La vida es insomnio

La vida es insomnio, que no sueño. Se equivocaba Calderón.

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Tonterías varias

Últimamente no se me ocurre nada sensato, sólo acierto a decir estupideces sin forma.

Tengo las teclas en estado de espera (lo sé por la lucecita roja que se enciende por debajo) aunque más que de espera mi estado empieza a ser desesperado.

De tanto escribir sin nombres ya no sé a quien me dirijo cuando hablo, y algunas veces me sorprendo masticando vocablos en mitad de la ensalada, cuando todos se quedan mirando y no preguntan qué me pasa, solo cuchichean que mis tonterías no merece la pena comentarlas.

Pero como no quiero contarles que me sobra la hache del huevo duro,

ni que me parece un rollazo con pinchos el tenedor en el que lío la pasta, le doy voz a la tele y, con disimulo, sigo en mi mundo de tonterías varias, pero sin quitarte ojo.

El desayuno

Me gustas cuando dices tonterías,
cuando metes la pata, cuando mientes,
cuando te vas de compras con tu madre
y llego tarde al cine por tu culpa.
Me gustas más cuando es mi cumpleaños
y me cubres de besos y de tartas,
o cuando eres feliz y se te nota,
o cuando eres genial con una frase
que lo resume todo, o cuando ríes
(tu risa es una ducha en el infierno),
o cuando me perdonas un olvido.
Pero aún me gustas más, tanto que casi
no puedo resistir lo que me gustas,
cuando, llena de vida, te despiertas
y lo primero que haces es decirme:
«Tengo un hambre feroz esta mañana.
Voy a empezar contigo el desayuno».

(Luis Alberto de Cuenca, El hacha y la rosa, 1993)

Preposiciones deshonestas

A cuatro patas

ante el morbo del espejo.

Bajo el cobertor arrugado

cabe tu espalda está el cielo.

Con tu espalda atrapada

contra la pared fría,

de rodillas en el suelo,

desde el primer beso

en el sofá que chirría,

entre tus piernas desplegadas,

hacia fuera y hacia dentro,

hasta el fondo del estruendo

para llegar a la pulpa del gemido.

Por encima de la ropa,

según se erizan tus pezones

sin miedo a la mordedura,

so pretexto de una piel que se desnuda,

sobre la alfombra de las doce,

tras la puerta que se cierra.

Durante horas abiertas,

mediante el amor y su roce,

como un dulce vaivén

deshonesto, infiel,

húmedo y salobre.

Veneno

Se extienden tus ojos sobre mí, se enreda mi voluntad en tus manos. Gira la habitación en un tornado, revolviéndolo todo como un vendaval que me levanta los pies del suelo y que, después de bailar en él, me deja caer, por fin, en el borde de tus labios.

Te subes en mí y me estremezco. Las convulsiones propulsan, por todo mi cuerpo, el efecto imparable de una química estruendosa y violenta, que mueve los goznes del mundo para abrir la puerta de un paraíso interior.

Se acelera el pulso, se agita el corazón, se contraen los músculos al borde del espasmo. Es el final, lo presiento. Pero el paso por el túnel no duele, sino que me deja en un éxtasis huidizo y fugaz. Y la luz que me saca hacia el otro lado, siempre llega demasiado pronto.

Me descubro desnudo y horizontal sobre la cama. No hay rastro de aguijones ni de colmillos… ¿Pero por qué me revives ahora con el boca a boca? ¿No me estabas envenenando?

Ahora entiendo que, el extraño efecto que tienen tus manos sobre mí, no tiene más antídoto que volverlas a sentir. Y entiendo por fin, escuchando tus latidos, desbocados también, que el veneno que me ofreces no está en la superficie de tu piel, ni en la distancia a la que te acercas, sino en lo profundo de las huellas en las que te quedas cada vez que te vas.

Tu veneno no es una sustancia, sino una cantidad. Esa que siempre me sabe a poco.

Masacre en el dormitorio

Estábamos tranquilos,
dulces y agradecidos
con nuestras simples vísceras que nos dieron pretexto
para satisfacerlas.
Y estábamos haciéndolo
contentos.

Y he aquí que de pronto,
sin previo aviso
y sin pedir permiso, todos ellos
han venido a meterse en nuestra propia cama,
aquí,
entre nuestras sábanas,
y ponen los zapatos en la almohada
—donde pusiste el sueño—
y amenazan quebrar la cabecera que me costó serruchos y martillo.
No nos dejan estar,
nos registran los pelos de las ingles en busca del pecado,
sacan el código y el dedeté,
la indagación y los escapularios.
Yo no sé
ni me importa
si es que tienen derecho.
Me consta, nada más, que me son antipáticos,
que me molestan como las agruras
y los soporto sólo por ver si los alejo.

Son un tropel de gansos metidos en la cama,
graznan y ensucian todo con sus patas palmípedas,
amenazan con picos y miradas
y me parece que te me acobardan.

Lo único que quiero es besarte completa,
y poderme acostar sobre tu vientre
y saberte feliz de estar conmigo.

Amarte sin sofisma ni retórica.

Llenar los dos desnudos nuestra cama.
Creo que es suficiente.

No sé qué hacer con todos estos molestos pajarracos.
Miedo de que te lleven.
De que no nos permitan terminar nuestro abrazo.
Nos están estorbando.
No sé cómo espantarlos.

Creo que ahora mismo me sacaré los ojos.

(Manuel José Arce)

Nocturno

Apagaste las luces y encendiste la noche.
Cerraste las ventanas y abriste tu vestido.
Olía a flor mojada. Desde un país sin límites
me miraban tus ojos en la sombra infinita.

¿Y a qué olían tus ojos? ¿Qué perfume de oro
y de agua limpia y pura brotaba de tus párpados?
¿Que invisible temblor de cristales de fuego
agitaba la seda lunar de tus pupilas?

Recamaste la almohada con hilos de azabache.
Tejiste sobre el sueño un velo de blancura.
Eras la rosa pálida tiñéndose de rojo,
la rosa del veneno que devuelve la vida.

La blusa, el abanico, una pluma violeta,
el broche con la perla y el diamante en el pecho.
Todo abierto y en paz, transparente y oscuro,
sin dolor, navegando rumbo a tus manos frías.

(Luis Alberto de Cuenca, La caja de plata, 1985)

El lago de los cisnes

Los bailarines descendieron cuidadosamente hacia la parte inferior del escenario, diseñado a dos alturas, hasta colocarse en la posición inicial. Se diría que temían un mal paso o que traían los pies atenazados con un manojo de nervios.

Él, con un suave ademán, indicó con la mano el camino hacia el centro, dando el primer paso. Ella le siguió de puntillas, sin hacer ruido, casi como una sombra púrpura. Entonces, en una especie de juego de los de antaño, comenzaron a girar persiguiéndose alrededor del centro de gravedad de la escena. Al principio despacio, lentamente, como una deriva a merced de la corriente que iba incrementando el ritmo y la tensión poco a poco, anunciando remolino o catarata, pero condenada a no resolverse hasta el tercer acto.

Después, con un interludio de pasos breves e indecisos, tan sutil como el humo, se reúnen en un lateral. Su técnica se pone de manifiesto, el equilibrio, la expresividad en la pose de las manos, la flexibilidad de los cuerpos.

Ella, sobre sus puntas y ayudada por los brazos del bailarín, gira velozmente, levanta las manos hacia lo sublime como un cisne que preparara su vuelo con pequeños saltos mientras le asoma el cielo por las pupilas.

Él huye, entre atormentado y ansioso; ella se aleja como arrepentida y encantada, hasta que, una vez salvada la pasarela, se vuelven a reunir en la parte superior del escenario. Entonces llega el salto, el reencuentro nervioso y un tanto torpe de aves a ras de suelo.

Allí la danza se torna estática pero crece la intensidad de su trasfondo emotivo y, como si de movimientos bajo el agua se tratase, los bailarines se engarzan en un vaivén tímido de alas que buscan cobijo, un frenesí controlado de contorsiones y figuras quedas, suaves, que armoniosamente se van haciendo y deshaciendo a ritmo de silencios de blanca entrelazados.

Entonces el gran final, la rueda definitiva, el último paso. Los brazos coraza se convierten en banderas que el viento agita. Todo ya en calma en el escenario, que no en el corazón, ella baja la vista y él arruga palabras. Y salen de escena haciendo mutis por el mismo lado de dos bambalinas opuestas y blancas, mientras cae sobre ellos el TELÓN.

Es curioso. Es curioso, pero fue precisamente entonces, al final de la coreografía, cuando empezó a sonar esa música sutil que aún sigue sonando, viscosa, interminable, como un aroma que tarda una eternidad en extinguirse…

Confesión

Yo huelo a ti.
Me persigue tu olor, me persigue y me posee.
No es este olor un perfume sobrepuesto sobre ti,
no es el aroma que llevas como una prenda más:
Es tu olor más esencial, tu halo único.
Y cuando ausente mi vacío te convoca,
una ráfaga de ese aliento me llega del lugar más tierno de la noche.
Yo huelo a ti
y tu olor me impregna después de estar juntos en el lecho,
y ese fino aroma me alimenta
y ese aliento esencial me sustituye.
Yo huelo a ti.

(Darío Jaramillo Agudelo, Poemas de amor, 1986)

Guion de cámara

Disolvencia y plano detalle que se acerca con el zoom al cigarro encendido, y sigue su movimiento ascendente hasta descubrir unos labios.

Se abre lentamente el objetivo y el rostro del que espera, un tipo mediocre, con una barba de tres días que le da un aspecto envejecido y descuidado, el rostro se relaja en el dibujo del humo al que ahora sigue la cámara con un plano picado hacia arriba hasta que se disuelve en su viaje azul y amarillo.

Es un día espléndido, la cámara registra el calor en los destellos de un sol redondo y pleno sobre los cristales de los edificios. Y después de girar alrededor, en una panorámica rápida que presagia novedades en la trama, vuelve al plano corto de su rostro, que achica los ojos, como mirando lejos, y esboza una sonrisa pícara.

Plano contra plano, el coche se acerca calle arriba y el hombre relaja los ojos y suaviza la sonrisa hasta parecer adolescente. Una «steady» se asoma a la ventanilla del coche que aparca y sigue a la chica mientras coloca un quitasol en el parabrisas, cierra la puerta y cruza la calle mirando a todas partes pero con los ojos puestos en un único sitio. El plano medio siguiente, recoge el saludo frío que se profesan en mitad del mediodía de la noche americana.

Cambia el plano a vista de pájaro, para seguirlos con un travelling por la acera que los lleva a la puerta de la casa. Baja la grúa con la cámara hasta entrar en la cerradura al mismo tiempo que la llave y fundirse en negro.

Despierta la imagen dejándose mecer por el movimiento de las piernas, soplando con el aire que mueve la falda negra. Plano de conjunto cuando llegan a otra puerta que se cierra sobre el silencio de otro plano medio.

A partir de aquí, cuando entran, la secuencia se construye sobre un plano subjetivo, que se acerca al rincón en el que ella reposa la espalda. Se acerca la cámara y aparecen en plano dos manos que le acarician la cara y la acercan hasta un primerísimo plano de ojos entornados y boca entreabierta. Y, después, fundido en negro sobre sus labios.

Después de la elipsis, él aparece en una esquina de la panorámica de la ciudad que le va barriendo a distancia. Disolvencia y plano detalle que se acerca con el zoom al cigarro encendido, que deja el humo congelado en el aire, como si la historia estuviese esperando el momento de continuar…

—¡Corten! —dijo la voz del director surgida de las sombras—. Me gusta tanto la toma que la vamos a repetir.

Fosforescencia

Existen más colores que palabras, porque algunos no tienen nombre. No hay palabra que describa los colores del lento proceso de camuflaje violeta de las montañas cuando la tarde se extingue hacia la noche, ni ese intenso desasosiego grisáceo del cielo antes de descargar las primeras gotas del huracán que se avecina.

Las palabras, en cambio, todas tienen color. Se lo veo a cada instante, mientras las recibo. Un color que depende de si se gritan o se susurran, de si son para mí o para otro, de si las esperaba llegar o no.

Una inmensa mayoría traen en su tinta el color del agua, un cierto transparente azulado de frialdad. También hay muchas que me llegan pintadas de aire, una mezcla de invisible blanco lejano, el celeste mustio de las buenas maneras y un puntito del amarillento de lo trivial.

Hay palabras rojas como la sangre, verdes como la primavera, púrpuras como el amor. Otras son de color cristal y, según cómo te miran, cortan afiladas si te descuidas. Hay palabras amarillas como la amistad, naranjas como la alegría y lilas como la simplicidad.

He descubierto que tus palabras son fosforescentes. Me gusta llevarlas siempre, vaya a donde vaya, no me preguntes cómo ni por qué. Ni siquiera sé dónde las pongo, no me hace falta saberlo, porque para encontrarlas sólo tengo que cerrar los ojos con fuerza y entonces, ellas solas —alguna química tuya deben tener—, brillan en la oscuridad.

Cuando llega la noche llevo tantas encima que tengo que dormirme con los ojos abiertos.

Curiosa alternancia

Ya pensaba en ti cuando me he despertado y el sueño apenas me dura un parpadeo. Perduras en el pensamiento sin apenas tomarte descanso, quizás sea eso lo que perturba tu sueño.

El espejo me devuelve desde el pijama, envuelta en esa luz potente que me deslumbra, una ausencia permanente. Abro los ojos y me miro, pero no te veo. Desapareces por arte de una magia inexplicable que no puedo controlar por más que me repito una y otra vez todos los versos que se me ocurren.

Y, sin embargo, me siento alegre. Algo por dentro me dice que, cuando ya no te veo, cuando se desvanece el humo del pensamiento que te trae a mí, es porque espero verte. Curiosa alternancia esta, la del sueño y la vida. Curiosa asincronía de presencias intangibles y ausencias espesas. Curiosas las palabras cuando nos escriben con buena letra.

Diálogos al borde de la cama

Carmín y gorrión
Tus labios en madrugada.
Despertar?
No vale la pena. Aún está tu presencia
Aunque ya no estés.
No hay conciencia, no hay fe
Abstrusas construcciones mentales
Defensas preconstituidas
Para defender el pobre cuerpo
De la nada eterna.
Cuánto por una palabra?
Y por una frase?
Cuánto darías por escucharme
Diciendo lo que siempre quisiste escuchar?
Y yo que nada cobro, que nada pago,
Que nada digo por nada.
Elevarme, de la corrupción del cuerpo
Del veneno de la mente
Que se mete en la sangre
Como una abyecta serpiente
Que se alimenta de mi plasma.
Escaparme, de mí mismo
Alejarme, del propio tormento interior
De no dejar de nacer para morir mil veces.
Escucha bien lo que te digo
Si, tú el que me mira desde el espejo
Con barba crecida y ojos de sueño.
Sé consciente de que no eres nada
Que nada sabes
Que de todo dudas.
Anda, ve, ponte bueno
Que no se te note la ignorancia
No sea que se den cuenta
Y te despeñen desde la cima de sus conciencias.
Vamos pues, arranca de una vez por todas
Ponte la máscara de costumbre
Que los otros actores ya están en su sitio.
El proscenio es el mismo
Elegirás saltar sin red una vez más?
Orate inocente, ingenuo sofista
Escribiste un guion algo complejo
Y no sabías de escribir…

(Jorge Medina)

Lo que quede

Nos vamos desmembrando a terrones sobre la acera, encorvándonos sobre el fregadero, pegados al asiento de los coches, empapados de conversaciones sin respuesta. Nos deshacemos a estornudos de plumero, rebosando en la espuma que derraman las lavadoras, salvando los tropiezos que nos guardan las alfombras, resoplando en el sin aliento de todos los escalones. Nos derretimos en los pasos interminables que llevan al punto de partida, en la memoria de los anuncios de bebida que salen por las pantallas, en el angosto revuelo de las rebajas de ropa. Nos desgastamos en la saliva que el silencio deglute en balde, en el lento proceso de hilvanar los recuerdos con imperdibles, en los pasos de baile que las teclas deshojan a ratos, en cada mínimo gesto que escrutamos del aire. Nos derramamos en el absurdo rigor de las contraseñas, en el doble fondo de las palabras escritas, en las rodillas dobladas de los asientos que borran rastros de nada, en la enigmática senda de los versos que no riman. Nos vamos diluyendo en cada caricia perdida, en cada te quiero que nos tragamos, en la voz de consuelo que nunca oímos a tiempo, en el rostro que vemos cuando soñamos, en este ángel silente que nos atraviesa cuando leemos. Nos escurrimos en cada gota que se escapa del orgasmo solitario, nos esfumamos en el vacío de las manos que no se encuentran. Nos desplomamos sobre el olor cansado de las sábanas, por entre los sueños que vienen para no quedarse, bajo la luz hiriente de las computadoras. Nos extinguimos lentamente, caminando por esta vereda que mantiene el paraíso a un solo paso del infierno…

Dame la mano, eso es todo. Ven conmigo hacia lo que quede de nosotros.

Hay que ser muy valiente

Hay que ser muy valiente para vivir con miedo.
Contra de lo que se cree comúnmente,
no es siempre el miedo asunto de cobardes.
Para vivir muerto de miedo,
hace falta, en efecto, muchísimo valor.

(Ángel Gónzalez, Nada grave, 2008)

Ambigüedad de la catástrofe

Lo había perdido todo:
amor, familia, bienes, esperanzas.
Y se decía casi sin tristeza:
¿no es hermoso, por fin, vivir sin miedo?

(Ángel Gónzalez, Nada grave, 2008)

Colección

Despierto ya, pero todavía enredado en ese murmullo de pensamientos que las sábanas mantienen templado, te echo de menos imaginando el peso de tu cabeza en mi pecho. Me levanto después y te pongo a hervir en el agua y te noto meterte en mi bolsillo con el teléfono.

Entonces salgo a la vida y te echo a faltar en ese olor entre dulzón y silvestre que se resiste a abandonarme cuando tu presencia empieza a hacerse pasado. Y más tarde, en la cesura de los pasillos y en el silencio de los timbres que aguardan expectantes y endebles un roce de dedos.

A mediodía también te echo de menos porque, cuanto más me relleno de gente, menos me vacío de ti. Así que te encuentro flotando con el humo del tabaco o en el ruido de los coches que se enfurruñan con la cuesta. Pero no consigo odiarte y un silencio de pájaros te trae de nuevo de visita.

Por la tarde todo eres tú y te hallo continuamente en las ventanas que saltan, en la pantalla muda que habla sin decir, en el camino que recorro para salvar las palabras sin pronunciarlas… También te echo de menos en los semáforos de hombrecillo rojo o te aparco poniéndote la mano en la nunca mientras pongo cuidado en la maniobra para no lastimarte el cuello.

No se acaba con la noche mi colección de formas de echarte de menos. Porque añoro tu sonrisa perpetua en la esporádica de los otros o tus ojos en las letras del libro que intentó leer sin concentrarme. Hasta que me canso de tanta ausencia y me dedico a traerte a mi lado mientras escribo.

Y despierto aún, enredándome en ese murmullo de pensamientos que las sábanas amortiguan poco a poco, te echo tendidamente de menos hasta que no consigo imaginar el peso de tu cabeza en mi pecho. Después, a veces me duermo.

Me quedan algunas más que contar, pero no quiero parecer pesado y, además, haría falta otro capítulo. Pero quiero que sepas que, de entre todas las formas de extrañarte que practico, la más perversa, la más dura, la más difícil, siempre consiste en estar contigo relleno de otros y no poder hablarte, ni mirarte, ni sentirte. Entonces, te echo tanto de menos que tengo que dejar de quererte un rato para poder odiarme yo.

A veces me figuro que estoy enamorado

A veces me figuro que estoy enamorado,
y es dulce, y es extraño,
aunque, visto por fuera, es estúpido, absurdo.
Las canciones de moda me parecen bonitas,
y me siento tan solo
que por las noches bebo más que de costumbre.
Me ha enamorado Adela, me ha enamorado Marta,
y, alternativamente, Susanita y Carmen,
y, alternativamente, soy feliz y lloro.
No soy muy inteligente, como se comprende,
pero me complace saberme uno de tantos
y en ser vulgarcillo hallo cierto descanso.

(Gabriel Celaya, Tranquilamente hablando, 1947)

Publicidad

El primer anuncio me encantó. Una mujer sobre la cama saltaba sobre las nubes, retenía el tiempo navegando entre relojes, se abrazaba a la almohada y seguía soñando. Si te gusta soñar…

Hubo uno después que hablaba de una mirada, de un beso, de la diferencia entre cuanto dura y cuanto lo hacemos durar. Hermosa frase la última: la vida está llena de cosas que contar…

A continuación, el tercero que, bueno, era bastante peor y además ya lo conocía, pero siempre me fijo en él porque la última frase, casi la había escrito yo antes alguna vez: «Nosotros somos como somos porque tú eres como eres…»

Por último, para anunciar un coche, un ejecutivo se convierte en niño y disfruta de serlo haciendo cosas divertidas en la oficina. Hasta que se encuentra en el bolsillo la llave de su coche y siente el impulso de conducirlo. Pero claro, no llega a los pedales y la voz en off advierte, «ten cuidado con lo que deseas…»

Me gusta soñar, especialmente despierto, especialmente contigo, especialmente despierto y contigo. Entonces la vida se me llena de cosas que contarte y que escucharte contar, para toparme con la certeza de que ya no somos los que fuimos. Ahora somos como somos porque tú eres como eres conmigo, porque yo soy como soy contigo.

Sucede que, una tarde cualquiera, de improviso, ocurre la intimidad, en cualquier sitio, de cualquier manera, sin esfuerzo. Cuando uno habla de sí mismo pensando en el otro, cuando uno habla del otro como si fuera uno mismo. Y cuando se habla de los demás como si ya no existieran.

¿Ves? Estas cosas son las que te cuento cuando no te las cuento, las cosas que te escribo cuando no te escribo. Empiezo en anuncios y acabo en intimidad, aunque tú no lo sepas…

Aunque tú no lo sepas

Como la luz de un sueño,
que no raya en el mundo pero existe,
así he vivido yo
iluminando
esa parte de ti que no conoces,
la vida que has llevado junto a mis pensamientos.
Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto
cruzar la puerta sin decir que no,
pedirme un cenicero, curiosear los libros,
responder al deseo de mis labios
con tus labios de whisky,
seguir mis pasos hasta el dormitorio.
También hemos hablado
en la cama, sin prisa, muchas tardes,
esta cama de amor que no conoces,
la misma que se queda
fría cuando te marchas.
Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo,
hicimos mil proyectos, paseamos
por todas las ciudades que te gustan,
recordamos canciones, elegimos renuncias,
aprendiendo los dos a convivir
entre la realidad y el pensamiento.
Espiada a la sombra de tu horario
o en la noche de un bar por mi sorpresa.
Así he vivido yo,
como la luz del sueño
que no recuerdas cuando te despiertas.

(Luís García Montero, Habitaciones separadas, 1994)

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