La vida es insomnio

La vida es insomnio, que no sueño. Se equivocaba Calderón.

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Sauce

¿Has visto alguna vez cómo caen las hojas de los sauces?

Todas las hojas caen, todas, su destino es la podredumbre, la mancha, el suelo. Unas caen en otoño, las más resistentes no sobreviven a algún invierno. Todas las hojas caen, incluso las perennes. Es sólo que tardan más.

Algunas veces, con el sol como aliado, cruzo el puente para romperlo por el humo. Y veo llorarle al río las lágrimas de los sauces. Veo como caen haciendo tirabuzones, brillando por el sol como si en ellas se concentrara la belleza del mundo.

He visto caer las hojas de los plátanos alfombrando el suelo, la de los olmos blancos poniendo las pisadas en dos colores, las de los pinos que se arrebujan sobre la tierra como alfileres que fracasaron el objetivo. Las hojas de los sauces también caen a las ratas y a su desprecio o dan con el agua de un último viaje.

Todas las hojas caen, todas. Su destino es la podredumbre. Pero si hubieras visto caer las hojas de los sauces, sabrías que no todo da igual, que no todos caemos lo mismo.

Aunque sea el mismo frío del suelo el que sintamos en la espalda, aunque sean los mismos caballos los que nos están esperando.

Bajo la luz quemada…

Bajo la luz quemada,
tienen frío los ojos con que buscas
estas horas de octubre
y su jardín manchado de ginebra,
hojas secas, silencios
que de nosotros hablan al caerse.

Porque si ya no existe,
aunque nadie se ocupe de sus solemnidades,
hay noches en que llega la verdad,
ese huésped incómodo,
para dejarnos sucios, vacíos, sin tabaco,
como en un restaurante de sillas boca arriba
ya punto de cerrar.
—Nos están esperando.

Nada sé contestarte,
sólo que soy consciente de mi propia ironía,
porque el hombre es un lobo también consigo mismo
—Nos están esperando.

Negras y en alto, buitres silenciosos,
nos esperan las nubes en la calle.

(Luís García Montero)

¡¡AVISO IMPORTANTE!!

Con mucho cariño, me han hecho caer en la cuenta de los peligros. Es curioso entender cómo, los seres humanos, atendemos mejor a las voces suaves que a los gritos. Será por asuntos freudianos, por la predisposición a la seda o, simplemente, porque la dulzura llega más adentro que el amargor.

El caso es que me han explicado algunas de las responsabilidades civiles y militares en las que me puedo ver inmerso si dejo abiertas de par en par estas letras. Que habrá imprudentes que se caigan en él, que se asomen sin las debidas precauciones.

Que puede haber quienes se les ocurra la brillante idea de leerme sin red, de comentarme sin paracaídas como si fuese verdad lo que digo, de hacer correr el rumor de que escribo sin mentiras, pero sin contrastar debidamente la fuente de su información, evidentemente equivocada.

Por eso, después de pensarlo detenidamente, he decidido poner varios carteles en dos idiomas, avisando, que es gerundio, y hacer además este texto como explicación. Después de esto, creo que dormiré más tranquilo. Tengan cuidado, porque hasta el que avisa puede ser traidor.

Pero si deciden leerme, que sea bajo su propia responsabilidad(*).

BEWARE OF THE BARD

¡PELIGRO! POEMAS SUELTOS Y SIN VACUNAR

(*)EL AUTOR DE ESTE BLOG NO SE HACE RESPONSABLE DE LOS GASTOS PSICOLÓGICOS DERIVADOS DE SU USO SIN EL DEBIDO CONTROL MÉDICO.

Intención literaria

La intención literaria es un asunto verdaderamente adictivo. Uno se pone delante del papel como un diosecillo de la minúscula y crea un universo completo en menos de siete días.

Se pueden transgredir todas la leyes, las de la física, sí, pero sobre todo las leyes del tiempo. Uno hace con sus personajes en pocos minutos todo aquello que se imagina y que al caprichoso azar le costaría años de carambolas.

Puedes vivir otras vidas, enmascarar la tuya o adecentarla, decorar el mundo tenebroso de las malas noticias o reírte de las cosas que te duelen.

Y el procedimiento es sencillo, muy simple: se cogen un par de verdades de tamaño mediano y unas cuantas mentiras hermosas. Se trocean y se pasan por la sartén, en la que previamente se habrán sofrito unas metáforas cortaditas en juliana hasta que se queden transparentes. Se salpimenta con unos cuantos pronombres, unas gotitas de elipsis y, a gusto de cada autor, un puñado de rimas en asonante. Se sirve sobre un plato llano, separando bien los párrafos… y listo.

Por la intención literaria hay gente que cree que escribo, que ésta es mi vida, que tú existes en alguna parte del mundo ese que llaman real.

Incluso, fíjate lo que te digo, que es para llevarse las manos a la cabeza y hacer muchas cruces consecutivas; fíjate lo que te digo: que hay quienes al leerme… ¡se creen que existo! Increíble, ¿no?

¿Ver para creer? No, claro que no, es creer para ver. Hace ya tiempo que tú y yo sabemos que sólo se ve aquello que se cree.

Por la intención literaria, yo sé que no existo más allá de aquí, y sólo si tú me buscas.

Fragmento

—La muerte es lo contrario de la vida —dijo él—. Sientes todo eso porque estás viva. Es lo que querías, Eva, ¿no es cierto? —se escuchó decir a su pesar, mientras se sentaba a su lado—. Querías el conocimiento. Esto es el conocimiento: el Bien y el Mal, el placer y el dolor, Elokim y la Serpiente, cada imagen tiene su reflejo contrario.
Por ella sé que estoy vivo, pensó.

(Gioconda Belli, El infinito en la palma de la mano, 2008)

Ecualizadores

Todos estamos en muchas listas. Por gestos, por palabras, por acciones, porque alguien se dispone a querernos un poquito, subimos poco a poco.

Cuando alguien nos desquiere, nos desama, nos desecha de menos o, simplemente, flaqueamos en sus sueños o en sus expectativas, bajamos muy deprisa.

Llega el vértigo. El esfuerzo de subir, el vacío en el estómago de perder altura, se alían para estremecernos. Sería mucho más tranquilo permanecer a la misma altura, exactamente a la misma altura en la que nosotros tenemos a los demás en nuestra lista. Sería confortable, no me cabe duda, pero qué monotonía de música tras los cristales.

Así todas las lista en fila, tenemos el ecualizador de nuestra vida. Mi música estuvo mucho tiempo sonando como «pop» hasta que se fue convirtiendo en «clásica». Breves momentos de «jazz», instantes de «club» y una vertiginosa caída hacia el «tecno».

Sé que ahora mi música te suena a veces a «espacio abierto», a «rock suave», a «en vivo». Pero si me aprietas fuerte, si me besas muchas veces, tal vez mi vida empiece a encontrar la forma de sonarte como «auriculares», como a mí hace ya tiempo que me suena la tuya.

Muy cerquita del oído, pero lejos del corazón.

Viaje interior

Estar más solo en el trayecto, llegar con prisa,

hacer acopio de colores y de piedras,

vivir en las líneas de un mapa,

seguir los pasos de los otros.

Habitarse uno mismo en paredes extrañas.

Viajar en ruinas hacia otras ruinas

encontrando sinsabores en la intemperie,

comprobar que todo se corrompe

y que nada perdura sino las palabras.

Porque son los mismos ojos los que miran el mundo,

los mismos pies cansados, las mismas pisadas,

por debajo de la piel de la geografía

el mundo que visito nunca cambia.

Tengo problemas para salir de mí mismo.

Allá donde esté

siempre hay un aquí y una nostalgia.

Cuando viajo en sueños nunca te pido

despertar en habitaciones separadas.

(Oviedo, julio 2011)

Habitaciones separadas

Está solo. Para seguir camino
se muestra despegado de las cosas.
No lleva provisiones.

Cuando pasan los días
y al final de la tarde piensa en lo sucedido,
tan sólo le conmueve
ese acierto imprevisto
del que pudo vivir la propia vida
en el seguro azar de su conciencia,
así, naturalmente, sin deudas ni banderas.

Una vez dijo amor.
Se poblaron sus labios de ceniza.

Dijo también mañana
con los ojos negados al presente
y sólo tuvo sombras que apretar en la mano,
fantasmas como saldo,
un camino de nubes.

Soledad, libertad,
dos palabras que suelen apoyarse
en los hombros heridos del viajero.

De todo se hace cargo, de nada se convence.
Sus huellas tienen hoy la quemadura
de los sueños vacíos.

No quiere renunciar. Para seguir camino
acepta que la vida se refugie
en una habitación que no es la suya.
La luz se queda siempre detrás de una ventana.
Al otro lado de la puerta
suele escuchar los pasos de la noche.

Sabe que le resulta necesario
aprender a vivir en otra edad,
en otro amor,
en otro tiempo.

Tiempo de habitaciones separadas.

(Luís García Montero, Habitaciones separadas, 1994)

Paparazzi de cielos

Rosa pastel o rojo duro, el atardecer siempre es el último gesto hermoso del día, como si hiciera un supremo esfuerzo por no llevarse la luz y dejar para el final los mejores rayos.

Azul turquesa o gris niebla, hay que andar con los ojos abiertos, acechar la claridad, la instantánea, las medusas de vapor de agua o los cirros que se deshilachan como una tela de araña gigantesca. Ese es el lienzo de nubes sobre el que la noche se abalanza hasta fundirlo todo en negro.

«Para ser un paparazzi de cielos», eso le ha dicho ella, «eres muy lento».

Hay otros cielos. Quizás ellos ya conocen alguno de esos otros, quizás, incluso, hayan rozado un par de infiernos. Y todo lo que aún les queda que fotografiar en sus pupilas: cada día hay un cielo nuevo.

Lo que ellos no saben, aunque pueden suponerlo, es que los miércoles tienen las tardes hechas con dos cielos a la vez.

En realidad, siempre son tres, vengan o no vengan. Pero nunca se quedan. Hay que dejar paso a la noche y al insomnio cotidiano.

Es copia fiel del original

Entreabrió los ojos como quien despierta de un sueño, con la cabeza vencida hacia el peso de la imaginación.

Me rozó el cuello con las manos para atraerme una vez más hacia su boca. Destensó la sonrisa tibia de su rostro y contrajo la respiración.

Con sólo medio paso pegó su aroma a mi cuerpo. Giró su cabeza, como siempre hace, hasta el ángulo justo que despierta el temblor del deseo en mi mentón.

Dejó que latiese su corazón tres veces consecutivas mientras, muy lentamente, posó el caramelo de sus labios en el espacio abierto que le ofrecían los míos. Cerró los ojos, como abandonándose, como cayendo suavemente hacia otro mundo de luces apagadas.

Y en ese instante de tanta oscuridad como resplandor, cuando el silencio exterior se traduce en un tumulto de sangres que laten y lenguas que se enredan, en ese instante, acaricié todos sus méritos.

Noté los mismos efectos, la misma piel cristalina, el mismo sabor. Era el mismo aire el que compartía, el mismo deseo, la misma saliva, el mismo pellizco de felicidad. Efectivamente, aquel trozo de amor condensado, aquel maravilloso beso artesano, era copia fiel del original.

Lo cual certifico para que conste a los efectos oportunos.

Canción de aniversario

…incómodos de no sentir el peso de los años».
J. Gil de Biedma

Son
extrañamente hermosos todavía,
estos labios de hace ahora tres años
y me parece inédito
el gesto de tu beso,
este llegar aquí cada vez más tranquilo,
con la serenidad
del que tiene por cómplice la vida
y su rutina.

Hoy sabemos que entonces,
cuando tus veinte años y mi primer abrazo,
empezamos por ser
sobre todo indecisos: la tímida torpeza
de la primera noche
y la dificultad
con que dejar las manos
en el hábito infiel de nuestros vicios.

Ahora
extrañamente hermoso estar aquí,
demasiado a menudo y decididos,
incómodo
de no sentir el peso de los años
aprendiendo contigo la premeditación
y escribiendo en tu piel mi alevosía.

Porque suele haber bancos donde se espera siempre,
aceras que prefieres por costumbre
o líneas de autobús al mediodía.

Y sin embargo tú
reapareces inédita en tu gesto
para decirme hoy
que le conteste al tiempo y sus preguntas
el práctico saber que tienes de mi cuerpo.

(Luís García Montero, Poemas de Tristia, 1982)

La unicidad de las flores

Mi bióloga de cabecera siempre me dice que la cruda realidad es que sólo hay dos clases de flores; tres, como mucho. Por más que me lo explica, yo nunca lo entiendo.

Ella dice que solo hay dos clases de flores: las que se engañan y las que no. Y, si acaso, un tercer grupo de indecisas, que a veces se engañan y a veces no.

También dice que sólo hay dos clases de flores: las que pinchan y las que no. Las que huelen y las que no, las comestibles y las venenosas, las de desierto y las otras, las de alféizar y las de interior.

Que sólo hay dos clases de flores: las que cuentan lo que sienten y las que no.

Nunca lo entiendo. Será que mi lupa no tiene tantos aumentos, que no acostumbro a regalar flores o que soy novato en asuntos de jardín. No entiendo, entonces, para qué tantos viveros, tantas floristerías, tantas macetas en los patios… si sólo hay dos clases de flores: las que uno quisiera encontrarse y las que se encuentra.

A mi modo de ver, que no es el de la cruda realidad, sino un poquito pasada por la sartén, todas las flores, miradas desde lo suficientemente cerca, son únicas.

Que es como decir que todas las flores somos incertificables: copias inexactas y sin original. Aunque nos parezcamos mucho, especialmente, en la derrota.

Sólo hay dos clases de flores: las únicas.

Sé que llego tarde

Perdóname si llego tarde, pero es que todo me llega tarde.

Siempre que acudo, por más prisa que me doy en alcanzarte, cuando te tengo a tiro de beso, tú ya eras tú, ya estabas allí hace tiempo. Y te sigo viendo, pero más adelante.

Es la gran estafa de los adverbios. No puedo salir de aquí, estoy atrapado; allá donde vaya, siempre me llevo. Y tú, sin embargo, por despacio que te muevas, por milimétrico que sea el espacio que nos separa, siempre vives en un allí.

No puedes estarte quieta, lo sé, tu cabeza siempre a la cabeza, atravesando los domingos hacia el lunes, aprovechando el tiempo que no tienes. Y yo despacio, tan quieto, tan callado, tan viernes.

Sé que llego tarde, que siempre me retraso; pero llego y llegar es vencer. Convencerte de que me esperes, no puedo, no sé. Pero llego y al llegar contemplo el sitio en el que estuviste y lo quiero y te quiero y quiero perseguirte otra vez.

Para eso me sirve la utopía, el horizonte, tú. Para llegar tarde, bueno, pero sabiendo a tiempo hacia dónde ir.

Creo que sí, que llego tarde. Lo sé porque yo acabo de empezar un domingo y a ti te veo, ya, allí, en el centro del catorce de un martes, mirando atrás, esperándome.

Te llegaré tarde, ya lo sé y tú lo sabes. Pero te quiero temprano, pronto, ahora, en este acto.

Anillo

Ha perdido su anillo y anda como loco buscándolo. Ha revisado los muebles del cuarto de baño, la mesa de su escritorio, los cajones, todo…

Ha perdido su anillo y aunque no llora como el lagarto, en su cara puede verse el desconsuelo. Ha vaciado y vuelto a llenar todos los bolsillos, ha hecho un examen de todo lo que hizo y se ha dedicado a repetirlo, por si en la memoria de los gestos pudiera encontrar algún rastro que le indique su paradero.

Me ha llevado a desandar mirando en los brillos del suelo todos los pasos que dio mirando al cielo. Se ha encogido en el asiento del coche y se ha hecho un ovillo mientras se apretaba el dedo que ahora le parece desnudo.

No me resulta nada agradable verlo navegar sin rumbo en busca de su anillo, no puedo evitar que me arrastre a una desolación compasiva, porque la tristeza se contagia igual que se contagia la alegría.

Ha perdido su primer anillo a los quince años, no hay consuelo posible para el él que es ahora. Todavía no sabe nada y quizá sea mejor que aún no lo sepa.

Yo tampoco sé nada, ni quiero saberlo. Y sin embargo, al verlo así, al verme como yo era, al recordar el paso de los años, presiento que, tarde o temprano, perdemos todos los anillos que alguna vez hemos tenido en la mano.

Recubrimos algunas cosas, casi sin querer, como sedimento que deja el torrente de la vida, con una fina capa de amor depositado; de ese mismo amor simbólico que nos devuelven las cosas cuando las apretamos en las noches oscuras y dejamos de sentirnos solos.

Todos los días me pierdo en este anillo, alegremente; pero el día que este anillo me pierda a mí, yo también lloraré como lagarto mientras un cielo grande y sin gente monta en su globo a los pájaros.

Los obstinados

«El aire es inmortal. La piedra inerte…»
F. G. Lorca

Al fondo de rincones escondidos
crecen flores ocultas entre hierba.

Hay raíces clavadas a la piedra
que aguardan impertérritas la lluvia.

Al sur del los veranos agostados
se oye la seca espera de los pozos.

Tanta belleza vive, tanto amor…

Bajo la nieve sueñan los caminos
con los días azules del deshielo.

(Irene Sánchez Carrón, Escenas principales de un actor secundario, 2000)

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