La vida es insomnio

La vida es insomnio, que no sueño. Se equivocaba Calderón.

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La última gota

De semen blanco escanciado

entre los pliegues de una sábana,

de sudor anónimo y cotidiano,

de algún caldo lentamente

cocinado entre pucheros,

de agua de la lluvia que desata

la tormenta de una despedida,

de la saliva de un beso furtivo

que atraviesa una primavera,

de la espuma del mar empujada

por la brisa y el salitre,

de una lágrima escapada

de la risa o de un suspiro,

de la sangre de tu herida

o de la de tu enemigo,

de la escarcha,

del mercurio de una fiebre,

de la nieve

o de la tinta que se agria

sobre el papel de este poema

en que me lees,

la última gota es la que siempre

desborda el vaso.

El oficio más antiguo del mundo

Yo no escribo poemas. Son los demás los que otorgan el título de poema a los cuatro renglones que emborrono en un acto que suele ser de amor, pero propio.

Son los amigos los que mienten cuando dicen que soy buena persona si observan que hay alguien que demuestra interés y pulula a mi alrededor. En eso consiste ser amigo, en mentirte. Quizás me venden porque yo no sé venderme, quizás es que al venderme caro, ellos también se venden mejor. El caso es que me mienten tanto, que al final, siempre soy yo el que me compro.

Porque no soy guapo, pero me mienten. Me lo dicen muchas veces, tantas que se gasta la palabra mentira y se queda transparente, como un visillo que permite ver y no ser visto. No soy guapo, pero me mienten y al mentirme me levantan la vanidad, para que con la vanidad erecta pueda mentirles yo todavía más, mejor, más profundamente.

Miento cuando sentencio lo que haría si estuviese en tu pellejo, porque sé que tu piel y la mía siempre nos separan hasta un tú de distancia. Miento cuando finjo saber cosas que no sé, cuando estudio lo imprevisto como un teorema y lo abordo como un pliego de descargo.

Miento cuando escribo, no porque teclee mentiras, que también, sino porque te dejo creer que es lo que yo creo. Porque te dejo pensar que eso que receto es lo que yo pienso, porque te dejo sentir que en mis versos palpita lo que yo siento, he sentido o sentiré.

Este es mi oficio, el más antiguo del mundo, el oficio de mentirte. El otro oficio más antiguo también lo practico y me descubro todos los días vendiéndome por un halago, por una cita, por una llamada, por un beso… Extrañado, pero contento, de saber que hay quienes me compran, aunque sea a bajo precio.

Ser un impostor es mi profesión y a ella le dedico muchas horas al día, todos los días. Pero de entre todas las formas posibles de impostura, prefiero mentirte en verso, porque es más efectivo el resultado, porque es más duradero el efecto, porque es más inocua la cura.

Así que, de tanto en tanto, intento mentirte un poema. Pero, como ya he dicho al principio, yo no escribo poemas, sino que eres tú quien, cómplice y público a la vez, me engañas mientras te embauco, me seduces mientras te traiciono, me estafas mientras te timo.

Aunque amo este oficio de mentirte. Porque yo necesito mentirte, tanto como dudar o perder la cabeza en un sueño. Adoro este acto de mentirte, este oficio más antiguo del mundo, que me permite ser otro; otro mejor, según se mire, otro distinto, para no aburrirte, otro diferente, para no ser confundido con los demás.

Necesito mentirte porque tú y yo sabemos que, a este lado de la física cuántica, la verdad no existe. La verdad no existe, sólo es otra apariencia de la mentira, la necesidad neurológica de encontrar explicaciones, la rebelión imparable de las paradojas contra sí mismas.

La verdad no existe. Ni tan siquiera es verdad que te mienta; y quizás no existas y yo lleve ¡tanto tiempo ya!, equivocado o no, mintiéndole al aire.

Por cuatro poemas

¿Qué sabrán de nosotros? La noche interminable que ardía como un rito…
LUIS GARCÍA MONTERO

Porque las mariposas no existen
para ser observadas en los museos,
el error ya está cometido,
dosificado con pronombres y con verbos
del idioma común que tienen los sueños
imposibles e indefinidos.

Pero el error ya está cometido,
los culpables ocupando su propia jaula,
el tiempo tiene preparada su condena
y su veredicto de lágrimas.

Por cuatro poemas que escribo
no podrás decirle a la memoria del futuro
que te he querido,
porque no se inventaron los poemas
para que yo te amara.

O tal vez sí. Quizás me sirva esa mentira
como punto de fuga o de partida
sobre el itinerario recorrido.

Porque diga lo que diga el poeta,
el amor no es el género literario evidente
de los cuatro poemas que escribo,
sino este error tan común y tan corriente,
tan inquietante, tan inexistente,
tan sin cuerpo de delito.

@(Francisco Pérez, Por cuatro poemas)

Marzo

Un capítulo de un libro interesante, un paseo por el parque bajo la luz de la luna, un metro cuadrado relleno de cuatro litros de lluvia.

La mansedumbre de los olivos en cien kilómetros de autovía, un viaje imprevisto a la playa, el atasco a la vuelta de la oficina, el final de una película, dos cervezas con sus tapas o una charla entretenida con alguien en la distancia.

Una ración de insomnio a solas con Morfeo, un sueño suave y húmedo que me reviente de deseo, sesenta besos redondos a una mujer desnuda y en lo oscuro.

Todo esto y mucho más, que no digo por prudencia, por olvido, por desconocimiento y por que no me cabe en este texto, es lo que puedo perderme en esta hora de vida que me han quitado esta noche al adelantar las manecillas.

Sin embargo no me quejo, tengo razones para estar alegre. Porque sé que todas las cosas que tarde o temprano se pierden traen de la mano otros quehaceres, otras historias, otros sueños.

Y porque sé que, para que llegue lo que llegue, ahora queda una hora menos.

El poeta aguarda, impaciente, la llegada de alguna musa

(Estudio de escritor. Mesa de gran tamaño. Estanterías llenas de libros. Puerta al fondo entreabierta. El personaje camina de un lado a otro del escenario.)
Que alguien recomponga los jarrones
rebosantes de rosas.
Necesito más luz
sobre el brazo desnudo que ahora escribe.
Los libros, que se vean desde todos los ángulos.
Unas hojas tiradas por el suelo pueden
crear ambiente.
Si es posible,
que caiga por completo la noche.
Una luna entre nubes
podría sugerir un halo de misterio.
En la calle
que parezca que la lluvia ha caído.
Ella entrará por la puerta del fondo.
Traerá el cabello húmedo ?podría haber un fuego
donde secarlo lenta, muy lentamente?.
No hablará.
No hablaré.
El silencio es lo más apropiado.
No elevaré los ojos para verla
hasta pasado un rato.
Ella irá hacia las rosas con aire ensimismado
y mirará la luna caminar por mi cielo.
Necesito más luz sobre mi mano.
Necesito más luz sobre las rosas
y un fuego y una luna y un cielo
antes de que ella llegue.
Y que haya llovido.

(Irene Sánchez Carrón, Atracciones de feria, 2002)

Hierve el agua

¿Cuántas veces tiene que repetirse un sueño para que suceda? No sé, nunca he sabido, sigo sin saberlo, si la energía y el deseo que se entregan al anonimato de lo que uno imagina en los sueños pueden, de alguna manera, modificar la realidad y sustituirla por otra.

Ella está de espaldas y al poner mi mano en su hombro, se gira y me abraza. Su cabeza se reclina en mi pecho y entre todos los brazos surge el ocho, el infinito.

En cada borbotón estamos más cerca; en cada ruido que prorrumpe, la respiración se acompasa. El universo toma su temperatura y el paisaje se aleja hasta desaparecer.

En cada gota que cae, sobra más el aire que nos separa. En cada bocanada, se difuminan en el contacto los límites de los cuerpos. En cada borbotón, el tiempo se ralentiza hasta hacer olvidar el futuro que viene.

Ninguno de los dos dice nada y la vida parece un soplo, un aliento que roza las caras. Nadie dice nada, nada, porque no hay nada que decir. Y mientras, hierve el agua.

¿Cuántas veces tiene que repetirse un sueño para que suceda? No sé, nunca he sabido, sigo sin saber. Pero he descubierto contigo que hay cosas que con una sola vez que sucedan, con una sola, se repiten para siempre en los sueños.

Y cada vez que hierve el agua.

Viaje

Un vaivén de vidas cruzadas que vaga por tardes de otros y sigue entre mañanas que duran como miradas en un espejo. Un motor silencioso, máquina de latir kilómetros, engulle paisajes escritos sobre el horizonte de un papel.

Apenas unas cuantas paradas en el andén. Los pasajeros no saben hablar de otra cosa que miedo. Miedo a llegar y a no llegar, a pararse y a seguir, a perderse y a perder. Miedo de no saber a dónde ni con quién.

Había mucho humo aquella tarde en el café, siempre hay mucho humo, pero ellos se miraban a los ojos, como buscando un apagón para besarse. Lástima que los túneles de este viaje sean tan cortos.

Idilio en el café

Ahora me pregunto si es que toda la vida
hemos estado aquí. Pongo, ahora mismo,
la mano ante los ojos ?qué latido
de la sangre en los párpados? y el vello
inmenso se confunde, silencioso,
a la mirada. Pesan las pestañas.
No sé bien de qué hablo. ¿Quiénes son,
rostros vagos nadando como en un agua pálida,
éstos aquí sentados, con ojos vivientes?
La tarde nos empuja a ciertos bares
o entre cansados hombres en pijama.
Ven. Salgamos fuera. La noche. Queda espacio
arriba, más arriba, mucho más que las luces
que iluminan a ráfagas tus ojos agrandados.
Queda también silencio entre nosotros,
silencio
y este beso igual que un largo túnel.

(Jaime Gil de Biedma, Compañeros de viaje, 1959)

Como somos

No olvides nunca que yo soy como soy porque tú eres como eres.

Que me miras como te ves, que me veo en ti, en cómo me miras y que te puedo tener en cómo me tienes.

Y si no fuesen las cosas de este modo, no seríamos nada, porque así, tal y como somos, no podríamos estar en otros ojos, ni en mejores manos, ni en diferentes palabras.

No olvides nunca que hay cosas que sí son lo que parecen. Quiérete entonces como soy y quiéreme luego como eres.

Muerte en el olvido

Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
—oscuro, torpe, malo— el que la habita…

(Ángel González, Áspero mundo)

Regreso

Íbamos en el coche con un silencio relativo, de esos silencios que aguardan expectantes a que asome un secreto por algún sitio. Fueron pasando la lluvia y los kilómetros por la noche desapacible, salpicando el retorno con semáforos desconectados y baches imprevistos.

Pero no hubo ruido, sólo una luz azulada que destellaba en un bolsillo. Por el movimiento que percibí y la luz fantasmagórica que vino después, supe que había abierto el móvil. Leyó, escribió algo con el dedo gordo, lo cerró guardándolo en el bolsillo con un sólo movimiento y ladeó brevemente su rostro hacia mí. Estaba sonriendo.

«¿Todo bien?», le pregunté, pero, para esconder mejor su secreto, sonrió más fuerte y giró la cabeza hacia la ventanilla. Una sonrisa refulgente, de esas que se transmiten en el vacío a la misma velocidad que la luz.

Me recordó a mí mismo y no pude evitar sonreír yo también. Después seguimos el trayecto en un silencio lleno de pensamientos, de esos silencios que acaban de desenrollar el mapa de un tesoro y no quieren que se extinga el eco. Y nos perdimos uno del otro, cada uno rumiando su propio secreto.

Al llegar al destino, él subió deprisa, como siempre, y yo, como siempre también, me entretuve con el humo y sus pensamientos. Entonces empezó a sonar una música que borboteaba con más fuerza que la lluvia sobre el patio.

Mientras subía las escaleras, iba pensando en lo bien que suena el amor al piano. Todavía me dura la envidia en los dedos.

Horas

Algunos días duran veinte minutos y tienen ojeras y el gesto breve de la impaciencia en los atascos y folios en las manos y las piernas encogidas.

Algunos días hay que respirar el aire que otros nos dejan al paso y seguir los pasos que otros dejan en el aire mientras los relojes pasean despacio por los vericuetos de las pesadillas y llega la noche que no acaba con el cansancio.

Algunos días duran veinte minutos que se estiran hasta treinta y después alcanzan una hora. Esos días ni siquiera salen en los telediarios. Esos días duran un gemido, tres estrépitos, dos palabras.

Sin embargo, hay horas que duran muchos días, que vuelven a ocurrir continuamente, que las llevamos puestas por debajo de la camisa y en el filo de los ojos y en la punta de los dedos.

Hay horas que duran muchos días y te entornan los ojos si te descuidas y no se puede reprimir la sonrisa y se anda a cuatro patas por los bordes del calendario en donde la memoria desnuda patina. Hay horas que duran días y deshacen la resistencia de la memoria.

Hay horas que me duran tanto —pero tan poco— que no me caben en un poema. Y es una pena no tener a mano más palabras que éstas para seguir con los dedos contenidos mientras espero que me suceda contigo otra hora de esas.

Entre usted y yo

Entre usted y yo —permítame la confidencia— no hay tanto espacio. Nos une, a modo de puente o pasarela, un hilo conductor común.

He escrito estas palabras —permítame la confidencia—, pensando en usted; no tanto en su circunstancia concreta, sino en usted grosso modo. Igual que usted me lee a mí —permítame la confidencia—, pero no tanto a mi yo solo, ni a mis manías, ni a mis torpezas, sino a esa profunda parte de mí que usted lleva tan adentro.

Entre usted y yo, juntos, sobrellevamos la autoría y los derechos de los versos de este poema, porque usted descifra lo que escribo en tanto que ahora le estoy escribiendo precisamente eso que usted siente o interpreta.

No menosprecie granos de arena —especialmente aquellos que caen imparablemente del Gran Reloj— ya que no cabe la modestia, porque cualquier poesía mía es tan suya que me duele necesitarle para esta transfusión de tinta o de electrones.

No obstante, no lo comente en el trabajo, ni tampoco con la familia o con los amigos, porque —permítame que le levante los pies del suelo con otra confidencia aún más inquietante— en este preciso y asíncrono instante, con alevosía y posible nocturnidad, entre usted y yo estamos asesinando una noche o una novela, seduciendo a alguien o dejándonos seducir.

La poesía

La poesía es inútil, sólo sirve
para cortarle la cabeza a un rey
o para seducir a una muchacha.

Quizás sirve también,
si es que el agua es la muerte,
para rayar el agua con un sueño.
Y si el tiempo le otorga su única materia,
posiblemente sirva de navaja,
porque es mejor un corte limpio
cuando abrimos la piel de la memoria.
Con un cristal partido,
el deseo
hace heridas más sucias.

La poesía eres tú,
un corte limpio,
una raya en el agua
?si es que el agua es razón de la existencia —,

la mujer que se deja seducir
para cortarle la cabeza a un rey.

(Luís García Montero, Completamente viernes, 1998)

Penalti

Cuando me levanto medio dormido, la luz aun es tenue y el deseo espeso, me miro borroso en el espejo y pito penalti.

En cada internada por la escalera, en cada remate de palabras, pido penalti. Cada vez que me despido, aunque sé que me quedo en fuera de juego, me enfado con el árbitro y gesticulo con las manos para que te piten penalti.

Cuando echo de menos tu marcaje cuerpo a cuerpo, cuando estoy solo esperando un pase que nunca llega, tengo que pitarte penalti.

Al recordar todos los saques de esquina, cuando me presionabas en el córner y sentía tu aliento dándome la vida, al recordar que entonces te sacaba tarjeta amarilla, no puedo aguantarme las ganas de enseñarte otra y mandarte al vestuario.

Cada vez con más deseo y con menos paciencia, conforme avanza el partido, me gusta más tu juego antideportivo, que me encimes a todas horas y me tires de la camiseta o del pelo. Y quiero pitarte penalti.

Con mucho gusto y un poquito de celos, todo el partido lo paso imaginando tu defensa correosa y tus despejes de cabeza al borde del área.

Pero no se me acaban las ganas de pitarte penalti, incluso en el descanso del partido. ¿No ves que es que siempre me estás haciendo falta y yo quiero ser de tu equipo? Y lo peor es que me encanta.

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