener la respiración?».

A veces ocurre que los personajes buscan autor y deciden sus propios pasos por el cuento, y, en aquel mismo sueño, ella respondió, girando un poco el cuello hasta encontrarse con sus ojos: «Hace miles de sueños que la contengo».

Cuidadosamente

Entre las rutinas huecas de esta tarde

me pareció ver tu sombra clara.

Estabas allí, delante,

cuidadosamente arreglada

para ser invisible al olvido

que te ocultaba la cara,

y transparente al recuerdo

que me la mostraba.

En los dobleces de la noche,

cosida con mimo a la almohada,

me ha parecido, en un pestañeo,

que tu ausencia me miraba.

Estabas allí, a mi lado,

cuidadosamente tumbada

para no espantarme del sueño

en el que te soñaba

mientras tu perfume, aquel,

me invadía las sábanas.

Atrapado en tu ternura,

en mitad de la madrugada,

he encendido las luces,

he dado un salto de la cama

y me he puesto a escribir

para que no te vayas,

para que sigas aquí,

en este papel-pantalla,

cuidadosamente escrita

entre mis palabras.

Autodefensa

Y, sin embargo, a pesar de su longitud y de su anchura, todas las ausencias son breves. Todas encuentran asiento de ventanilla por donde asomarse, todas siguen ocupando tiempo y espacio en el corazón.

En todas tenemos emisario dispuesto a traer noticias y en todas hay sitio donde apostarse para disfrutar de las luces y los olores que descubrimos guardados en una esquina.

De lo enjuto de las ausencias, de lo reseco que uno se queda, el trago peor, aunque lo parece, no es la despedida. Sino la rabia, el golpe, el temblor y la ira de saber que, mañana mismo, sin haber despertado de la pesadilla, tendremos a mano la certeza de que hay muchas otras ausencias a la vista.

Pero… ¿sabes?… Todas las ausencias son breves, todas se convierten en instantes que se traga el vértigo de la vida. Por eso ahora —y siempre— lo más importante, lo que no admite espera, es que me levante, que te levantes conmigo, y que sigamos, entre ausencias, defendiendo la alegría.

Porque aquellos que nos dejan, no nos dejan, sólo se nos adelantan en llegar a la meta. Y se quedan permanentes, invisibles, dentro de lo que somos y de lo que hemos sido, mientras juegan con nosotros al escondite de los recuerdos por entre las habitaciones de la memoria.

Nos queda una deuda pendiente que saldar con ellos, un compromiso ineludible que contrajimos al quererlos: que aunque puede ocurrir que la vida no sea mejor que esto, estamos obligados a empeñarnos en que lo sea.

****

Es muy madura para su edad, por eso me ha sorprendido verla llorar tan desconsoladamente. No podía hablar, tan solo asentía lánguidamente a todo lo que le decía cuando, cogida en mi regazo, le preguntaba que qué era lo que le dolía.

Hasta que, quizás un recuerdo perdido, quizás una lágrima más alta que otra, despegó los labios para decir entre sollozos: «quiero irme con mi mamá».

Cualquier otro día sólo hubieran sido gajes del oficio, marañas de niebla que se espantan con una llamada. Pero hoy —¡qué extraño es este noviembre frío y descarnado!— su tristeza me ha dejado helado y para entrar en calor he necesitado rebuscar en la memoria el juego de luces de una chimenea.

DEFENDER LA ALEGRÍA

Él siempre le hace caso, por lo menos lo intenta. Lo que le dice siempre tiene sentido, él siempre se lo encuentra, y lo procura.

Cuando le dijo: «No te instales en la tristeza, oblígate a pasarlo bien. Con lo que puedas, con lo que quieras, y con lo que te dejen», él extendió la agenda, dejó caer al suelo el peso que llevaba y empezó a rellenarla con películas, charlas, alcohol, música y magia.

Y sí, es verdad que así el tiempo pasa más deprisa, que uno se olvida de lo estrecho que deja el corazón un suspiro contenido, de la anchura que sucede a una risa fosforescente o al ritmo de una canción. Pero, más tarde, cuando las luces de la sala se encienden, cuando se oye el motor del coche arrancando, cuando el hielo deja de sonar en la copa, todo vuelve a ser como era, inexorablemente.

Él siempre le hace caso, lo intenta con mucho interés. Aunque no siempre le funciona, pero lo intenta a golpe de agenda y de memoria, a golpe de no darse cuenta de los quienes ni de los dondes, como si así se pudiera modificar la historia.

Lo último que le dijo lo lleva grabado en la retina: «Busca la alegría. Defiéndela, mi vida». Y lo intenta, lo intenta todo lo que sabe.

«Pero, mi vida», le dice en sueños justo antes de acostarse, «es que es muy difícil defenderla sin ti».

Propulsión

Nadie escoge el hueco, el hambre de los dedos,

la sed inacabable de mirar por las ventanas

para concentrar la resonancia del futuro.

Nadie escoge sentirse árido, torpe, abyecto,

susurrarse trayectos que dejan a medias el consuelo,

tenderse sobre la cama de las legañas

doblándose al dolor de unos labios nómadas

y en el vilo de corazones ajenos.

Nadie escoge el hueco, la grieta,

no se dejan ignorar las fieras y el tumulto,

el rigor que aprieta el nudo sobre el cuello,

las horas a las que se paraliza el ímpetu.

Pero tenemos que sembrar de sangre fría

la mirada propia, arrojarnos sin red a la vida,

saludar al fogonazo de la esperanza,

extender las otras manos vacías al aliento,

conservar entornado el destino, apaciguar el miedo,

desdeñar la mochila de andarse por las ramas.

Porque nadie escoge el hueco, tenemos

que abandonar los retales de toda sombra,

propulsarnos hacia la luz esquiva de otro sueño,

arder en los otros viajeros que transitan,

y andar con los ojos abiertos,

porque tampoco nadie sabe

el camino exacto de los encuentros,

pero siempre ocurren a la vuelta de una esquina.

Prodigios

Algunas veces, el universo cabe

en la palma de la mano

y al cerrarla, para que no escape,

la encontramos llena de otras manos.

A ratos, sin previo aviso,

el mundo hace un alto en el ángulo preciso

para anunciar el tiempo de los abrazos

y raramente, pero sucede,

consiguen escapar vivos

los sueños después de alcanzados.

Algunas tardes creo

que son posibles todos los milagros;

incluso que de vez en cuando la vida,

esta misma vida que nos separa,

me bese en la boca

con tus labios.

Cuatrocientos golpes

Él era un profesional de cierto prestigio local, tenía don de gentes y un físico agradable, según diversas opiniones femeninas.

Un día resolvió dar el salto. Dejó mujer, hijos, casa y empleo. Se fue a Madrid con una buena oferta de trabajo y decidido a convivir con su amante de toda la vida. Salió en todos los periódicos como noticia local y en todas las maledicencias, en portada.

Le he visto un año después, a lo lejos, tan a lo lejos como lo conocía… Y me han contado la resultante. Que su amante dejó de amarlo al tenerlo tan de cerca, que la buena oferta no era tan buena y que Madrid es demasiado Madrid para alguien de provincias. Que sus hijos no quiere ni verlo, pero que su ex está deseando que comparezca en el juicio. Y que vive en casa de sus padres porque el paro no da para un alquiler.

Los sueños no siempre se cumplen y, lo que se cumple, no siempre son sueños. Nadie puede decir, sinceramente, que está preparado para una experiencia parecida, porque es imposible levantar los pies del suelo sabiendo que va a romperse la cuerda.

El alma caritativa que corrió a relatarme el sucedido, quiso poner la guinda melodramática contándome, bajo secreto, una terrible confesión que le hizo el propio individuo: «Me he equivocado en todo y me queda toda la vida para pagarlo».

Mi interlocutor se quedó mirándome, como esperando algún comentario compasivo o perverso, otra puntilla para el árbol caído o una tirita para su lengua. O quien sabe si, al mismo tiempo, pretendía evaluar cuánto me afectaba el caso, indagando en la complicidad de mi respuesta.

Me acordé de la otra certeza, pero no se lo dije. En cambio, le expliqué que equivocarse en todo es tan difícil como acertar siempre. Esa es una irrefutable verdad de números.

Que la posibilidad de que la vida pueda ser peor que ahora, no hace que nos guste más la que tenemos, todo lo contrario, hace que nos sintamos todavía más atrapados y sin salida. Que si lo último que hay que perder es la esperanza, de lo primero que hay que deshacerse es de la resignación. Y que la vida es muy ancha, que le brotará por otro nudo una rama nueva.

Yo tampoco estoy preparado para eso, claro que no, nadie puede estarlo. Ni ha dejado de darme un miedo atroz el descalabro, pero ya no me paraliza. Lo que sí que estoy perdiendo del todo es la resignación. Y lo cuento sentado en el columpio, como el que estira los pies y los levanta del suelo para mecerse suavemente. O caer de boca en el charco que siempre hay debajo.

Quiero ver el mar, bañarme, embriagarme con sus olas y que me ponga horizontal el horizonte. Quiero ver el mar.

Aunque en cada abrazo salado que consiga darle todo el mundo me señale como a un desertor. Aunque sea ese mismo mar en el que me ahogue y me tenga guardados sus cuatrocientos golpes para dármelos uno a uno.

La otra certeza

Algunas veces,
el aire que impulso me deja sordo,
se arruga, se encoge, se frunce
hasta quedarse rancio.
Y no se apagan las velas cuando soplo.
Y aquel pastel, que parecía tan dulce,
lo mastico muy amargo.

Algunas veces,
la noche no empieza con caricias,
no rasga su velo con un susurro menor
y el rostro del amor
no se transfigura en orgasmo.

Es entonces
cuando más necesito un error.
Cuando más lo rebusco a fondo
con un ansia imposible,
urgido por la oquedad
que me crece en el pecho.

Y sólo me deja tranquilo —y solo—,
la necesaria, la imprescindible certeza
de haberme equivocado en algo.
Para ahuyentar la otra certeza,
la de esta nausea infinita
que me acusa, algunas veces,
de haberme equivocado en todo.

(Francisco José Pérez Rodríguez, La otra certeza)

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