La vida es insomnio

La vida es insomnio, que no sueño. Se equivocaba Calderón.

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Ridículo

Me pareciste más gordo, pensaba que eras más viejo, no puedo contarle a nadie lo sucedido. Creía que era más grave, estaba pensando en mis musarañas, no quería decir eso.

Me siento vulnerable, nadie lo diría al verme. No eres tan frágil como pareces, no tengo el corazón en venta, la compasión no es el camino. La tranquilidad es una estafa y la constancia es puro delirio.

A veces me siento un poco ridículo cuando me doy cuenta de que, en este mundo, el continente nunca se parece al contenido y, entonces, aun así, me sorprendo mirando a las personas como quien se asoma a un espejo.

Cuando se desgastan las suelas y el tumulto se envenena de frío, cuando acechan las muertes que vienen sin avisar y me miro empapado de dignidad, envuelto en humo a mis años, derramándome en cerveza por las tormentas y las aceras con eco, me siento ridículo.

Si dijera todo esto que digo en la barra de un bar, si contara mi mundo en verso a cualquier conocido, si escuchase mis propias palabras en conversaciones del asiento de atrás del autobús, me chirriarían en esperpento todos esos mismos goznes imprecisos que tú me abres con tanta seda.

Creo que, en el fondo, tan sólo escribo poemas para no sentirme ridículo.

La verdad que hay en la mentira

Al lector se le llenaron de pronto
los ojos de lágrimas,
y una voz cariñosa le susurró al oído:
—¿ Por qué lloras, si todo
en ese libro es de mentira?
Y él respondió:
— Lo sé;
pero lo que yo siento es de verdad.

(Ángel González, Nada grave, 2008)

Breves acotaciones para una biografía

Cuando tengas dinero regálame un anillo,
cuando no tengas nada dame una esquina de tu boca,
cuando no sepas qué hacer vente conmigo
—pero luego no digas que no sabes lo que haces.

Haces haces de leña en las mañanas
y se te vuelven flores en los brazos.
Yo te sostengo asida por los pétalos,
como te muevas te arrancaré el aroma.

Pero ya te lo dije:
cuando quieras marcharte esta es la puerta:
se llama Ángel y conduce al llanto.

(Ángel González, Breves acotaciones para una biografía, 1969)

Paisaje con luces

Se veían las luces a través del hueco que dejaban libre las copas de los árboles. El frío era un perro lamiendo las manos de la intemperie cuando acercó su cuerpo al mío por la espalda. Los colores eran manchas, el calor era un silencio.

Se veían las luces a través del hueco mientras volaba su mano brújula en mi hombro. El mundo pronunció un tambaleo y la rosa de los vientos se posó en mi mejilla. Noté su calor extendiéndose por mi cara, cambiando el equilibrio de las cosas. Los colores se hicieron rayas y el reloj quiso quitarse los tacones para seguir andando de puntillas.

Se veían las luces a través del hueco y me habló al oído, como cuando el viento te susurra y se fuma tu cigarro. Me fue contando la perspectiva del pasado, el grosor de cada punto de brillo, la acuarela de reflejos de su corazón lejano. El calor se hizo un ovillo, los colores se evaporaron del paisaje y su voz me volvió a posar lentamente en el suelo.

«Ya puedes abrir los ojos», me dijo como un mordisco pausado, como una mano que se enreda entre los cabellos.

Y entonces, cuando abrí los ojos al paisaje, se veían las luces a través del hueco que dejaban libre las copas de sus pechos. Y yo era un perro lamiendo la intemperie de sus manos, y su espalda engulló mi cuerpo, y las manchas eran colores. Y el silencio se hizo calor.

Los formales y el frío

Quién iba a prever que el amor ese informal
se dedicara a ellos tan formales

mientras almorzaban por primera vez
ella muy lenta y él no tanto
y hablaban con sospechosa objetividad
de grandes temas en dos volúmenes
su sonrisa la de ella
era como un augurio o una fábula
su mirada la de él tomaba nota
de cómo eran sus ojos los de ella
pero sus palabras las de él
no se enteraban de esa dulce encuesta

como siempre o como casi siempre
la política condujo a la cultura
así que por la noche concurrieron al teatro
sin tocarse una uña o un ojal
ni siquiera una hebilla o una manga
y como a la salida hacía bastante frío
y ella no tenía medias
sólo sandalias por las que asomaban
unos dedos muy blancos e indefensos
fue preciso meterse en un boliche

y ya que el mozo demoraba tanto
ellos optaron por la confidencia
extra seca y sin hielo por favor
cuando llegaron a su casa la de ella
ya el frío estaba en sus labios los de él
de modo que ella fábula y augurio
le dio refugio y café instantáneos

una hora apenas de biografía y nostalgias
hasta que al fin sobrevino un silencio
como se sabe en estos casos es bravo
decir algo que realmente no sobre

él probó sólo falta que me quede a dormir
y ella probó por qué no te quedas
y él no me lo digas dos veces
y ella bueno por qué no te quedas
de manera que él se quedó en principio
a besar sin usura sus pies fríos los de ella
después ella besó sus labios los de él
que a esa altura ya no estaban tan fríos
y sucesivamente así
mientras los grandes temas
dormían el sueño que ellos no durmieron.

(Mario Benedetti, Poemas de otros, 1973—74)

Brevedad

Hablo de la suavidad que crece cuando todo se funde, del calor que difunden las palabras, de las persianas que apenas confunden la luz del sol.

Hablo de un segundo, de una décima, del dolor de los relojes tras el mecanismo de un parpadeo. Hablo del aroma en carne viva, del corazón desarmado y desnudo, del latido que se escapa en un suspiro.

Hablo de las lágrimas que caen sordas y de la sal que destila el desencanto. Hablo de la ceguera de los dedos de tinta y del roce que va dejando su caligrafía ambigua en el lienzo de una piel.

Hablo de la certeza de los sueños horizontales, hablo de la duda de la realidad oblicua, hablo de la mentira de la memoria vertical deshilachada.

Hablo del silencio que se enciende en el tumulto, del movimiento cosido a la quietud, de la esperanza tendida al sol de la mañana. Hablo del peso de la nostalgia y de la nostalgia del peso. Hablo de la niebla que envuelve cada palabra dicha al oído.

Hablo de rellenar el hueco inmenso de mí mismo que amanece después del breve espacio en el que estás.

Corazón de madera

El cerezo está seco, lleno aún de hojas tristes y arrugadas que no terminan de caerse como amigos que acompañan en un velatorio.

Yo estaba, sin embargo, sorprendido de cómo enciende el sol de la mañana al limonero, verde, grande, lleno de vida ácida. Su luz me pareció siempre deslumbrante, su color el de la primavera continua.

Y por entre el humo, esta mañana, ha pasado un revoloteo que se ha posado en una ramita limpia del cerezo moribundo. Con su pico rojo, su pecho amarillo y una franja verde en el cuerpecillo, un periquito estrenando libertad se ha quedado mirando el mundo desde la ruina.

¡Qué extrañezas consecutivas! La del cerezo por tener ramas habitadas, la del pájaro por no encontrar los barrotes de alguna jaula en su horizonte. Un guiño del azar o un tributo último a la belleza de la vida.

Se notaba enseguida que no estaban hechos el uno para el otro. Pero el cerezo se ha dejado querer por el pájaro, como sabiendo que los milagros sólo duran lo que uno tarda en darse cuenta de que lo son.

Yo sé que todos los días son importantes, que el calendario está lleno de trampas para la memoria, que quien sabe si otro día como hoy de alguna historia, no hubo otro pájaro hermoso posado en un árbol cansado y nervioso de tener, por una vez, tanto color sobre sus ramas.

Pero el periquito ha dicho adiós, como todos los pájaros hermosos que en el mundo han sido, ha saltado a otro árbol más joven, más decidido y más fuerte. Los pájaros, al fin y al cabo, están hechos para volar por el cielo y elegir su sitio en tierra.

Estoy seguro que el cerezo sonríe esta mañana y que guardará esta hoja del calendario en un corazón de madera como ese en el que yo guardo mis pájaros, mis fechas y todas las hojas secas que me recuerdan el brillo de aquellos ojos que una vez, un instante, las miraron muy de cerca.

No. El cerezo ahora no está seco.

Rescates

muriendo de costumbre
y llorando de oído
CÉSAR VALLEJO

Este regreso no era obligatorio
sin embargo
la mano encuentra su cuchara
el paso su baldosa
el corazón su golpe de madera
el abrazo su brazo o su cintura
la pregunta su alguien
los ojos su horizonte
la mejilla su beso o su garúa
el orgullo su dulce fundamento
el pellejo su otoño
la memoria su rostro decisivo
los rencores su vaina
el reloj su lujuria tempranera
el dolor su no olvido o su neblina
el paladar sus uvas
el loor su desastre
la nostalgia su lecho

o sea
perdón vallejo
aquí estoy otra vez
viviendo de costumbre
celebrando de oído

(Mario Benedetti, Preguntas al azar, 1986)

Noel

El tipo gordo no, ese no. Ni aunque me lo quieran pintar con barbas de quita y pon, ni por mucho que entienda de chimeneas, no.

Que si los renos, que si los duendes, que si el trineo. No, a mí no me la van a dar con queso, no. A pesar de que me amenacen con que no haya regalos, ni que intenten asustarme con que todo lo ve, no. Yo no creo en Santa Klaus, por mucho que cante Luis Miguel con sus dientes blancos que llegó a la ciudad.

En los Reyes Magos, bueno, tal vez crea un poco. Más que nada, por complacer al niño que llevo dentro, porque prefiero los camellos a los renos, porque tiran a dar con los caramelos en las cabalgatas.

Pero tampoco es que crea del todo, que no me fío de los carteros que no llaman dos veces, que eso de que son «reyes» habría que verlo, que mira que ir detrás de una estrella… Bueno, eso sí, eso sí que me lo creo, porque alguna vez, yo mismo, he ido en pos de alguna, incluso de día, que es aún peor.

Pero lo de los pajes, los sacos de juguetes y que haya que dejarles algo de beber a los camellos, eso son bobadas. ¿Cómo van a estar en todas partes a la vez, en todas las cabalgatas, en todas las tiendas, en todas las casas? ¡Pamplinas!

Aunque la historia es muy bonita, un niño que nace, un río, ovejitas, pastorcillos que decoran muy bien el paisaje… No, si la historia es bonita, y eso de perseguir estrellas, ahora que recuerdo, fue precioso… Pero vamos, vamos, hay que dejarse de rollos. ¡Qué no!

Ni Santa Klaus, ni Reyes Magos, ni las tiendas de Hipercor, no se puede ser tan crédulo. Aunque, y eso es cierto, quien no cree en algo, no escapa de tener una creencia, que, al fin y al cabo, es tan increíble como cualquier otra. No creer, también es creer.

Y por eso, yo, ya sólo creo en Mamá Noel, porque es de carne y hueso. ¡Qué bien le sienta el rojo sobre el blanco! ¡Qué sensación la de ir escuchando las pisadas de sus botas de tacón! ¡Qué bien puesto el cinturón y, sin embargo, con qué facilidad se desata!

Ni reyes, ni santa, yo sólo creo en Mamá Noel. Y el único deseo que le pido, el único que se le puede pedir y espera que te lo conceda, es que venga, y que al venir convierta cualquier noche en Nochebuena y que cuando uno se despierte, en mitad del calendario, encuentre ese suave perfume a Navidad que dejan los caramelos de la piel sobre las sábanas.

Y que cuando venga, se deje de ventanas ni de chimeneas. Prefiero que toque al timbre.

Cien

La besó. Cerró los ojos y la besó. La beso cien veces pequeñas, cien veces grandes, cien veces contando hasta doce y luego doce veces contando hasta cien.

La abrazó cien veces por cada lado y el mundo se apagó cien veces. Entonces sintió en cien hombros su cabeza y cómo su cien veces calor iba derritiendo el vacío que le congelaba por dentro. Sus brazos rodearon cien veces su cuerpo, cien veces sus brazos y un sólo cuerpo que abrazar tan desde dentro que cien veces se le olvido respirar.

La acarició con un dedo lentamente, trepó por su vientre hasta la suavidad de sus senos y quiso quedarse en ellos cien veces. Cien veces recorrió con los labios el perfil de su cuello cien veces suave, cien veces tierno. Con su cien veces lengua quiso quedarse en la humedad de la huella que fue dejando al descubierto en su piel.

Quiso meterse en ella cien veces por su oreja, cien veces por sus labios, cien veces por su pelo. Cien veces quiso moldear sus piernas, cien veces quiso no dejar de tocar el cielo. Ella decía o reía besos, suspiraba o entornaba caricias, pulsaba o retenía el tiempo.

Entonces él la beso. La besó cien veces, sabiendo que eran las últimas cien lenguas de este año cien veces difícil y cien veces año. Pero aunque se escanció en cien besos grandes y en cien besos minúsculos, ninguno de ellos fue el último, ni le agotó la sed.

Aún le quedan cien labios que abrir y cien ojos que cerrar en el próximo beso que reconocerás.

Cuestiones de tacto

Quiero la fresa de tus labios para relamerme después en ese regusto ácido de la punta de tu lengua. Y que se me entornen los párpados, que me tiemble la voz y se me salga el corazón por los costados.

Mantener contigo más cuestiones de tacto, un roce divino de pieles contrarias y sextos sentidos. Beber gotas de tu pecho, fruncir tu espalda con mis dedos y notar que un hilo de tu voz me advierte del vaporoso placer de asomarme adentro.

Y cuando se enreden las piernas y nos olviden los pies fríos, cuando nos hayamos quitado de encima este silencio infinito y estemos tan en el centro y tan cerca que no podamos entender lo que pasa fuera, quiero que me arropes en mitad de un suspiro, que me suspendas en el filo de un terremoto y me pares el tiempo en ese instante.

Para darme un sitio al que volver cuando —como ahora—, ya sea demasiado tarde y sólo pueda buscarte entre los escombros de la memoria.

Mito

Mito
mito mío
acorde de luna sin piyamas
aunque me hundas tus psíquicas espinas
mujer pescada poco antes de la muerte
aspirosorbo hasta el delirio tus magnolias calefaccionadas
cuanto decoro tu lujosísimo esqueleto
todos los accidentes de tu topografía
mientras declino en cualquier tiempo
tus titilaciones más secretas
al precipitarte
entre relámpagos
en los tubos de ensayo de mis venas.

(Oliverio Girondo, En la másmedula, 1963)

Deseos de año nuevo

Porque llegó el tiempo de cambiar el pájaro en mano por los ciento volando, he pedido once veces al año nuevo que me enseñe a volar.

Que sé que tendré que caer si me dedico a sentir la brisa en el rostro, a comer uvas entre desconocidos, a contar los pasos que doy en círculos.

Que sé que tendré que caer si es que al final vuelo, pues el hombre está hecho para el ras del suelo y no para mirar las nubes, ni siquiera las de su cabeza.

Pero quiero notar el vértigo, el calor y el frío, la lucha de los cuerpos que enciende las noches, las alas rotas que sobresalen de los abrigos y mirar al horizonte desde mucho más arriba que lo que puede esta torpe criatura que siempre soy.

Once deseos imposibles, once deseos de aprender a volar, once deseos de que vueles conmigo. Y once veces he pedido que, si tengo que caer tarde o temprano, que sea desde lo más alto, sin miedo, que me parta los huesos con la sonrisa de las lágrimas de haber tocado el cielo con mis manos.

Aviones, helicópteros, globos, subir al mástil, a la torre Eiffel, al piso cuarenta y siete de mi vida, hacer parapente desde la sierra, montarme en un telecabina, asomarme al balcón de tu escote, mirar al precipicio de tus ojos y subirme a tu piel.

Y el deseo doce, siempre es el mismo todos los años. He vuelto a pedirle como último deseo que se me olviden los otros once. Ya sabes, por si acaso.

Don del vuelo

Y ahora que desperté sin calendario
a las puertas de un cielo terrenal
qué vas a hacer conmigo si no atiendo a razones,
si me entregué sin más a la algarada
de esta felicidad sin qué ni fundamento,
si el saludo se me vuelve pájaro en la mano
y los ciento volando
hacen cola para posarse en mi ventana,
si me declaro en fuga
tras la eléctrica chispa que aguarda en el instante,
si hablo como quien canta
en las crines del pulso secreto de las olas,
amenazo arrastrarte en un alud de espuma
y mis dedos te cercan, antorchas navegantes,
y se te caen las hojas amarillas,
y al contacto tu piel prende en mi abrazo,
qué vas a hacer conmigo sino entregarte entera,
desarraigarte toda
hasta que a las raíces les brote el don del vuelo,
levar anclas, surcar la ingravidez
preñada de centellas, con las manos
tendidas al encuentro, ven conmigo,
con rumor de campanas sobrevolemos los jardines,
ha llegado la hora, vamos, ven
a conocer la risa de los ángeles.

(Eduardo García, La vida nueva, 2008)

Sobre rojo

Cualquier día es bueno para empezar con la caligrafía de los deseos. Quiero escribirte en la piel, lentamente, palabras inmensas con los dedos y repasarlas después con la lengua antes de que produzcan ningún efecto.

Hacer fu(1) muy bajito y de cabeza(2), como un suspiro que se deja rodar por el cuello. Y caerme hacia el desfiladero en el que se hunden todos tus colgantes. Perderme en él resbalando, agarrarme a sus asideros con los labios y seguir hasta el llano que contiene el centro del universo.

Despertar al chuxi(3) con tu fiesta de faroles que me miran, esperar que aparezcan los dragones mientras tus muslos se abren como una flor que va al encuentro del lichun(4).

Y entonces entregarme a tu sobre rojo. Ese que, cuando gime, siempre nos saca del invierno hacia la primavera de los dragones.

(1) Felicidad, en chino.

(2) «De cabeza» y «llegar», son homófonos en chino.

(3) Noche vieja.

(4) Comienzo de la primavera.

Yo sé que el tierno amor escoge sus ciudades…

Yo sé
que el tierno amor escoge sus ciudades
y cada pasión toma un domicilio,
un modo diferente de andar por los pasillos
o de apagar las luces.

Y sé
que hay un portal dormido en cada labio,
un ascensor sin números,
una escalera llena de pequeños paréntesis.

Sé que cada ilusión
tiene formas distintas
de inventar corazones o pronunciar los nombres
al coger el teléfono.
Sé que cada esperanza
busca siempre un camino
para tapar su sombra desnuda con las sábanas
cuando va a despertarse.

Y sé
que hay una fecha, un día, detrás de cada calle,
un rencor deseable,
un arrepentimiento, a medias, en el cuerpo.

Yo sé
que el amor tiene letras diferentes
para escribir: me voy, para decir:
regreso de improviso. Cada tiempo de dudas
necesita un paisaje.

(Luís García Montero)

Dieta

Porque la vida consiste,

sobre todo,

en equivocarse primero,

reírse después de la caída

y dejar que la memoria

haga de cada fallo un acierto,

me propuse estar delgado.

Así puedo ir más tranquilo,

estar más fino y andar descuidado,

porque estando delgado

ya no habrá ningún modo

de que pueda cometer

un error gordo.

El mal del siglo

El paciente:

Doctor, un desaliento de la vida
que en lo íntimo de mí se arraiga y nace,
el mal del siglo… el mismo mal de Werther,
de Rolla, de Manfredo y de Leopardi.
Un cansancio de todo, un absoluto
desprecio por lo humano… un incesante
renegar de lo vil de la existencia
digno de mi maestro Schopenhauer;
un malestar profundo que se aumenta
con todas las torturas del análisis…

El médico:

—Eso es cuestión de régimen: camine
de mañanita; duerma largo, báñese;
beba bien; coma bien; cuídese mucho,
¡Lo que usted tiene es hambre!…

(José Asunción Silva, El libro de versos, 1896)

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